La fiesta de los difuntos es cosa de vivos

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Bien sabemos en Bolivia que conmemorar a los muertos es cosa de vivos y, muy despiertos desde temprano, para variar. Una tarea tan ardua exige muchos esfuerzos y preparativos. Como que hay familias que con una semana de anticipación van alistando sus pertrechos para no defraudar al alma de sus difuntos. Son los días en que los hornos trabajan a todo gas, cabalmente dicho. Desde los hornitos de casa a los hornos industriales de las panaderías, no dejan de sacar hornadas de bizcochos, panes, queques, galletas, empanadas, rollitos y otras masitas. Toda casa huele a masa, a pan caliente, a esencia de vainilla. La repostería en su máximo esplendor.

Como la globalización ha llegado a todos los rincones del planeta, ahora resulta que hay ciertos parámetros o estándares para instalar la mesa de homenaje u ofrenda a los difuntos. Así que no tiene nada de extraño en este país de los mil colores, acudir a la oportunísima “Feria de Todos Santos” que de a poco se ha ido consolidando en las principales ciudades, donde ya puede uno adquirir las t’antawawas o muñecos de pan, aparte de las escaleras, animalitos, y otras figuras simbólicas hechas de harina de trigo, amén de otros adornos elaborados a base de azúcar caramelizado. Luego, no es nada del otro mundo comprar las frutas de temporada y algunos otros complementos para terminar de armar el decorado.

Pero lo que no se puede estandarizar es la comida en honor al difunto, y mucho menos sus platos predilectos; aunque la tradición señale que hay cierto consenso respecto a ciertos preparados, que pueden variar según las familias y según las regiones. Ahí quería llegar este escribiente, ansioso de deleitarse con los aromas y sabores que emanan de una cocina en plena ebullición, a toda marcha también en ocasión de estas festividades. Porque no es fácil contentar a las almas que, según la creencia popular, acuden al mediodía cada 1 de noviembre para entremezclarse en el mundo terrenal y, en el ínterin, compartir un almuerzo u otro plato favorito que los aproxime a la familia y, a través de ese ritual, a la esencia de la vida.

En mi extensa familia que se pierde en distintas ramas, continúa muy vigente la costumbre de degustar una sopa espesa a base de ají colorado, harina de trigo retostada y pan molido, denominada coloquialmente “uchu”, que es laboriosamente sazonada con tres tipos de carne y que, al momento de servir, se acompaña con papas blancas, arvejas y bocadillos fritos que flotan sobre la superficie como islotes en medio de ese mar de sensaciones. Por norma, yo suelo repetir este picantoso manjar aunque me arda la lengua, una suerte de placer culpable que gustoso repetiría cada semana.

En otros hogares suelen decantarse por una ch’anka de pollo, sustanciosa sopa con esperanzadoras ramitas de cebolla verde, o también la blanquísima sopa de maní, regada de perejil recién picado y palitos de papa frita que al remojarse hacen que uno ame este tubérculo para siempre. Comoquiera, una reunión familiar en memoria de un fallecido, paradójicamente casi nunca es un asunto triste, ¿cómo lo va a ser, si el elemento unificador fuese un suculento ají de fideos, cocinado con la sencilla sapiencia de la comida hogareña?

Más allá de las concepciones religiosas, recordar a los difuntos, a los seres queridos que ya no están con nosotros, es una forma de traerlos al presente. ¡Qué mejor homenaje a la Vida que celebrar a los muertos!

Ofrendas en honor al difunto
Uchu, el plato familiar para estas fechas
Ají de fideos, un plato alternativo

*Pueden ver más contenidos de este autor en: Bitácora del Gastronauta. Un viaje por los sabores, aromas, y otros amores

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