La economía naranja

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Don Arbe, un hombre de la calle comercial no es tendencia y se comprende, pues la informalidad en un país asesino y latifundista, donde todo se revuelve y se etiqueta con la moda impuesta por los yupis que hacen cursos de verano en Harvard, es permanente.


 

 

La poesía sucede al borde de la acera, o como diría Whistler, el arte sucede.

Esa fue la revelación que obligó a Ryan Cross, un californiano con aspecto de rockstar y ligero de equipaje, a quedarse a vivir en Pereira. Una mañana de septiembre lo despertó el pregón de un vendedor ambulante que ofrecía aguacates a buen precio. Encontró en esa voz lo que no había encontrado en Allen Ginsberg y sus secuaces: un aullido con forma de pera que brota de la tierra sin más; un gorgoteo que deja de ser semilla para transformarse en cuerpo sensual, como la guayaba fresa, como la mandarina clementina, como el mango haden.

Había allí, en el pregón ambulante, una sonoridad profunda que se enredaba en el aire, unos gritos mistéricos que invitaban al silencio contemplativo. La ciudad murmura endechas, caviló, captura en las voces del rebusque una queja festiva, milenaria.

La urbe ostenta unas ampollas profundas a fuerza de resistir el lastre de la economía descalza.

Tembloroso, Ryan no dudó en bajar los cuatro pisos de su apartamento para comprar su primer aguacate. Detrás de la fruta vio a Don Arbe, un hombre inocente y cansado. El hombre le señaló a lo lejos el verde de la región cafetera y le dibujó en el hollín de la esquina una montaña. Palpó el aguacate, lo peló, lo olió y lo engulló. Ante su avidez el vendedor lo previno: la cáscara no se come.

Ryan no volvió a ser el mismo; algo inusitado había ocurrido en sus papilas gustativas. Era aún temprano para sospechar que esa fruta, la hass, podía importarse y ser un hashtag (#), una tendencia de la economía naranja en tiempos de gobiernos frívolos.

Indigesto y atacado por la poesía sonora, Ryan quiso ampliar los sabores tropicales y se entregó al vicio de la lectura, una vez escrutara el cifrado sabor del cilantro en la superficie del caldo de pescado.

Primero leyó en la cocina de Miguel Hernández:

“La cebolla es escarcha/ cerrada y pobre:/ escarcha de tus días/ y de mis noches./
Hambre y cebolla:/ hielo negro y escarcha/grande y redonda.”

Luego fue hasta la despensa donde Neruda guardaba su fruta prohibida:

“quiero/ una ciudad,/una república,/un río Mississipi/de manzanas,/y en sus orillas/quiero ver/a toda/la población/del mundo/unida, reunida,/en el acto más/simple de la tierra:/mordiendo una manzana”.

Pasmado ante las extrañas formas de las frutas tropicales del mercado cubierto de la 41, leyó, para sosegarse, una plegaria de José Manuel Arango:

“Bachué, señora del agua, enséñame a tocar la fina pelusa bermeja del zapote”. Ryan se bañó en pulpa dulce y se secó con hojas de bijao.

Aunque no comprendió del todo el arbitrio de García Lorca “Nadie come naranjas/ bajo la luna llena./ Es preciso comer/ fruta verde y helada”–, Ryan decidió dejar comida para el día siguiente y salir de su nicho a embeberse de ruido urbano.

Cuando su reloj de pulso anunció las diez de la mañana en el semáforo del Barrio San Luis, leyó en la página 18 de un poema de X-504, esta receta para sanar el cuerpo:

“La digestión de la pulpa del coco demora cuarenta días y cuarenta noches. Ni mucho, ni poco./ Al plátano artón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco./ Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco./ La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú./ La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha.”.

Una noche de junio, después de atragantarse con el agua rosa y azucarada de una colosal sandía, Ryan Cross decidió montar un poema sonoro, una puesta en escena del trueque popular de víveres. Decidió alquilar un carro destartalado para convertirlo en una revueltería nómada, no sin antes consultarle al lingüista Noam Chomski cómo carajos podía traducir revueltería a su lengua nativa. Fue la manera que escogió para agradecer el sabor y la textura de los frutos generosos de la tierra quimbaya.

 

 

Siempre que los vecinos le preguntan por los aguacates, Ryan Cross responde que están escasos, que no hay cosecha, que siendo optimistas dos arrobas le llegarán el próximo jueves. Este hombre de la calle comercial no es tendencia y se comprende, pues la informalidad en un país asesino y latifundista, donde todo se revuelve y se etiqueta con la moda impuesta por los yupis que hacen cursos de verano en Harvard, es permanente.

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