Helados propicios

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Insuperable reto consiste el devorarse todas esas montañas cremosas que, sin embargo, hacen de las delicias para gente golosa.


 

Que a los bolivianos nos encante el helado (bueno, ¿a quién no?, pero aquí prácticamente nos derretimos todo el tiempo),  es por culpa del himno nacional, ya que desde que somos pequeños nos jabonan cada lunes en el patio de la escuela con los dichosos versos de:

bolivianos, helado propicio/ coronó nuestros votos y anhelos…”

Pero, ¿cómo quieren que no nos pasemos anhelando el resto de la jornada uno de estos manjares congelados? Prueben ustedes a cantar finamente y sin trabarse “bolivianos, el hado propicio” y, automáticamente, sentirán en la garganta un escozor que se traducirá en un antojo por los helados, inevitablemente.

 

Hay que degustar un helado artesano, aunque sea por solidaridad. Foto por: José Crespo Arteaga

 

Así que no resulta extraño que todo el país esté plagado de vendedores ambulantes que recorren calles, plazas y paseos con sus carritos ofreciendo helados de todos los sabores y colores posibles, desde helados de yogur hasta paletas con sabor a cerveza, pasando por los cremosos de vainilla y chocolate, además de aquellos saborizados con frutas exóticas como chirimoya, tumbo, maracuyá, copoazú, etc.

Las librerías y otros negocios cercanos a instituciones educativas le sacan jugo al asunto, colocando en la puerta mostradores o heladeras propiamente dichas, para que la muchachada sea tentada y meta mano a los helados.

Naturalmente, existen heladerías convencionales y de los más elegantes que, aunque llueva, nieve o truene ofrecen siempre lo mismo: vienesas, Melbas y otras recetas internacionales en sofisticadas copas y otras presentaciones que de sólo verlas ya me provocan el hastío. Insuperable reto consiste el devorarse todas esas montañas cremosas que, sin embargo, hacen de las delicias para gente golosa. Yo jamás frecuento tales sitios, ni por todo el oro del mundo o la perspectiva de una bella compañía.

 

Helado y empanada, una combinación feliz. Foto: José Crespo Arteaga.

 

El verano se ha anticipado a golpes de puro calor. Entre sofocones y ruegos al santo de las lluvias, los cochabambinos andamos muertos de sed todo el tiempo. Momento propicio para que los helados tradicionales, los artesanales de toda la vida, hagan su aparición en ferias, puestos de mercado, snacks y otros negocios improvisados. Donde se divisen dos cubetas de madera, seguro que hay la posibilidad de un descanso refrescante.

Los caminantes detenemos la marcha por un instante y nos acercamos atraídos por las ollas de acero que son agitadas en círculos : ¿de leche o canela, señor? Que mejor sea mixto, caserita, respondemos para que el deleite sea completo. Nunca el hielo había sido tan sabroso, aromático y rojamente provocador a toques de canela. Nunca la leche sabe tan fresca y evocadora como amaneceres de rocío.

La costumbre dicta que el helado de canela se sirva acompañado de una empanada de queso al horno. La sazón del queso fundido combina perfectamente con la fría suavidad del helado que se posa en la lengua. Ambos manjares parecen derretirse en la boca en perfecta comunión. Lo salado y azucarado pugnan en frágil equilibrio.

Con el helado de leche, la sensación es distinta pero no menos avasalladora: fríos deslices en el paladar, con cálidos recuerdos orientales que asoman en pizcas de clavo de olor, vainilla y coco. ¡Ay, ojalá el placer no se derritiera tan rápido!

 

En un día caluroso, dos cubetas pueden ser la salvación. Foto por: José Crespo Arteaga.

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