La música campesina (I Parte).

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Como olvidarse del paisaje verde, y de esas chozas o casitas solariegas que consintieron nuestra niñez y en las que se prodigaba el amor, vivificado por el sudor de la labor cumplida, testimoniado por cafetales y diversidad de cultivos de pan coger, fincas y veredas comunicadas en esos años treinta, y recordado por el camino real, moldeado por mulas y caballos enjaezados de enjalmas, sillas y galápagos, que atravesaban laderas que bajan a encontrarse con ríos y cañadas, topándose con terreno llano, para tomar lomas escalando las montañas, por esos inolvidables caminos de herradura, que en cada recoveco se nutren de vivencias, voces cantarinas que resuenan en lejanía y la presencia sonora de esos ríos, en cuya vera los guaduales se mecen al ritmo del viento refrescante, rumbo al poblado.

De pronto, ya la casa con corredores orlados por jardines, ya la fonda, lugar de descanso donde el aguardiente quema el gaznate y, que más tarde al retorno será cómplice de embriagados apostadores de dados y naipes, que viven en sus carrieles ya el engorde o el esmirriado resultado de las apuestas.

 En esas fondas se gestaron historias de negocios, amores, pendencias que tantas veces culminaban con heridos a machete. Clientes envalentonados por el licor, estimulados por las vitrolas emitiendo música guasca y rancheras que empezaban a llegar de un país de charros que así bautizaron su aire musical, en homenaje al rancho, donde discurría su vida rural.

Al parecer, la música guasca nace en la revolución zapatista de 1.910, como reacción del pueblo ante la expropiación agraria de la aristocrática clase alta, de sus costumbres tomadas de Europa y de los cambios políticos que surgieron en México; el artículo 6 del Plan de Ayala permitió la recuperación de tierras. Este género musical comenzó escuchándose en las ferias regionales y, muchas personas la fueron incorporando a su diario vivir, convirtiéndose en icono y símbolo del país de los charros y mariachis, para dar luego el salto a Suramérica, donde llegó para quedarse en Argentina, Perú, Colombia y Venezuela.

Álbum: El cancionero popular de Amparo Ochoa.

La música guasca o carrilera se ejecuta con instrumentos de cuerda: tiple, guitarra, bandola, violín; de viento: trompeta y de percusión: maracas, raspa y acordeón.  Se fusiona con rancheras, corridos y huapangos. 

Pasados los años, lentamente esos caminos se ampliaron, dando paso a las vías terciarias por donde comenzaron a rodar primero los jeeps o jipaos, luego en sucesión carnestolendica: los camiones mixtos al movilizar pasajeros en las hileras de asientos, seguida del lugar de carga. Luego llegó el bus escalera, llamada también chiva, para quedarse en pueblos de Antioquia, Eje cafetero, Tolima grande,  asestando duro golpe a la arriería, aniquilándola junto a su entrañable y alegre compañera: la fonda, que se resiste a desaparecer en algunos pueblos, y que continúan como ancestro de nuestros abuelos. Fondas con su música, que obligo a decir a un memorioso: “allí, donde la vida es corta y el licor largo y mucho”.

Caminito que todas las tardes, feliz recorría cantando mi amor,

No le digas si vuelve a pasar, que mi llanto su suelo rego.

Las fondas devinieron en cantinas, aceptadas por los pueblos en los días de algarabía y bullicio de los mercados dominicales. Ya las calles no celebraban el paso de mulas y caballos de paso, con su estampa de boñiga, olorosa a caballeriza que guardaba a los animales, hasta cuando sus amos llegaran a montar sobre ellos el mercado, obtenido con los productos de las cosechas, vendidas en la plaza, al lado de los expendios de carne, de los toldos de viandas de variada índole, desde la chanfaina, y fritangas que tomaron carta de ciudadanía en ciudades como Bogotá, y pueblos de tierra fría que además ofrecían la chicha.

Pues bien, esos caminos polvorientos en verano y anegados en invierno, llevan la impronta de sus más fieles caminantes: los arrieros. Estos, diestros en enjalmas, lazos, rejos, costales, útiles necesarios para amarrar cargas en las nobles y fuertes mulas; distinguidos de lejos por su indumentaria, consistente en sombrero de paja, machete o peinilla al cinto, poncho, mulera, delantal de cuero para no ajar el pantalón, carpas o encauchados para proteger la carga y sus cuerpos de la lluvia, seguidores de la recua de mulas, gritando palabras de grueso calibre, cantando los aires que se les pego en las fondas, y el infaltable carriel, testigo mudo de sus gustos personales… Como no recordar otra estrofa del tango Caminito.

Caminito que el tiempo ha borrado

Que juntos un día nos viste pasar

He venido por última vez

He venido a contarte mi mal

En las ya mencionadas cantinas, difusoras de la música guasca, los campesinos llevaban en sus mentes y emociones, el eco de las tonadas, que en el curso de la semana seria tarareada entre cafetales, desyerbando los sembrados, limpiando potreros, y añorando el siguiente mercado, aprovechando los descansos para ingerir el guarapo preparado en múcuras o calabazos con cunchos que enfuertaban el agua y la panela.

La solidaridad también hacía presencia en los hogares campesinos, con los llamados “convites”, que consistían en reunión de labradores en una de las fincas necesitadas de mano de obra, para rozar un potrero, tumbar un monte, recoger una cosecha de yuca, maíz o café, en un verdadero festival, que el dueño del predio pagaba con almuerzo, guarapo y otras viandas.

Después de la fatiga, llegaba en la noche, a la luz de velas de cebo, o lámparas –caperuzas- de petróleo, en los corredores de la casa, el rasgar de guitarras, tiples, y bandolas. En esas veladas, un olor a café recién molido perfumaba el aire y se expandía libre por la vegetación circundante; haciéndole coro a la música, sapos y grillos entonaban sonidos lastimeros, a la luz natural de cocuyos y candelillas.

Las mujeres en la cocina, preparaban la merienda, sobre una llamarada de leños secos, que, danzando a ritmo de los arpegios, se elevaban en compañía de los aromas del café recién tostado. En el campo, todo es música, desde pajaritos y gallos, hasta el agua en los tejados de zinc, “despiertan felicidades tan matizadas de triste” como lo expresa Santiago Gamboa. Esas noches, cuando cocuyos y candelillas apagan sus fulgores y el silencio ayuda al merecido descanso.

En el campo, entreverados con el silencio y el sonido múltiple de la naturaleza, viene el recuerdo de la música de cuerda que gratifica y ennoblece el alma campesina…eso sí que lo añora el desplazado a las ciudades, aturdido por la disonancia de ruidos que ensordecen, reemplazando esos sonidos que arrullaban en esas noches y amaneceres pastoriles como el canto de los gallos, el gorjeo de pájaros, el relincho del caballo, el mugido de las vacas invitando a ser ordeñadas.

En el campo los sentidos se tonifican, en las ciudades algunos se atrofian. En esa euritmia de sonidos que encierran voces ya idas, paisajes de insospechada belleza que alelan nuestra vista, de los olores y fragancias, de sabores que agitan las papilas, y del despliegue del tacto; como no sospechar del goteo de lluvias de pasión entre mujeres y hombres, que culminan en radiantes soles de amores, responsables del crecimiento de las familias… es “el llamado ancestral, profundo, como salido de la entraña de la especie “ según inspiración de Laura Restrepo; llamado al que responden hombres y mujeres y que nutre de hijos las familias.

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