La inflación y la inflamación.

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Colombia, ese país del mundo donde todas las cosas extremas suceden al mismo tiempo.

Los comicios que se celebraron el pasado domingo mostraron los niveles de nuestra congestión política, esa que pone a las barras bravas a trinar, de los que toman a su líder como su dios, a sus convicciones políticas como su religión. Ese es el estado de cosas actual, y no es por eso extraño que estemos hinchados, tumefactos.

Por otro lado, en la vida corriente, esa que no se ha mudado a vivir en las redes sociales, especialmente en twitter, los colombianos de todos los niveles sociales sienten otro fenómeno, el de la inflación de los precios. Ningún lugar para sentir mejor el fenómeno que la caja del supermercado. Lo que antes se llevaba con doscientos mil pesos hoy se paga por cuatrocientos mil. ¿Y los salarios? bien, gracias. Al mismo nivel que hace quince años, cuando no más bajos.

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Sí, estamos inflamados, y la inflación nos está comiendo vivos.

Así, ¿cómo se sobrevive? Cualquier médico dirá que es presagio de grandes males para el cuerpo humano el estado constante de inflamación, que en no pocas ocasiones comienza por un estrés continuado, ¿se imaginan?

El nivel de ansiedad que vive hoy el pueblo colombiano, derivado de la incertidumbre de lo que pase con la política local, es lo más parecido a un estrés nocivo y prolongado. Pero, aunque ya lo traíamos, es forzoso decirlo, de la guerra, de la violencia que nos ha azotado por generaciones, en las ciudades, en el campo, el de ahora es más histérico, desaforado.

Paradójicamente, después del proceso de paz, parece haber explotado, tal vez es porque ahora se puede expresar sin temor a ser eliminado. Bueno, no en todos los casos, como se evidencia en el asesinato de líderes sociales, que a comienzos de mayo de este año ya iba por setenta.

Sin embargo, éstas han sido las elecciones con menor abstención en los últimos veinte años, y ninguna mesa electoral en el país tuvo que ser reubicada en razón al orden público.

Por otro lado, a este estado de crispación constante, de inquietud en aumento que experimentamos en este país, se suma el desconcierto al comprobar, cotidianamente, que el dinero ya no alcanza para nada.

Un escenario difícil en todo sentido, pues estamos inflados e inflamados, o como dirían las mamás, tras de gordos, hinchados.

Nos esperan 20 días de insultos, reclamaciones airadas, señalamientos, llamados a hacer historia o a no dejar que se pierda el país; y, en el caso menos grave, a reflexionar por cuál rodadero nos lanzamos.

Los resbaladeros que se nos ofrecen son de tierra y grava, y seguramente las posaderas no llegarán al final sin sendos rasguños, o francos desgarros sangrantes y dolorosos.  No sabemos cuál camino será menos peliagudo, y tampoco estamos seguros, muchos, si quedarnos en la orilla ondeando la bandera blanca de la indecisión, mientras vemos cómo los demás se lanzan por alguno de los dos caminos, cogiéndose como se dice “las nalgas con las dos manos”.

Contamos historias desde otras formas de mirarnos.

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