Geopolítica de las 3 “B”

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Transformación de las 3 “B”: de lo bueno, lo bonito y barato, al buey, la biblia y la bala


 

  1. Los precedentes y las falsas analogías:

Desde el primero de Enero el hecho político regional más importante es la entrada en funciones del nuevo presidente de Brasil Jair Bolsonaro, quien con su retórica incendiaria contra los negros, los gays, los indios, las mujeres y los derechos civiles consagra este viraje a la derecha que desde hace 5 años se consolida como el horizonte político de la América Latina.

Pese a ello, nuestra geopolítica regional tiene unos pesos y contrapesos muy interesantes, especialmente por lo que se puede esperar del otro gigante latino: México, en manos del social-demócrata de izquierda López Obrador, en quien se pueden encarnar dos agendas fundamentales: la primera, el combate contra un narcotráfico que muestra su peor rostro: desde El Salvador hasta la frontera mexicana, pasando por los endebles estados de Guatemala y Belice, en cuyas manos se encuentra la clave del manejo de una droga cuya cabeza está en EEUU, pero cuyos coletazos afectan tan seriamente a países como Bolivia, Perú, Brasil, Ecuador y Colombia.

Pero la otra agenda en la que se puede enclavar es en la resignificación de la izquierda  en una América que ha sufrido los golpes de Brasil y Ecuador, sin contar con el embate de Maduro, que, dicho sea de paso en el efecto del presente artículo, encarna una cuarta B: la del bruto.

 

Presidente de Venezuela Nicolás Maduro. Imagen extraída de Wikimedia Commons. Autor: Hugoshi

 

Pero regresando al tema de las derechas que derrapan bien sobre el escenario político latinoamericano, es necesario salir del fácil recurso retórico según el cual las presidencias de Ecuador, Brasil o Colombia son similares a la de Trump en Estados Unidos, especialmente por la macartización sistemática a todo lo que tenga tufillo de libre-pensamiento, humee aires gays o sostenga diferencias que huelan a marihuana o a los sudores indígenas.

Si bien todos estos presidentes coinciden en el recurso del enemigo, el pensamiento retardatario y la señalización tendenciosa del mal en todo aquel que no actúe en concordancia con  sus políticas económicas, al final  son claramente diferenciables, pese a que en todos ellos se aparque la sombra del nacionalismo como baluarte legitimador.

Trump es un  presidente sin mucho cálculo, cuya desgracia fue haber tenido como precedente a un geoestratega como Obama (quien, pese a todo, cometió dos errores geopolíticos inmensos con Irak, declarando la deuda odiosa, y con Rusia, que al alejarlo de la Unión Europea lo acercó a China).

Trump tiene dos cosas que son importantes de ver: fortalece al estado en intervenciones financieras (a lo que en América Latina le dicen muy sabrosamente “comunismo”), e intenta proteger a las industrias en el complejo panorama de las relaciones internacionales, especialmente con China.

 

Presidente de Estados Unidos Donald Trump. Imagen extraída de Flickr

 

Esto último ha sido particularmente complejo porque no toma en consideración que los aranceles al cobre, hierro y aluminio que vienen del país asiático aumentan el valor de los productos terminados que trabajan con estos materiales (Harley Davidson, por ejemplo, ha sacado un comunicado en el que informa que con las nuevas tarifas arancelarias cada moto tendrá un sobrecosto de entre 2.000 y 2.500 dólares, por solo mencionar un caso).

Las intenciones de Trump son buenas, y su efecto positivo se ha visto en el corto plazo, con algún repunte del empleo y fortalecimiento del dólar, pero cuyo coletazo se sentirá de manera especialmente dramática en el segundo semestre del 2019, que es cuando se empezarán a sentir los efectos de intercambios comerciales de petróleo con monedas distintas al dólar.

Cosa cuyo sólo intento le ha costado la guerra contra Irak y Libia, pero otra cosa es meterse con Arabia Saudí, y más cuando se habla que las monedas que le remplazarán serán el Yuan Chino y el Rubro ruso.

De tal suerte que la economía verá primero una inflación, que fácilmente transitará por un hiperinflación, y luego una deflación cuyas consecuencias aún resultarían imposibles de predecir, y que serán efecto de una disertación en otro documento.

 

  1. Transformación de las 3 “B”: de lo bueno, lo bonito y barato, al buey, la biblia y la bala:

La alineación a la derecha  en América Latina tiene que ver con un  fenómeno económicamente muy distinto, un efecto político que podríamos calificar como de las “3 B”: la política del Buey, de la Bíblia y de la bala.

La del buey, porque sus programas políticos no ojean siquiera la industria, por ejemplo Brasil, que en su momento llegó a competir seriamente con México en economía industrial y militar, hoy con Bolsonaro reorienta al gigante suramericano a una economía primaria en la que ha desbocado todas sus esperanzas, mientras las grandes, pero vulnerables industrias ven truncadas las posibilidades de apoyo estatal de un político que tiene visión de campesino.

 

Presidente de Brasil Jair Bolsonaro. Imagen extraída de Wikimedia Commons. Autor: Marcelo Camargo

 

De acuerdo a lo anterior, se trata de economías agrarias sin esperanzas de reformas profundas, orientadas especialmente al sector agro-industrial, en el que se puede considerar el efecto económico en las clases más bajas que pueden subir de la terrible pobreza extrema a la muy eufemística pobreza.  Ralentiza el sector industrial al desconfiar de las relaciones internacionales.

Por lo demás, la potencia de la agroindustria define sus ganancias en dos sectores: en los dueños de las grandes extensiones de tierras, y en los campesinos que pierden su condición para trabajar como temporeros agrarios. La clase media, con este tipo de políticas, se descose progresivamente del horizonte económico de estos países.

La política del buey es la que mira la tierra sin ver al campesino, y disfraza la grosera riqueza de los terratenientes con el falso argumento de empleos que producen pobreza, desincentivan el consumo, y hacen dependientes a los países de los precios internacionales de los productos primarios, deshojando las industrias, aunque hacen guiños silenciosos a un sector financiero que ha aprendido nuevas técnicas de producir riqueza sin producir empleo.

La bancarización no se lleva mal con la política del buey.

 

Imagen extraída de Pixabay

 

La política de la bíblia tiene que ver con el ascenso de cristianismo y los movimientos evangélicos como fuerzas políticas visibles que se permiten millones de votos.

Trump, Uribe (digamos Duque) y Bolsonaro llegaron al poder por una fuerza común evangélico-cristiana que los aupó desde el comienzo.

Esto resulta peligroso, y sí es común a todos (no como en el caso económico, anteriormente analizado), pues gobernar con biblias en la mano, o con pastores que susurran al oído a dirigentes políticos puede ser el desafío más importante de los movimientos sociales y de las organizaciones por los derechos civiles, pues defienden a los negros que según la biblia deben ser esclavos naturales (Génesis. 9. 18-27), a los indígenas que según lo anterior, pero acompañado de la lectura eclesiástica de Aristóteles, tenían almas inferiores que debían ser “civilizadas” por la buena costumbre de azotar de los blancos, e iguala a las mujeres con una biblia que las señala por todas partes como la encarnación misma del demonio (Génesis 1. 26 y s.s, cartas de San Pedro y de San Pablo, etc).

Esta actitud pro-bíblica quiebra uno de los baluartes más importantes de las democracias modernas: la diferencia entre iglesia y estado, como aspecto estructural.  Como aspecto formal, va en contra de la independencia de las ramas judiciales de los respectivos países. La independencia del estado respecto a la iglesia se había dado como un hecho, y hoy su poder electoral nos demuestra, una vez más, que no existen hechos, sólo interpretaciones.

 

Imagen extraída de PxHere

 

La tercera “B” es la bala, siguiendo el principio del viejo Stalin según el cual “acabar al hombre era acabar el problema”, y los hombres se acaban por tortura, por simple desaparición, por el asesinato en sus múltiples formas.

Sinteticémoslo en la alegoría de la bala: la persecución a líderes sociales y la criminalización de todas aquellas visiones cuyo proyecto de país no se parezcan a las propias.

En cada país esta señalización ha tomado nombres propios: en unos les dicen comunistas, en otros terroristas, en otros “ellos”, y en otros sólo se señala a la persona, a la comunidad, y con ello manos asesinas decidirán qué trabajo se hará y qué castigo recibirán todos aquellos que no se acomoden a estos nuevos proyectos de nación.

A la alegoría de la bala le podría seguir la también muy peligrosa de la caverna, de gente que reencontrará en el escondite – igual que los antepasados de hace 50  años – la única forma de supervivencia.

En este sentido Colombia lleva una enorme delantera frente a los otros e inició su año nuevo, con varios líderes sociales menos, un muy madrugador primero de Enero.

 

Imagen extraída de Wikipedia.

 

Ellos son madrugadores en todo. Aquí es necesario señalar que los aparatos estatales han sido diseñados para estar por encima de sus presidentes, quienes los deben dirigir, pero no subordinar.

En el caso colombiano es difícil desvincular la muerte de líderes sociales del aparato estatal, ya que ha tenido una vigorosa tradición robustecida por generadores de opinión que van desde las telenovelas, los noticieros y los senadores, que descaradamente insinúan esas muertes como “conflicto de faldas”, y es que la estructura institucional de Colombia es una de las más débiles de las democracias americanas.

En los otros países hay tradiciones estatales mucho más fuertes, mucho más consolidadas, posiblemente por el peso que en ellos han tenido las dictaduras militares, cuyos lujos Colombia solo ha podido saborear en dosis homeopáticas.

Pero ello no impide que sus particulares gobernantes encuentren la manera de legitimar los desmanes causados contra aquellos a quienes criminalizan en la palabra, como cuando Trump dice, a propósito de una marcha Skin-head en un estado sureño: “no podemos criminalizar el movimiento porque allí también hay gente honorable, trabajadora y buena”.

 

Skinheads. Imagen extraída de Wikimedia Commons. Autor: Andrew

 

Como si la gente buena, a lo largo de la historia, haya estado exenta de culpa de los peores horrores conocidos. Acá no se trata de un desconocimiento de la antropología histórica, tanto como un argumento que legitima estas fuerzas que se sienten cada vez menos reprimidas por parte de gobernantes que miran con silencioso beneplácito las prácticas que abiertamente no pueden aplaudir.

Lástima que la gente de la biblia sólo la pueda leer según el prejuicio que se quiera defender. Ya llegarán las generaciones que digan con ella, también, aunque del lado de la serpiente: “Eritis sicut Deux-es; scientes bonum et malum” (seréis como los dioses; conocedores del bien y del mal). (Gen; 3,5)

 

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