La lección del colibrí

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Perfil de Carlos Arturo López, concejal, diputado, gobernador y líder cívico, cuya vida pública y privada ha sido ejemplo de respeto por la naturaleza y el bien común, la lección del colibrí

 


Perfil de Carlos Arturo López,  concejal, diputado, gobernador y líder cívico, cuya vida  pública y privada ha sido ejemplo de respeto por la naturaleza y el bien común.


 

Fotos por: Jess Ar
Como hilos de agua

Así concibe la vida Carlos Arturo López Ángel: como hilos de agua que al cruzarse enriquecen su caudal, hasta formar un océano en el que los humanos inventan su destino.

Por eso no es casual que este hombre nacido en Marsella, Risaralda, reciba al visitante en la puerta de su casa de Pereira con una suerte de altar: un filtro de agua heredado de su tía abuela Delia Álvarez Robledo.


Una vez mi tía me preguntó qué me gustaría tener como herencia suya y no lo pensé dos veces para responderle: el filtro de agua en el que de niño bebía  chorros de agua limpia. Ese filtro lo habían  llevado  de Antioquia a Marsella a lomo de bestia, a finales del siglo XIX. Fiel a su palabra, poco antes de morirse la tía dejó un papel en el que escribió de su puño y letra : “El filtro para Carlos Arturo”,
dice el hombre sentado en el el centro de una sala adornada con todo el cuidado con la ayuda de su esposa Nohra: una lámpara caperuza, algunas reliquias indígenas halladas  en el valle del río San Francisco, porcelanas chinas, cristales de cuarzo y , en el centro, la reina del lugar: una heliconia llamada Balicier cuidada con sus propias manos por la pareja en su finca  Santa María de las flores , ubicada  detrás del Alto del Nudo.

 

López Ángel lo escudriña todo con sus ojos miopes: piedras, libros, documentos, flores, pájaros y personas le merecen igual atención. Todo el tiempo sostiene ese tipo de calidez y de sonrisa espontánea del que está satisfecho con la vida.

 

Este hombre,  que llegó a la Gobernación de Risaralda en 1998, justo en el tránsito hacia el siglo XXI, supo desde niño que  su aventura vital estaría enfocada hacia la preservación  de toda forma de vida.

Nosotros fuimos ambientalistas  mucho antes de que esa expresión empezara a formar parte de la agenda planetaria. Eso tuvo mucho que ver con la filosofía jipi de amor a la naturaleza y con los movimientos sociales y políticos de los años sesenta y setenta, enfocados en principio a la defensa de  los recursos naturales y luego a las luchas por la dignificación de toda forma de vida.

Mientras disfruta su segundo pocillo de café el anfitrión se mueve inquieto por la sala. Cuando habla, no para de mover las manos  y de enfatizar sus palabras con gestos reiterados: alza las cejas, se quita las  gafas y mira de frente al interlocutor para garantizar que tiene toda su atención.

Hablar de estas cosas lo motiva y lo devuelve a distintos momentos de su vida pública y privada, en los que  casi siempre lo ha acompañado su esposa.

Con ayuda de ésta, que no para de hurgar en viejas cajas de cartón en busca de documentos, rescata un paquete de telegramas-  algo así como el correo electrónico de los tiempos  anteriores a internet- y varias actas del Congreso de la República que dan cuenta de sus acciones como parlamentario.


Entre esos papeles aparece la Ley de 1984, que hizo de la palma de cera el árbol  nacional de Colombia, contribuyendo así a su preservación, aunque muchos campesinos contumaces todavía agitan sus cogollos durante la celebración del Domingo de Ramos.

El hombre revuelve los papeles con manos ágiles y, de repente, el rostro se le ilumina: como quien acaba de recuperar una joya extraviada, sostiene entre sus dedos índice y pulgar un papel con la resolución n° 002 del 25 de agosto de 1979.

A través de ese acto,  el Concejo de Marsella autorizaba la creación del Bono del Agua, una especie de salvavidas para el municipio y sus alrededores.  Con una inversión de  mil pesos de la época los ciudadanos contribuían a la  conservación de los recursos  hídricos, amenazados por la siembra intensiva de  café caturra incluso en las cabeceras de los ríos.
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El camino de vuelta

Todo ser humano tiene un pacto secreto con su infancia, a la que regresa valiéndose de objetos, aromas, juguetes, sonidos y colores: algo parecido a las migajas regadas por Hansel y Grettel para asegurarse el  camino de vuelta a casa en el cuento de los hermanos Grimm.

En la casa  de López Ángel esa ruta está garantizada por un rincón contiguo a la cocina en el que reposan los juguetes de los nietos. Muy cerca  se balancean unas canoas con maíz trillado donde picotea un canario silvestre y tiene entrada libre todo pájaro  vagabundo que se aventure por allí.

 

 

Desde muy niño intuía cuál iba a ser mi camino, dice, y encadena una sucesión de frases largas que se precipitan hacia el interlocutor como un torrente verbal. Fue don Tomás Issa, mi maestro en el Instituto Estrada y hombre clave en la historia de Marsella, quien  en sus clases de botánica nos enseñaba el valor de  la ciencia para conocer y transformar el mundo. A su lado hicimos herbarios, nos metimos a  las corrientes de ríos y quebradas para sentir la bendición del agua. También hicimos recorridos a  La serranía del Nudo, donde aprendimos a conocer las plantas  y a identificarlas por sus  nombres científicos y populares.  Eso nos ayudó a comprender su enorme valor curativo y su gran aporte a las buenas condiciones de salud.

Por esas razones, cuando empecé a participar en  política en las filas del Partido Liberal, entendí y asumí que debía poner todos los instrumentos legales y administrativos al servicio de las personas desde un aprovechamiento racional y respetuoso de los recursos naturales.

 


El valor de lo público

Carlos Arturo López insiste en que a muchos todavía les suena quimérica la idea de  aprovechar la política para gestionar esa concepción de las cosas. Pero desde su condición de concejal, diputado, gobernador y líder cívico no ha hecho otra cosa.

Ustedes pueden consultar los archivos y revisar testimonios. A través de ellos encontrará que a punta de telegramas y el concurso de muchas personas, entre ellas el entonces diputado Luis Arturo Arrroyave, logramos que el Inderena declarara como zona de conservación el territorio de influencia del cerro del Tatamá. Pero además, el Bono del Agua sirvió para rescatar las fuentes amenazadas. Eso para no hablar del trabajo dirigido a convertir la Serranía del Nudo en un parque natural y recreativo. Con sobradas razones, la gente de hoy tiene una percepción de la política como algo turbio. Pero existen muchos ejemplos  para  ilustrar su lado bueno cuando  se ejerce con honestidad  y se orienta al servicio de la comunidad y no de los bolsillos particulares.

Desde luego, esas cosas no se consiguen en soledad: se necesita el trabajo de muchas personas  y organizaciones para materializar ideas de impacto en la sociedad. Así, a vuelo de pájaro, evoco nombres de personas como don Manuel Salazar, conocido como “Manuel Semilla”. No puedo olvidar la enorme labor de   Carlos Alberto Gamba y de Roberto Gálvez en  su gestión como gobernador. Tampoco puedo omitir a Guillermo Castaño y a los Grupos Ecológicos de Risaralda. La verdad es  que la lista podría hacerse interminable.

 

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La lección del colibrí

En Santa María de Las  Flores  conviven noventa y dos variedades de heliconias, algunas de ellas  adaptadas después de ser traídas de Brasil, Venezuela y Ecuador. Otras han surgido de manera espontánea  a partir del  eterno trabajo de polinización realizado por los colibrís  en su incesante ir y venir. Para Carlos Arturo López y su esposa,  esos pájaros infatigables y coloridos  resumen toda una concepción de la vida: van por los campos desperdigando semillas con un ahínco que la tierra les recompensa: siempre tienen a su disposición una variedad de flores que les proporcionan agua y polen.

Es tal la dimensión de ese milagro que la bráctea de la heliconia está hecha a la medida del pico del  colibrí. Dicho de otra manera: el pájaro y la planta  evolucionaron de manera  simultánea, facilitando así la supervivencia mutua. De ese ejemplo aprendimos  muchas lecciones. Entre ellas la de no utilizar abonos químicos, porque la misma vida se encarga de resolver el problema: Si uno mantiene el terreno en adecuadas condiciones, entre ellas la conservación de las  malezas, las  plagas acaban por neutralizarse entre ellas.

 

 

 

Es el viejo y conocido equilibrio de la vida y sus criaturas. Si se respetan esas condiciones elementales el milagro no cesará de repetirse. López Ángel y su esposa lo aprendieron muy temprano y  esa manera de ver las cosas  les ha ayudado  a mantenerse juntos y a ser coherentes con su cosmovisión.

 

Así  de  sencilla es la lección del colibrí.

 

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