La nostalgia de lo que una vez odiamos

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Cómo añoramos la normalidad, la vieja y tediosa cotidianidad. Nos pesa esta nueva forma de ser y estar en el mundo, encerrados y aislados. Por lo menos a los que en mayor o menor grado intentamos guardar las normas que se nos han impuesto con ocasión de la pandemia de la covid-19.

Colombia es un país de contrastes, suele decirse regularmente. Y esa frase cobra para mí mayor sentido cuando navego por diferentes aguas. Por los chat a los que obligadamente debo pertenecer por tener hijos en edad escolar, o los grupos de WhatsApp del vecindario donde habito, o los de las diferentes familias; entre varios que me permiten hacer precarias tentativas sociológicas, al igual que un no muy profundo y esporádico repaso de las redes sociales.

En alguna de esas escasas incursiones en las redes, me topé con el video de los habitantes de Istmina, Chocó, que armaron un jolgorio en plena calle a propósito de un evento que cualquier ciudadano del mundo, por lo menos el occidental, consideraría una tragedia: la inundación por el desbordamiento de las aguas del río San Juan. 

Asombrados -tal vez los únicos que no se asombren sean los propios habitantes de esas tierras-  asistimos a la representación de una especie de anfibios que armaron la fiesta en las calles por las que, además del abundante caudal, circulaban bailarines e improvisados intérpretes de instrumentos de percusión.

Lo más sobresaliente del video no es el hecho en sí mismo, sino el ritmo. El adorable ritmo que es uno con el cuerpo de estos desparpajados ciudadanos, que hacen parte, según las cuentas que hacemos en Colombia, del territorio nacional. Quiere decir, y aquí empalmo mi idea, que estos son compatriotas, tanto como los otros que puedo leer en el chat del colegio, de mi familia, en el grupo de amigos o en el del barrio. 

Mientras medito en las diferentes informaciones que me llegan, pienso que los unos, los de Istmina, parecen más pobres materialmente, pero indudablemente su espíritu debe albergar tesoros que se proyectan en los movimientos sensuales y perfectamente rítmicos de su cuerpo. Los otros, localizados, como yo, en cercanías al Eje Cafetero de Colombia, son, en apariencia, poseedores de bienes materiales más cuantiosos, pero algo en su ánimo está opaco.

Lo digo sin juicio. Tal vez no siempre ha sido así, y es solo un efecto perverso de el sinsentido de este año loco que nos ha tocado vivir.

Es el mismo país. En un lugar las gentes deciden montar improvisado carnaval para arrojar, mediante abundantes contoneos, por la borda de sus vidas las pérdidas y molestias, por decir lo menos, que, efectivamente, estas inundaciones pueden acarrearles. 

En otra zona geográfica (y cultural) de este país paradójico, los habitantes se apostan en sus viviendas campestres, teléfono móvil en mano, a tomar fotografías de los perros de sus vecinos mientras están en trance de cagar. Y lanzan sendas diatribas por el grupo virtual, para conminar a los desadaptados (a los dueños, a los perros, o a ambos) a comportarse civilizadamente.

O, envían sin parar informaciones trágicas de decesos, o se quejan de los extenuantes horarios escolares impuestos por el colegio (pobres niños que tienen que estudiar tanto), etc. Incluso, en otros grupos, han comenzado el macabro ritual de compartir videos que se filman en el momento preciso en que algún infortunado cadáver, víctima del covid, es despedido y sale del lugar donde fue atendido, con escasos resultados, hacia su destino final, calle de honor y aplausos de por medio.

No digo que unos y otros sean mejores o peores. No afirmo nada porque en realidad mi capacidad de valorar estos comportamientos está seriamente comprometida, ya que, también, me encuentro harta de este encierro, y añoro mi tediosa normalidad de antes de la pandemia.

Sólo observo y registro.

Tal vez hayamos aprendido muchas cosas de esta forzosa locura colectiva, aunque nadie sabe cuánto nos duren los aprendizajes. Y, además, no sabemos si las lecciones son compartidas o diferentes, pues por evidentes razones parece ser que a pesar de estar cobijados por la misma nacionalidad, a escasos kilómetros de distancia somos habitantes de mundos completamente distintos.

En nuestro país se presentan comportamientos como los colores del arcoíris.

Desde los paranoicos extremos que van a dejar la piel en carne viva de tanto hacerse aspersiones con alcoholes y geles, y que se encerraron en un estrecho círculo de lenta extinción (sicológica, por supuesto); hasta los que les importa un pepino la muerte, se burlan consciente o inconscientemente del género humano, y se revuelcan en el lodo de sus desgracias de siempre, haciendo una fiesta de la tragedia, un ritmo erótico de la torrencial inundación, y una pista de baile en una potencial cañería.

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