La infancia como un viaje hacia el final del arcoíris

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Me vestiré de infancia/Jugaré con la niña de tus ojos/ Ese juego de sombras y de albas

Helcías Martán Góngora


 

El escritor pereirano Nelson Espinoza Orozco, con su obra “Don Pincel y la casa de los cien colores”, nos acerca a un mundo infantil insuperable. Infantil, porque su narrativa nos envuelve en un cosmos de tierna imaginación, y una obra de estas, al menos en la ciudad, no se veía desde “La abuelota” del también pereirano, Luis Jairo Henao. E insuperable por los ya 30 años de existencia de este texto, donde permaneciendo fiel a su color, tono y temática, y siendo real con los hechos, ha abarcado a tres generaciones: los niños y jóvenes de los años 80´s, los finiseculares y los nacidos después del nuevo milenio.

Una obra a modo de herencia literaria que sigue leyéndose, especialmente en la nueva edición que salió en el 2018 gracias a Éufrates editor, y que ahora se presenta con una portada tan bella como el cuento mismo, ilustraciones originales hechas por el pintor regionalista William Cardona y el orgullo de haber sido adaptada teatralmente por la fundación cultural Crearte, además de la merecida beca  que recibió de parte de Colcultura para creación artística en 1992.

Así que estamos ante una obra reconocida, reeditada y muy apreciada por todos. Una hija de Pereira, que no crece, (y mejor así para evitar la pérdida de su candor) pero que se mantiene, y que, igual que el pájaro de pecho amarillo que traía en su pico una carta escrita para Tito y Tina, así este libro es un tratado hacia la ternura, un pasaje a ese reino mágico que apenas alcanzamos a saborear ya se nos va como agua entre las manos.

 

Foto por: Diego Val

 

Sin embargo, he aquí la propuesta de Nelson, el autor con su escritura dibuja de nuevo el camino hacia ese reino al mostrarnos las aventuras de Tito y Tina quienes van tras las huellas del abuelo pintor para asistir a la gran fiesta del arcoíris.

Una aventura fantástica, o vuelta de tuerca, que como decía Carlos Ruíz Zafrón, es una de las trampas de la infancia, o, en otras palabras, el no necesitar comprender algo para sentirlo, ya que los personajes antropomorfos ideados en este cuento, nos demuestran que no necesitamos ser grandes para ser felices, además de que envejecer sea obligatorio, pero crecer sea opcional.

Dicho lo anterior, es imposible no conocer estos infantes sin lograr sentir ternura, amor, ilusión, pero también temor ante el desafío de enfrentar, o mejor, esquivar a los “hombres basura”, aquellos que desean manchar la inocencia y la felicidad prístina de esos pequeños seres.  Y así, no es tanto el final el que nos embarga de emoción, sino las pericias, los diálogos, los momentos donde, como afirma el autor, tomamos “el reto a la imaginación”, es decir, la ruta para volver a ese estado donde nunca se envejece, a la infancia, al juego ludi, a la libertad sin trabas, a las hazañas de ensoñación.

 

Foto por: Diego Val

 

El libro “Don pincel y la casa de los cien colores”, a pesar de que paulatinamente se alza a nivel nacional para su difusión, no hay duda que se encuentra a la altura de obras como “Zoro” de Jairo Aníbal Niño, “Isabel en Invierno” de Antonio Caballero, o “Las láminas más difíciles del álbum” de Octavio Escobar, entre otras.

Y solo por mencionar autores locales, porque internacionales, podemos rastrear algo parecido con las sagas infantiles de los hermanos Grimm, o los cuentos lineales de Charles Perrault o Carlo Collodi, aunque sin caer en la comparación, por supuesto, sino, en el reconocer la calidad de la narrativa, la naturaleza del cuento fantástico, y el planteamiento del conflicto que Nelson Espinosa sabe desentrañar con una carga afectiva representada en los niños.

Pues con este libro no se busca tanto entretener, como hacer buenos a los niños, haciéndolos felices. Efecto que también se siente con su posterior obra “Alegría y el hada de las tinieblas” (2012) y las diversas aventuras de Chiquitín Chiquitón y otros personajes salidos de la pluma del autor, que a conciencia, hay que evitar asimilar solo en clave infantil, porque de sus lecturas o personajes se puede derivar enseñanzas ecológicas y éticas.

 

Foto por: Diego Val

 

Así concluyendo, solo cabe pensar que, para escribir literatura infantil y juvenil, hay que ser un niño, un joven, o un genio. Cualidades esenciales a la hora de inventar carácteres o personificar y humanizar lo que no es humano, en este caso puntual del libro, la señora lluvia, la gallina de los huevos pelota, don pincel, el hombre sin cara, entre otros.

Frente al autor, se puede considerar el conjugar los tres elementos, porque el material para construir este mundo fantástico no es la edad, son los sueños, y en esta casa de los cien colores, don pincel tiene las puertas abiertas para recibir con amplitud a los lectores pereiranos, nacionales y como la dedicatoria de Espinosa en la primera página del libro lo resume: A todos los niños de la tierra.

Niños parecidos a los de Arthur Clark, quien en su obra “El fin de la infancia”, sufren grandes cambios evolutivos, siendo menos físicos, menos parecidos a sus padres y más espirituales, hasta que un día, gracias a esta característica, desaparecen en una columna de luz en dirección al universo.  Así el Tito y Tina creados en este cuento, en un momento dado, se deslizan a través de los colores como si se tratara de un tobogán y estos misteriosamente toman forma de culebra, luego de pájaro para finalmente elevarlos a una región donde logran ver cosas insólitas. Toda una maravilla imaginativa.

 

Foto por: Diego Val

 

Tito y Tina llegan a la fiesta de la casa de los mil colores. Entran al corazón de los lectores con maestría y posiblemente se figuren el ingresar a una cuarta generación de pereiranos o colombianos en general,  que alcanzarán a leer este gran cuento fantástico. Como afirmó Jairo Aníbal Niño, “Un buen viejo es un niño que ha vivido el tiempo suficiente para recordarlo”.  Que comience el viaje.

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