La crónica: entre la Historia y las historias. 2 de 4 partes.

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Una historia por entregas. Encuentra la parte 1 haciendo clic aquí.

III

MARCA DE TIEMPO

Como se puede ver, esos partidos de barrio que se disputan con la pasión y la entrega de la final de un mundial de fútbol pueden ser también, si uno se lo propone, la bitácora de viaje que nos permite seguir el rastro de uno de los hechos sociales de más impacto para Colombia en las últimas décadas: el de la migración masiva de nacionales hacia distintos lugares del mundo como resultado de las violencias, de la pérdida progresiva de empleos, de la mera curiosidad o del empuje por agenciarse un destino en otro lugar de la tierra. Ese es el propósito del presente texto: no tanto demostrar, que ya lo han hecho tantos, como recordar que siguiendo la ruta de las pequeñas historias se llega al escenario de la gran Historia individual y colectiva que puede, cuando no es contada solo por los vencedores o por quienes detentan el poder, funcionar a modo de espejo donde nos reconocemos protagonistas de esa aventura que es nuestro paso por el mundo.

Es en ese punto donde la crónica, como territorio intermedio entre el periodismo y la literatura, empieza a jugar su papel de herramienta para identificar las marcas que el tiempo deja en la piel de las criaturas, pero también las que  estas, célebres o anónimas, van dejando en él a medida que tejen y destejen su destino.

Ya lo planteó el pensador Karl R. Popper en su ensayo La sociedad abierta y sus enemigos: “Lo que llamamos Historia Universal es en realidad la historia del poder político, es decir, de la delincuencia internacional”.  Eso explica porqué en los libros de Historia el mundo parece estar poblado solo por héroes, santos, poetas, guerreros o monarcas. Poco o nada se nos cuenta acerca de la vida cotidiana de los ingleses de los tiempos cuando Enrique VIII hizo de la decapitación la más expedita forma del divorcio. Menos nos dicen todavía sobre el cancionero o los ritos amatorios de la Francia napoleónica, como si el emperador y su dama fueran la única y gran pareja primordial capaz de absorber y abolir cualquiera otra tentativa de pasión individual.

En el concierto latinoamericano, las guerras de independencia no parecen haber tenido protagonistas distintos a una legión de generales y coroneles dedicados a recorrer valles y montañas con su tropa de amantes que, invariablemente, terminaban sus días en el destierro caribeño o europeo. Llegados un poco más al norte, el despojo de que fueron víctimas miles de mexicanos, indígenas y colonos blancos descendientes de los fundadores de lo que hoy son los Estados Unidos de América nos fue presentado siempre como una gesta civilizadora glorificada por el cine y el cancionero bajo la etiqueta de “La conquista del Oeste”.

Solo la buena literatura -y en ese concepto se incluye la crónica- supo revelarnos desde un comienzo el fraude que alentaba tras el velo de la historia oficial. Basta con leer las páginas del viejo o el nuevo testamento para descifrar entre líneas el tipo de sociedad tribal pero también la clase de individuos que no solo permitían si no que demandaban un tipo de divinidad como la expresada en la figura de Yaveh, ese intolerante dios de pastores nómadas siempre en disputa con los vecinos y con el  propio clan. Tal como acontece hoy en las sociedades a punto de la disolución, los hombres no tardaron en reclamar un caudillo que pusiera en orden la casa mediante una adecuada mezcla de fuerza y promesas de redención: he ahí al Moisés recreado por los cronistas mientras recibe directamente del cielo sus tablas de la ley. Pero el relato no se queda allí. Trascendiendo los límites del conflicto local, los autores de los textos nos legaron su visión del panorama geopolítico internacional de la época, siguiendo paso a paso los avatares del pueblo judío enfrentado a las grandes fuerzas del imperialismo global, expresado en los apetitos expansionistas de babilonios y egipcios. Vistas de esa manera, las descripciones minuciosas del cautiverio de Babilonia, la travesía del Mar rojo, las plagas de langostas o el infortunio de José vendido por sus hermanos a mercaderes egipcios constituyen el recurso narrativo escogido por los autores para situar en el espacio y en el tiempo a los protagonistas de una historia que, como todas, se desarrolló en medio de grandes convulsiones.

En el prólogo a un libro del periodista colombiano Heriberto Fiorillo, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez -él mismo un excelente cronista– anota que: “Desde mediados de los 80 pero, sobre todo, en la última década del siglo, la crónica colombiana se convirtió en el lugar privilegiado para observar los signos de un país que se volvía cada vez más indescifrable. A diferencia de los personajes de ficción, los de la nueva crónica no permiten que el lector se identifique con ellos ni que se apasione ni que tome partido: están allí por una especie de fatalidad, sin líneas de fuga. Todo pareciera estar corrompido pero, a la vez, todo pareciera ser natural. No hay inocencias ni culpas. Tampoco hay alternativas. Las cosas suceden porque la vida es así y -lo que es más terrible- porque no hay otra vida…” Más adelante, el autor de Santa Evita  y La novela de Perón insiste en que “…En esa procesión de sicarios, prostitutas de diez años, criminales involuntarios y mentirosos profesionales, el cronista siempre permanece fuera. Registra lo que pasa, pero no se compromete con lo que pasa. La única señal de que está violando la objetividad es que ha elegido un determinado tema para contarlo. Y cuando lo cuenta, su ética, su conciencia están en continuo estado de alerta, pero no se nota. Lo que el lector siente es que el hecho elegido registra siempre alguna de las violencias que, en la Colombia contemporánea, son casi el otro nombre de la nación. El cronista es el sismógrafo de una sociedad desgarrada, pero no tiene nada que ver con el sismo: no puede evitarlo ni predecirlo ni mucho menos juzgarlo…”  (Nada es mentira-  Crónicas y otros textos- Heriberto Fiorillo, Página 11- Editorial Espasa).

Lo que uno percibe, más allá de los vaivenes propios de las normas periodísticas o del mercado editorial, es que, a diferencia de otros géneros surgidos al ritmo de las condiciones sociales y económicas que caracterizan  a una determinada época, la crónica ha tenido una continuidad desde sus orígenes al punto de que puede afirmarse que subyace a los demás. De hecho, los poemas homéricos pueden leerse como la crónica de un tiempo entre histórico y mítico. No por casualidad los versos de don Juan de Castellanos sobre la conquista de América llevan el  título de Crónica de los varones ilustres de Indias. Tampoco es resultado del azar que las grandes obras de ficción del citado Tomás Eloy Martínez sean en el fondo la crónica reinventada de la vida de dos figuras de la política y la cultura popular latinoamericana que hace mucho tiempo  adquirieron aire de leyenda: el dictador argentino Juan Domingo Perón y Eva Duarte, su esposa y especie de personaje vicario que por momentos lo suplantó en la imaginería de los argentinos de la época.

IV

LA  BUENA NUEVA

Contra lo que pretenden sus exégetas, el Nuevo Testamento no es solo el acervo probatorio de lo anunciado por los profetas mayores y menores. Es ante todo la crónica minuciosa de la presencia del Imperio romano en  Oriente medio. Una relectura del mismo permite identificar los mecanismos de control de la metrópoli a través de una sutil pero efectiva cadena de recompensas y amenazas, al tiempo que nos muestra la corrupción de las castas locales que, al igual que en todos los tiempos y lugares, doblaban la rodilla ante el poderoso mientras humillaban a los desvalidos y denunciaban a los coterráneos  insurrectos. Es allí donde la figura de Judas Iscariote adquiere toda su dimensión, sino como personaje histórico si en su condición de perfecto recurso literario. En el primero de los casos, como ya lo han anotado tantos investigadores y pensadores, no se explica que para capturar a una figura públicamente reconocida como Jesús de Nazareth, el aparato  policial del imperio precisara de un delator que lo señalara entre todos. Pero a la luz de la simbología cristiana, el cumplimiento del martirologio sí demandaba un agente mediador y por eso el papel de Judas es clave, de modo que sin un buen cronista dotado de imaginación poética todo se hubiera echado a perder. No por casualidad este hombre es, al lado de Caín, entre el variado catálogo de personajes bíblicos proscritos, uno de los más ponderados y revisitados por escritores y artistas a través de los tiempos: al fin y al cabo es, en cuerpo y alma, uno de los suyos.

Título original: Il Bacio di Giuda
Museo: Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)
Técnica: Fresco
Escrito por: Miguel Calvo Santos
Tomada de historia-arte.com

El más socorrido de  los lugares comunes nos describe la Historia como un péndulo que traza, deshace y rehace el camino de  hombres y pueblos. Así las cosas, el relato de la muerte de Cristo en la cruz constituye el punto de partida de un reflujo de la marea que dio lugar a ese vigoroso y complejo proceso en el que el cristianismo se hizo con el control de Occidente valiéndose, claro está en el legado filosófico, artístico y metafísico del pueblo griego. De ahí el rol que juega la figura de Saulo de Tarso en la propagación de doctrina fuera de Galilea: a diferencia de los otros evangelistas, que se contentaron con profetizar y dar testimonio de las obras de su maestro, el que muy pronto se convirtió en San Pablo no tardó en descubrir, siglos antes de Lenin y sus epígonos, lo efectivo que resulta combinar todas las formas de lucha. Con el tiempo, el apóstol entre los apóstoles devino símbolo de una de las armas más apetecidas por los caudillos de todos los tiempos: el furor de los conversos que se revuelven contra sus antiguos compañeros de causa.

Hasta hoy muchos insisten en que la doctrina cristiana no ha calado en la mayoría de sus practicantes más allá de la pompa y las formas. Pero lo que nadie discute es que la saga de relatos derivados de su expansión constituye una fuente de narraciones testimoniales y de ficción que no tiene visos de agotarse. De hecho, independiente de la fe, que es después de todo un asunto privado, uno puede leer La Biblia cristiana como el gran fresco de una etapa en la vida de la humanidad que presenció el nacimiento de una  forma de  religión organizada jerárquicamente, es decir, de una expresión del poder mundano.

Detengámonos en la historia de José de Arimatea.  Según el evangelista fue él quien recogió en el cáliz utilizado en la última cena la sangre que brotó del costado de Cristo después de ser herido en la cruz por la lanza de un soldado romano llamado Longinus. La descripción del cronista, que gravita entre la exaltación poética y el registro forense sirvió, entre otras cosas, para que en la Gran Bretaña del Medioevo surgiera una leyenda que ha dado de qué hablar a generaciones de poetas y músicos en los siglos siguientes: la saga de El Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda.

Lo esencial todos lo conocemos. Un hombre, mitad real, mitad ficción, es escogido para liberar a su pueblo sometido a esclavitud por una legión de bárbaros. La hermandad ritual de doce caballeros dispuestos a rescatar el mundo de las garras del mal. Una mujer, la reina Ginebra de manifiesta inspiración mariana. La traición de uno de los caballeros. Las duras pruebas impuestas a los hombres y a su rey. Arturo rescatado por las hadas y conducido a la isla de Avalon de donde regresará un día a terminar su misión. Todo ello edificado sobre la búsqueda del Santo grial, una especie de objeto mágico que resulta ser, si nos atenemos otra vez a la palabra de los poetas y cronistas, el mismo cáliz donde José de Arimatea  recogió la sangre de su redentor y qué llevó consigo durante su peregrinación a Occitania.

V

LA VUELTA DE TUERCA: MÁS  ALLÁ DE GIBRALTAR

Dicen -siempre hay alguien que dice- que el emperador Constantino, apodado “El Grande”, en medio del furor de la batalla vio en el cielo un estandarte con una cruz estampada, en el que se podía leer la siguiente sentencia: “Con este signo vencerás”. Y con ese  signo llegarían los  europeos mil quinientos años después a lo que hoy es América, en busca de esa ruta hacia las Indias Orientales que las descripciones de cronistas y trovadores se habían encargado de exacerbar en su imaginación. “Más allá de Gibraltar esta situado lo imposible” les habían dicho una y otra vez, y ya sabemos que la palabra imposible es señuelo que suele despertar la ambición de los humanos. Agobiados por las tribulaciones económicas sumadas a las habituales disputas por el poder, los Reyes Católicos se embarcarían en esa aventura de descubrimiento y conquista que por un lado instauró el despojo y sembró el terror en las nuevas tierras al tiempo que plantó los cimientos de un mestizaje étnico y cultural que al día de hoy constituye uno de nuestros grandes patrimonios. Con el llegaron la espada, los encomenderos y la cruz, pero también arribaron la lengua y la visión más amplia del mundo propia de seres acostumbrados  a cruzar los mares.

Y de historias de hombres que surcan los mares para fundar y desfundar mundos está hecha la materia que le da trabajo a los cronistas.

Por eso cada uno de los conquistadores que emprendió la aventura de las Indias se ocupó de que en sus naves, aparte de armas, abalorios, medicinas y provisiones viajara un cronista que diera cuenta de sus glorias y desastres ante los tiempos por venir.

Fueron ellos quienes nos revelaron que allende las Columnas de Hércules alentaba algo peor que una colección de animales fabulosos, porque ese territorio era propiedad de un mar indómito capaz de desaparecer con sus coletazos a flotillas enteras con su tripulación. Fueron ellos quienes urdieron las biografías imaginarias -como casi todas las biografías- del comerciante genovés que fue capaz de convencer a los reyes Isabel y Fernando para que patrocinaran una travesía en la que lo único cierto era la incertidumbre. Quinientos años después, nada claro se sabe al respecto, al punto de que Charles J. Merrill, profesor de la Universidad de Saint Martin en los Estados Unidos, publicó un libro donde afirma que  los antepasados del descubridor a quien el continente americano debe su nombre no pertenecían a ningún clan apellidado Colombo o Columbus, si no a la muy catalana familia Colom, enemistada para entonces con los reyes, por lo que el navegante decidió cambiar sus apellidos. Cosas de historiadores, que para eso existen: para reinventar la Historia cada día.

Las mil y una noches

Como parte del legado de la presencia de los árabes en su país durante muchos de esos cronistas conocían la saga de Las mil y una noches, más toda la literatura relacionada, de modo que estaban habituados a transitar por esos territorios donde las  fronteras que separan la realidad de la ficción se disuelven para dar lugar a un universo distinto y no menos consistente.

Sabían además de los cantares medievales y de las narraciones que convirtieron en leyenda las luchas que marcaron el fin de la sociedad feudal. Por eso fueron capaces de asomarse a los desvaríos de esa nueva tierra y a los de quienes las estaban conquistando, para contarlos con el tono pausado y la riqueza de detalles de quien redacta una monografía, aunque muchos de ellos supieran que estaban haciendo literatura, como se deduce del cuidado en el estilo y de la solidez en la recreación de caracteres. Basta con echar una mirada a los diarios de viaje de Fray Junípero Serra en su cabalgata interminable por lo que una vez fue territorio mexicano y hoy es parte de los Estados Unidos de América, para darse cuenta de que no estaba confeccionado solo un inventario, dirigido a cumplir con sus superiores. Hay que leer a  Bernal Díaz del Castillo describiendo el fasto de las delegaciones que salían a recibir a Hernán Cortés o sumergiéndose en el tumulto de los mercados del Nuevo mundo con el aire de impasible curiosidad de quien asiste a la revelación de algo distinto pero en esencia idéntico a lo ya conocido, para revalidar algo que nos han enseñado los cronistas de todos los tiempos: que la gente es igual en todas partes y que, a duras penas, cambian su ropaje y sus costumbres.

“Desde que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna muchas otras, y veíamoslo todo lleno de canoas y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran Ciudad de México; y nosotros aun no llegábamos a cuatrocientos soldados, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas y avisos que nos dijeron los de Huexocingo, Tlascala y Tamanalco, y con otros muchos avisos que nos habían dado para que nos guardáramos de entrar en México, que habían de matar desde que dentro nos tuviesen. Miren los curiosos lectores si esto que escribo si había bien de ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?” (Cronistas de Indias-Antología. El Áncora Editores-. Bernal Díaz del Castillo.  Página 89).

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