La crónica de viajes como género periodístico-literario según el Heraldo de Madrid. Los modelos de Colombine y Said Armesto

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Por, Elena María Benítez Alonso, Universidad de Sevilla. Tomado del libro: DIMENSIONES. El espacio y sus significados en la literatura hispánica.

Introducción

De la descripción más informativa a la estética puramente literaria, de su simbiosis con un compromiso político-social a la aún romántica recuperación del folclore de leyenda y tradición popular. Entre el moderno periodismo y la antigua literatura, la crónica de viajes se ha caracterizado desde sus orígenes por una miscelánea impregnación, que se expande además por otros ámbitos. Alboreando en hitos histórico-religiosos como El Poema de Gilgamesh, La Ilíada y La Odisea, o el bíblico Éxodo; recorriendo espacio y tiempo con los medievales viajes comerciales de Marco Polo o el imaginario dieciochesco de Gulliver, iniciando su esplendorosa ascensión del xix con clásicos que explorarían otros campos, desde el colonialismo a la ciencia (Conrad o Darwin), y metamorfoseándose en interesante capítulo del periodismo del siglo xx.

En el meteórico auge de la prensa de masas, la tradicional escritura del viaje adquiere una nueva interpretación dentro de un producto informativo, testigo noticioso del momento, pero que a la vez sigue conviviendo con la minuciosa narración descriptiva de la experiencia estético-literaria de mostrar al lector la vivencia de lugares más o menos conocidos. Desde esta doble interpretación del género, la crónica de viajes se convierte en atractivo aliciente para emblemáticas cabeceras como el Heraldo de Madrid que, a principios del pasado siglo, expone estos dos modelos del género a través de la ya popular periodista Carmen de Burgos, Colombine, y del polifacético aunque menos conocido galleguista Víctor Said Armesto.

Carmen de Burgos

Si la almeriense, considerada la primera mujer periodista española por ser pionera en trabajar como redactora en la plantilla de un medio, aborda la crónica de viajes desde una perspectiva más informativa en la que no falta su constante compromiso político-social aunque no exento de matices literarios, el pontevedrés, folclorista y buen reintérprete del humanismo neoclásico, se caracterizará por un gusto casi eminentemente estético. Primera española cronista parlamentaria y corresponsal de guerra, Colombine, con una adelantada visión cosmopolita, narrará para el Heraldo sus viajes por Europa (el estallido de la Primera Guerra Mundial le sorprenderá con su hija en uno de ellos, pero ya antes había relatado para él la Guerra de Marruecos). Moderno cruzado de la tradición popular de su tierra, Said Armesto, músico, filósofo, heredero de la escritura de viajes de su «maestra» Emilia Pardo Bazán y afín a la descripción azoriniana, mostrará, con la plasticidad de su lenguaje, la belleza, a veces recóndita, de la patria española.

Heraldo de Madrid, el éxito de la libertad

Nació en 1890 como El Heraldo de Madrid, aunque tan solo tres años más tarde perdería el artículo de su cabecera. Fundado por Felipe Ducazcal como publicación vespertina con una tendencia demócrata avanzada, llegó a tirar diversas ediciones diarias. Sus primeros directores fueron Augusto Suárez Figueroa y José Gutiérrez Abascal, asumiendo después Eugenio González Sangrador también la propiedad del mismo. En 1893 será adquirido por José Canalejas, convirtiéndose en órgano del Partido Liberal, manteniendo su tendencia demócrata y anticlerical, y siendo partidario de la confrontación bélica de 1898. A partir de 1902 lo dirige José Francos Rodríguez. Será un gran diario de información general, con gran aceptación por parte de la clase obrera, dando amplio despliegue a las noticias de sucesos, y a las de carácter social y político, en cuyo perfil encajará bien Colombine.

En 1906 es adquirido por la Sociedad Editorial de España, conocido trust de la prensa, que compra también El Imparcial (1867-1933) y El Liberal (1879-1939), y se hará partidario de Segismundo Moret, el otro gran líder del Partido Liberal. Lo dirige Baldomero Argente y, desde 1909 a 1926, José Rocamora. José Echegaray y Luis Bello estarán entre sus colaboradores y redactores, y en 1909 entra Ramiro de Maeztu, que publica artículos desde Londres. Entre sus firmas figuran otros notables de las letras, como Miguel de Unamuno, o de la política, como el diputado Santiago Matáix.

Aliadófilo durante la Primera Guerra Mundial, en 1917 contará con colaboradores de todas las tendencias y, un año después, pasará a la Sociedad Editora Universal, de los hermanos Manuel y Juan Busquets, propietarios del matutino El Liberal. Su actitud contra la dictadura de Primo de Rivera y su desafección a la monarquía le harán alcanzar gran influencia. En 1927 empezará a dirigirlo Manuel Fontdevila y se declarará abiertamente republicano. En 1924 se había incorporado César González Ruano. Manuel Chaves Nogales será redactor-jefe.

Isabel Oyarzábal con Frida Khalo. Tomada de ciudadconalma.com

Entre 1927 y 1929 aparece otro nombre femenino de relevancia, Isabel Oyarzábal. Durante la Segunda República será vital defensor de los partidos republicanos de izquierda y el rotativo vespertino de mayor tirada (1). Lo dirige Francisco Villanueva. En 1934 será suspendido por su ya marcada tendencia socialista. Al finalizar la Guerra Civil varios redactores son condenados a muerte y de sus talleres incautados nacerá el diario Madrid (1939-1971).

Pionera, cosmopolita y comprometida

En un difícil contexto social para la mujer, allá por los albores del siglo xx, en el que aún la ciencia intentaba demostrar la inferioridad femenina, hubo un grupo de pioneras que luchó por hacerse un hueco en un ámbito profesional casi exclusivamente reservado al género masculino. Partiendo de «periodistas escritoras» referentes del xix, empiezan a destacar en las publicaciones periódicas españolas con escritos calificados como feministas o con temas que solían considerarse competencia de hombres, como el antibelicismo. En este contexto surge la figura de Carmen de Burgos (1867-1932), almeriense afincada en Madrid, más próxima ya al prototipo de periodista del siglo xx y que será popularmente conocida por su seudónimo, Colombine.

Carmen abanderará el papel pionero de las periodistas españolas de su época, representando claramente un antes y un después en el quehacer femenino de la prensa, dejando un tanto al lado a la «escritora-periodista» y apostando por la profesional de la información, en una transición que incorporará una firme posición de compromiso político-social, sin renunciar al valor estético del lenguaje literario.

Considerada la primera periodista española por lograr trabajar no ya como colaboradora puntual sino como redactora en la plantilla de un medio, inicia uno de los más importantes ascensos de su carrera periodística en 1903 en el Diario Universal, a cuyo director, Augusto Suárez de Figueroa, que ya había sido el primero en dirigir el Heraldo de Madrid, debe el seudónimo que la hizo famosa.

No mucho después llegaría a este periódico, para el que ya en 1909 narraría la Guerra de Marruecos, con unas crónicas cuyo antibelicismo tuvo que atenuar ante la censura de Antonio Maura. Si bien es cierto que en sus comienzos trata en sus artículos temas en apariencia más triviales, destinados «a la mujer» dentro del gusto de la época (modas, infancia, crónicas sobre la realeza o la aristocracia) y curiosamente no tan distantes de mucho de lo que se publica hoy, su carácter renovador le llevaría a convertirse en la primera cronista parlamentaria en España y en la primera española corresponsal de guerra. Sus aptitudes para los temas político-sociales ya se manifestaban, de hecho, en esos primeros artículos de temas convencionalmente quizás de menor seriedad periodística, a los que supo dar una perspectiva crítica diferenciadora.

Cuando en 1905 Carmen de Burgos empieza a trabajar para el Heraldo de Madrid ya había conseguido ganarse un nombre dentro de la prensa. No es de extrañar que el diario la presentara, en portada, como una periodista cuyas «crónicas, sus artículos, llenos de amenidad, escritos con arte y soltura, le han valido la gran nombradía de que goza, y que ha hecho popular en periódicos y revistas el pseudónimo de Colombine». Asimismo, se refería ya a ella como, «uno de los elementos más valiosos del periodismo español», lo que resulta muy significativo dado el panorama de la época, y se ponía de relieve su ya adelantada visión cosmopolita, también característica en sus crónicas de viajes y en la mayoría de sus escritos, al referir su viaje por Francia, Italia, Bélgica, Alemania y Suiza para publicar una serie de artículos que redundarían en una «obra educadora», con la que «ir destruyendo los muchos males que nos agobian» (2).

No en vano, fiel a su compromiso político-social, la almeriense se servirá de sus crónicas de viajes por Europa para ofrecer una visión educativa (3), orientada hacia el ideal de un mundo más justo y plural, convirtiendo su obra en referente de paz social, en un discurso a favor de los derechos de los colectivos discriminados.

Esta visión queda patente en su paso por París, en la entrevista que hace al filósofo judeo-alemán Max-Nordau, fundador, junto con Theodor Herzl, de la Organización Sionista Mundial. Una entrevista que la periodista, orgullosa, no duda en firmar con su nombre en vez de con su popular seudónimo y que se convierte en alegato a favor de la igualdad socio-laboral de la mujer, abordando espinosas cuestiones como la reforma de la enseñanza femenina, su incorporación a la Universidad y hasta el matrimonio morganático, además de tratar la discriminación del pueblo judío, especialmente de los sefardíes como descendientes de españoles. Aquella entrevista, que el diario destaca en portada, da como fruto premonitorias declaraciones confiadas por Max-Nordau en un ambiente distendido y que Carmen hará suyas en su trayectoria profesional y vital: «Hace falta vivir en una sociedad libre para que no pesen sobre la conciencia prejuicios ni preocupaciones… El fanatismo, de cualquier clase, es siempre perjudicial» (4).

Sus viajes por Europa también dejarán crónicas de costumbres y modas de la alta sociedad, en las que tras una imagen frívola continúa subyaciendo su peculiar análisis político y su activista demanda de derechos. Aun así, Carmen opta, curiosamente, por volver a usar el seudónimo, a pesar además de que sus más fieles lectores conocen ya sobradamente su identidad. La popular columna «Femeninas» acogerá, en este sentido, su acerada crítica social a la hora de tratar refinados gustos europeos, a los que dirige su incisiva mirada en su ruta por el viejo continente. Es el caso de «La moda… del perrito», donde establece un satírico paralelismo entre animal y persona: «El perro, en su trato con los humanos, adquiere nuestros defectos. Monsieur Cane se avergüenza de tratar a los desarrapados compañeros de plazuela, siente el orgullo de raza, y desdeña a los inferiores» (5).

Carmen de Burgos reemplaza la tradicional crónica de viajes por un periodismo con sello propio para informar de cuestiones político-sociales que considera de mayor relevancia. Recurre a la hibridación de géneros, adereza de forma particular la información con la opinión, supedita la descripción de lugares a la de personajes y actitudes, aunque no renuncia a la plasticidad del lenguaje, utilizando un personalísimo estilo rupturista. Hay otras crónicas de viajes en las que su uso del género mostrará una más convencional panorámica de las tierras que visita, pero la supremacía de la expresión de las costumbres y particularidades de quienes se encuentra con fines adoctrinadores siempre estará por encima de otros aspectos en su particular visión del lugar.

Mujeres viajeras- Carmen de Burgos, ¡Soldado Colombine! rtve.es

Cuando, años más tarde, en 1914, se halle en su segundo viaje por Europa, visitando los países nórdicos, el destino le llevará de nuevo a servirse de la crónica de viajes en una original transición, esta vez hacia el periodismo de guerra. El estallido de la Primera Guerra Mundial, que también relatará para el Heraldo, sorprende a Carmen en Noruega dispuesta a viajar a Rusia con su hija y el conflicto les obliga a regresar a España. Ambas experimentan la irracionalidad de la guerra, cuyos inicios narra en crónicas como «El viaje trágico», en la que relata la difícil situación a la que se tuvieron que enfrentar al ser confundida por los alemanes con una espía rusa por «el peligro de los cabellos negros» (6).

Juglar de la tierra española

Coincidiendo con los inicios de Carmen de Burgos en el Heraldo de Madrid, el pontevedrés Víctor Said Armesto (1871-1914), no tan conocido como Colombine a pesar de su carácter más polifacético, aportaba también al diario, dentro de la columna «Viajes del “Heraldo”. Por la España desconocida», su concepción, más literaria, de la crónica de viajes. En septiembre de 1905 aparecía así una hermosa panorámica que escribiría como forma de mostrar la belleza, a veces recóndita, de la patria española. Armesto, también músico y estudioso de las tradiciones populares, publicaría en aquellas fechas sus andanzas por tierras castellanas aledañas a su bien conocido paisaje gallego, que el intelectual supo pintar con la riqueza que el lenguaje literario le brindaba. El que fuera además literato, filósofo, profesor y, cómo no, magnífico orador se adentraba en su quehacer periodístico, como cronista de viajes, con «La montaña de la Miel», bucólico y épico relato (7).

Pero la carrera periodística del que es uno de los miembros más ilustres de toda una saga amante de la prensa había despegado años atrás. En 1895, diez antes de hacerlo en el Heraldo, ya escribía en La Ilustración Artística, donde publicaría el artículo «El vapor», inspirado en el embarque de batallones expedicionarios a una Cuba aún española. Y con quince años dirigía la publicación La Guindilla. Cultivó, como buen escritor y periodista, la crítica literaria. Y el gusto por la escritura de viajes también le venía de familia. Los Armesto estaban emparentados con Emilia Pardo Bazán, que se consideraba «maestra» del joven Víctor, conocido familiarmente como Vitín o Vitiño, último ejemplar de la rama heterodoxa de los Armesto y otro «efímero» por su muerte precoz, como Pedro Armesto, su bisabuelo, y Federico Saiz, su padre. La condesa era «fruto temprano de los Armesto», pues estos le ofrecieron, «cuando aún estaba inédita, lo que ellos ya tenían: su imprenta y sus publicaciones periódicas, para que ella pudiera mostrar en sus páginas sus primeras primicias literarias» (8).

No era de extrañar que el intelectual pontevedrés colaborara con multitud de cabeceras, publicando, además de en las ya citadas, en otras relevantes de su tiempo, como El País, Blanco y Negro o La Ilustración Española y Americana. Tampoco era raro el que, aunque estudiase leyes, sus grandes pasiones fueran la literatura (fue el primer catedrático de Lengua y Literatura Galaico-Portuguesa de la Universidad española e impulsor de la Real Academia Galega), el análisis de la etnografía, de las raíces de la cultura popular y la música, alcanzando reconocimiento internacional con trabajos que le permitieron abrir importantes líneas de investigación en estos campos. Destacan así obras como la Leyenda de Don Juan (1908), que produjo «una gran sorpresa intelectual» en España, «al conjugar la erudición y la escritura más exigente con la amenidad». Su manera de conciliar el «anclaje local de una leyenda con la información internacional que la propia leyenda exigía, produjo sensación». Una expectación a la que también había contribuido «su personal aportación al excelente periodismo de los Armesto» (9).

Víctor Said Armesto, primer catedrático de Lengua y Literatura Galaico-Portuguesa. // MUSEO DE PONTEVEDRA

Otras obras de gran interés fueron Tristán y la literatura rústica gallega o su notable colección de romances (10), de los que se hace eco Said Armesto, siempre ávido de algún nuevo tesoro para su repertorio, en la citada crónica de viajes para el Heraldo de Madrid. En ella, el periodista viajero describe con minuciosidad el paisaje de Las Médulas, con evocadoras imágenes de la Catedral de Compostela, en la que derrochó juventud con Valle-Inclán, trazando «enormes moles estacionarias, que por un prodigio de equilibrio cuelgan, sin derrocarse, sobre nuestras cabezas, formando pavorosas arcadas, cúpulas sombrías y sonantes bóvedas» (11).

Cuenta también cómo, en su camino por la tierra leonesa fronteriza con la gallega, en el entorno del Lago de Carucedo, encuentra un manantial, que «gotea lacrimoso y triste sobre un estanque melancólico, cubierto de verdosa y menuda arborescencia». Cerca de él, decide trabar palique, «en demanda de noticias, consejos y romances», con unas mujeres y un mozo: «Sentados en círculo ante nosotros, nos relatan antiguas leyendas de “moras encantadas”, y el astroso rapazuco salmodia en una lengua que gorjea, llena de diminutivos, las trovas de Malvelina, Bella Infanta y La esposa infiel.» Continúa su crónica incluyendo el romance de Bernardo del Carpio y realizando un alegato a favor del estudio de la tradición oral, al resaltar que se trata de «una leyenda cuya publicación no debe retardarse, por razones que seguramente conocen nuestros eruditos en materia de épica popular española». Por ello reproduce fielmente su versión oral, que pone en boca del mozo, como «incipiente juglar».

En su concepto de crónica, todo un tratado de la escritura de viajes al más puro estilo del tradicional gusto por el lenguaje estético, dibuja una descripción del paisaje en la que la expresividad léxica adquiere gran protagonismo, introduciendo asimismo elementos de opinión al resaltar «la labor anónima» del «ignorado» pueblo español a través de la evocación de la esplendorosa historia de la zona de la «montaña de la Miel», ante sus ojos «fluyendo estérilmente, sin águilas que la visiten», pero poseedora de un rico pasado, en el que las legiones romanas, según Plinio el Viejo, expoliaron el oro de las montañas, modelando la peculiar orografía del entorno, esculpido con los túneles de la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio. Un paisaje de «rocas, como talladas por el cincel de un escultor titánico, fingen quimeras y dragones de fantástico cuerpo», describiría Armesto, retratando con todo detalle paisajes y personajes, transmitiendo como valioso legado antiguas historias de esta tierra que sus gentes llaman también de «la montaña de la Miel», porque «en todas las oquedades y grietas del acantilado millares de abejas labran sus panales, y una catarata de miel se desborda en rubios pabellones pendiente abajo como un derretimiento de las montañas auríferas del monte». Con todo, Víctor Said Armesto fue, «como el resplandor, efímero. Todo estaba iniciado, pero casi nada concluido» (12).

Con su prematura muerte truncó una de las trayectorias más brillantes de los intelectuales de la Generación del 14. En 1916, la espiritista Amalia Armesto Aldao visitaba la tumba perdida de su único hijo en el Cementerio del Este de Madrid. «Aprovechaba esas visitas para dar a Vitiño noticias de Pontevedra, la gran pasión compartida por todos los integrantes de esta familia novelesca». Emocionada, sentenciaría: «Vitiño no me contesta, pero sé que me ve y que me oye».

(1) G. Toll, Heraldo de Madrid, tinta catalana para la II República española, Sevilla, Renacimiento, 2013.

(2) Heraldo de Madrid, «Carmen de Burgos Seguí», Heraldo de Madrid, 5 de octubre de 1905, pág. 1.

(3) E. Daganzo-Cantens, Carmen de Burgos. Educación, viajes y feminismo. La educación y el feminismo en los libros de viajes de Carmen de Burgos a Europa, Jaén, Universidad de Jaén, 2010.

(4) C. de Burgos, «Hablando con Max-Nordau», Heraldo de Madrid, 3 de noviembre de 1905, pág. 1.

(5) Colombine, «La moda… del perrito», Heraldo de Madrid, 7 de marzo de 1906, pág. 4.

(6) Colombine, «El viaje trágico», Heraldo de Madrid, 25 de agosto de 1914, pág. 1.

(7) V. Said Armesto, «La montaña de la Miel», Heraldo de Madrid, 13 de septiembre de 1905, pág. 3.

(8) J. A. Durán, «La novelesca historia de los Armesto de Pontevedra», La Cueva de Zaratustra Taller de Ediciones JA Durán, 2014, http://tallerediciones.com/cuza_new/?p=2324. (Consultado el 20-12-2015).

(9) J. A. Durán, ob. cit.

(10) C. Villanueva, Víctor Said Armesto. Una vida de romance, Santiago de Compostela, Universidade de 10

Santiago de Compostela, 2014.

(11) V. Said Armesto, ob. cit.

(12) J. A. Durán, «La reconversión del último Armesto», La Cueva de Zaratustra-Taller de Ediciones JA Durán, 2014, http://tallerediciones.com/cuza_new/?p=2346. (Consultado el 22-12-2015).

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