Juan Aurelio, ese perro sin amo

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“Afuera / cuando la gente da la espalda / a las canecas de basura / se acercan y disputan / variedad de desechos / desgarrando cada uno por su parte / viejos buitres. / Adentro / en empresas y oficinas / hay quienes disputamos / con cívica ferocidad / las secciones del periódico / que es el único periódico / y creyéndonos privilegiados / nos saciamos de toda la tinta fresca / en que viene a diario envuelta / la augusta versión oficial del asunto”


Para encontrar la belleza no se necesitan paisajes excelsos, basta abrir la puerta o doblar en la siguiente esquina.

Para merecer el asombro nadie debería perseguir lo extravagante, la sorpresa se oculta debajo del colchón, encima de los zapatos gastados que quedaron a un lado de la cama, en la marquesina de cierta ventana desvencijada.

La belleza está ahí, en un porro que fumamos, en ese mendigo con su dignidad engalanada de mugre, en el bus que cruza la calle entre el estrépito. Todavía no sé si Juan Aurelio García es eso, una especie de filósofo de la cotidianidad, un observador sutilísimo y agudo de los matices sin importancia de la vida, o si es un gran distorsionador, un transformador del tiempo soso y denso que su escritura vierte con rumbo hacia el encanto y la musicalidad.

Esas son las impresiones que me provoca su antología Tiempo reunido. En sentido positivo, Aurelio está pervirtiendo a Marcel Proust ya desde el mismo título para implicarse en una poética del instante que, vaya contradicción, se torna profunda y honda, como si efectivamente el escritor hubiera reunido su vida con los días flojos y los grandes días, con los amores y los peligros, con la espontaneidad y el desapego, así, en orden o desorden, así todo junto.

A Juan Aurelio García lo encuentro próximo a ese Fernando Molano que escribió Todas tus cosas en mis bolsillos: fresco, espontáneo, dueño del maravilloso desparpajo de esos maricas y marihuaneros que andan por la vida sin complejos. También está emparentado con aquel enigmático (e inabarcable) Héctor Trejos Reyes; ese ángel oscuro que vivió y murió después de una noche de inmensa confusión y poesía, que acaso sean la misma cosa, en Riosucio, el pueblito de señoras rezanderas encaramado a una cuchilla de la cordillera occidental en Caldas.

 

 

Quizá por eso la escritura de Juan Aurelio sea el testimonio de otro sobreviviente. Veamos:

“Afuera / cuando la gente da la espalda / a las canecas de basura / se acercan y disputan / variedad de desechos / desgarrando cada uno por su parte / viejos buitres. / Adentro / en empresas y oficinas / hay quienes disputamos / con cívica ferocidad / las secciones del periódico / que es el único periódico / y creyéndonos privilegiados / nos saciamos de toda la tinta fresca / en que viene a diario envuelta / la augusta versión oficial del asunto” (pág. 72)

El transcurrir le sirve para contemplar el mundo con el ardor de un adolescente. Aquellas estampas se leerían mejor en prosa, creo yo, porque tienen el ritmo y el tono en una naturalidad que fluye sin diques.

“Por supuesto / mi corazón se sobresalta en el intento / de hacer que también en mí / la ciudad se mire, se busque / o me subyugue” escribe el poeta (Pág. 112).

Y acá es imposible no sentir la presencia de Fernando Pessoa. Porque Juan Aurelio es un Flaneur que, afortunadamente, no se ha contagiado de ese virus dañino que vuelve malditos a los artistas y los pone a tambalearse con una boina y una gabardina y una pipa y una bufanda escocesa y un libro de Cortázar ensuciándose de sudor bajo el sobaco, porque usar gabardina y bufanda en su Armenia natal debe ser poco más que un atentado contra el clima.

Juan Aurelio, que a simple vista parece camionero o vendedor de chance, sigue sano y salvo, sin contagiarse de erudición ni enfermedades decimonónicas.

Él prefiere seguir los recovecos de cualquier metedero, porque en la cara se le ve que es, después de todo, un habitante de antros, aunque “…no en todo momento, ni en todo lugar”. Hay que agradecerle que rehúya y reniegue de la grandilocuencia que suele caracterizar a los que comparten su oficio. La suya no es una escritura simulada, tampoco anda alardeando gran cultura, como acostumbran tantos poetas de provincia. Sus versos proscriben la melosidad, lo que ya es un motivo de sobra para asomarse a esas páginas a contemplar, con naturalidad, con sincera extrañeza, el holocausto familiar que sucede despuntando la mañana:

“El señor y la señora / salen en la mañana / Qué bien vestidos van / qué pulcros / con rumbo al día / altas las frentes / en silencio / sin mirarse. / Camisa blanca / contra carmín muy rojo / tacón alto / contra rostro muy serio. / Ahí van / la jornada los recibe / comercial y múltiple / como un día de feria. / Ojalá que el deseo / les renazca / y una palabra a flor de labios / aunque sea mentira. / Ojalá vuelvan antes / que la cama se enfríe / y mejor si traen / algún pan bajo el brazo / y se sientan extraños /y así empiecen a hurgarse” (pág. 80)

Entonces uno queda preso en la sensación de estar descubriendo algo increíble que nunca había notado en lo más sencillo del día corriente. Esa sensación transpira toda la poesía de Juan Aurelio García, que puede flirtear con la paradoja:

“Talvez no sea cosa suya que adentro / haya gente encerrada en su tedio, su temor / sus pequeños asuntos de entrecasa / Talvez no sea cosa suya que afuera / como loco de amarrar / ande prisionero de su agitación el mundo” (Pág. 27)

O en cualquier caso con la revelación:

“Cuando va a desatarse el aguacero / y alocadas ráfagas de viento / se baten en la calle como demonios sueltos / las jóvenes rosas pierden sus maneras: / se apocan, se opacan, doblan la cerviz / el garboso viejo del bastón acelera la marcha / compone el caminado / es decir, retoma al paso el viejo estilo / de ese muchacho tan orondo / que jamás en la vida pensaría en cojear” (pág. 102)

Hasta que de pronto se acaba el libro y uno, sin comprender todavía si lo de Juan Aurelio García es prosa brillante rajada en líneas discontinuas o poesía en estado puro, o si él sigue siendo ese muchacho inquieto que habitaba casas ruinosas como abuelas y tenía abuelas arrugadas como casas de bahareque, o si sólo es un señor con cara de vendedor de chance aguardando que un verso pase corriendo para pegar carrera detrás a ver qué sucede:

“Somos / ese perro sin amo / sin amor / y lo peor de todo / sin valor / para irnos / con lo primero que pase” (pág. 126)

Y ahí, de repente, parece que están todas las respuestas, aunque no sea cierto.

Juan Aurelio García Giraldo, Tiempo reunido, Biblioteca de Autores Quindianos, Armenia, 2015.

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