La inteligencia, la bohemia, las utopías

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Rafael Gutiérrez Girardot (Sogamoso, Boyacá, 5 de mayo de 1928 – f. Bonn, Alemania; 26 de mayo de 2005), filósofo, ensayista y editor colombiano.


 

Ha sido considerado como una persona notable dentro del ámbito cultural colombiano del siglo XX, un espíritu polémico, crítico y riguroso, una obra sólida construida en el extranjero, pero siempre con la mirada atenta al país y al continente, en definitiva, un hombre fiel a su tiempo.

 

La inteligencia, la bohemia, las utopías

(Fragmento del libro: Modernismos/Supuestos Históricos y culturales)

 

EL INTELECTUAL es una figura iridiscente. Rubén Darío condena y alaba a Theodore Roosevelt, canta la sangre de Hispania fecunda, sospecha el advenimiento de alguna revolución, y elo- gia al burgués que le paga, y sirve al dictablando Rafael Núñez. Maurice Barres postula el culto del yo, ataca a sus colegas “los intelectuales” en nombre del pueblo, escribe sus ensayos Du sang, de la volupté et de la mort (1893) en los que pretende explicar las relaciones entre las fuerzas fundamentales de la vida, pero la fuerza, fundamental sangre, lo hace descender a la glorificación de un racismo nacionalista (tres francais) que lo conduce directamente al nacionalsocialismo. Azorín abandona su anarquismo, y aunque cultiva la interioridad, entra a servir al Estado, redescubre los pueblos que había detestado.

Unamuno postulaba la “europeización” de España, se sintió socialista, se retractó de la europeización, y aunque se alimentaba de la lectura de teólogos protestantes (Kierkegaard fue un peculiar teólogo protestante) que descendían en última instancia del movimiento iniciado por Kant, le bastaba más que de sobra el que España tuviera a la mística Teresa y que no hubiera producido a Kant.

Protestó valientemente contra la ominosa frase de Millán Astray, que podía ser un resumen castrense de su pensamiento: elemental como todo lo castrense, pero, al cabo, resumen. Stefan George esbozó un Nuevo Reino de selectos, de monjes del arte y del refinamiento intelectual, del espíritu y la disciplina estética, sin percatarse de que lindaba no sólo con la cursilería y con la vulgaridad maloliente de la pequeña burguesía, sino con la barbarie del Tercer Reich de Hitler. D’Annunzio, el decadente de su propia ópera, cambió los nervios finos, las osadías, el “cosmopolitismo” por la exaltada adhesión al fascismo. Leopoldo Lugones pasó del Lunario sentimental, lúdico, refinado, adelantado de las vanguardias, a la glorificación del “brazo de la espada” que, como el de la Santa Madre hispana, prefiere el yermo intelectual a cualquier audacia lunar o a cualquier normalidad del otro espíritu (no el del Santo).

Y Antonio Machado, en fin, quien por sus “gotas de sangre jacobina”, su masonería y su emotivo cripto-comunismo hubiera justificado la leyenda de que la anti-España era obra de una conjuración inter- nacional del comunismo, la masonería y el judaísmo (este faltó en Machado, pero las citas y la influencia del judío Bergson podrían bastar a un defensor de la verdadera España para complementar la imagen), andaba buscando a Dios con el mismo fervor con el que un místico emprendía su marcha hacia el Amado, y como si esto fuera poco, esperaba del comunismo en esa fecha era el de Stalin y la realización del cristianismo.

¿Eran diletantes? ¿Merecían el reproche de Nietzsche, esto es, de que “sabemos dema- siado poco y somos malos discentes”? Eran “ocasionalistas” en el sentido sarcástico que dio Carl Schmitt a la actitud “oportu- nista” de los románticos alemanes, especialmente la de Friedrich Schlegel y Adam Müller, y que consiste en que “estos románti- cos intentaron configurar con material intelectualista su afecto concomitante y conservarlo con argumentos filosóficos, literarios, históricos y jurídicos. Así surgió, junto a la mezcla romántica de las artes, un producto romántico mezclado, formado con facto- res estéticos, filosóficos y científicos”.

Estos productos en España sería la “teoría” de las dos Españas, fundada en el afecto que suele llamarse “dolor” o “preocupación” de España; en Hispanoamérica sería el Indigenismo, fundado en los dos afectos del regionalismo y de un “antiimperialismo” verbal, pues nada hay más fuerte que la “voluntad de dependencia” de la dolorida España y de la estética Indoamérica, tal como los describió Carl Schmitt (por su parte, tan intelectualmente ocasionalista como los románticos que censura), son “una resonancia razonadora en la que las palabras y los argumentos se funden en una lírica filosofía del Estado, en una ciencia poética de la hacienda, en una teoría musical de la agronomía, todo esto determinado por la finalidad, no de articular la gran impresión que mueve al romántico, sino de parafrasear en una expresión que hace gran impresión112.

Si se descuenta la iluminadora exageración del sarcasmo, ¿no eran esto (disfraz del afecto con toda clase de argumentos) el Indigenismo hispanoamericano y el “masculinismo” (para decirlo con categorías de Díaz Plaja) de la llamada Generación del 98? Y aunque esta mezcla de las artes es producto coherente de la teoría romántica sobre la relación entre el todo y las partes, de la que surge la poetización de la sociedad y la sociabilización de la poesía como postulado de la poesía romántica (Schlegel), dicha coherencia teórica no contribuye precisamente a dar contornos precisos a la figura del intelectual.

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