La participación de Latinoamérica en Los Óscar (2ª parte)

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Una chica fantástica, es apenas un rastro del cine latinoamericano, de hecho, así nos ven en otros países, aunque acudiendo, a un ensayo del escritor Mario Benedetti sobre literatura, podríamos afirmar lo mismo del cine: ya tiene una mayoría de edad, o ha alcanzado una buena cantidad de historias contadas, de directores forjados, como para no tener que estar por debajo de ninguna otra meca del séptimo arte mundial.

Cuba fue el pionero en demostrar las potencialidades de ese gran ojo, y en cada país se ha instituido normas para respaldarlo, Tomas Gutiérrez Alea, es un referente obligado, no obstante, el bloqueo hacia Cuba no ha sido sólo comercial.

Las historias de estas películas es que de algún modo han alcanzado visibilidad mediática. El premio se entrega al país, sin embargo, lo reciben los directores. Colombia tuvo su pódium en el 2015 con la trascendente “El Abrazo de la Serpiente” de Ciro Guerra. Ganar allí, de casi 70 veces en las que se ha tenido posibilidad de competir, ha sido posible solo en dos ocasiones. Mientras que las películas europeas lo han conseguido 51 veces, luego cinco han sido asiáticas y el resto africanas.

 

Foto: Cine-Colombia

 

Es un cuadro de horror si lo juzgamos por la calidad de las historias y por lo huérfano del cine nuestro. Cientos de películas se quedan encajonadas, y ni siquiera son vistas en sus propios países, los esfuerzos no se ven compensados y además de las carreras, el dinero, el aprendizaje del lenguaje cinematográfico, del dominio de un rodaje, a los directores y productores les toca hacer de promotores, de buscar el público, de llegar a las salas, cuando eso debería hacerse por medio de respaldo institucionales o por los organismos del séptimo arte en cada país.

Latinoamérica ha producido un cine de conexión con los países y ha narrado sus problemáticas y ha contado el interior de cada nación, es decir, es un cine muy entrañable con la identidad y ha permitido afianzar puentes y solidaridades, no cuenta con un solo espacio para unificarse, para valorar lo producido, para premiarlo y tomar partido para ser más reconocido. En Colombia, algún público, rechaza las películas premiadas en festivales, por considerar que son historias muy aburridas y ese premio es un saldo en contra.

Por tanto, también habrá que hacer más formación de públicos, los medios de comunicación deberían acoger las películas de Latinoamérica con más afecto, y no cerrarles el espacio. Para no depender de los premios foráneos, y de esos estímulos a la realización de cine, nos urgen unos espacios que aglutinen las producciones, nuestros propios Óscar y sí que nos sobrarían posibles nombres para un festival multicolorido, multicultural y tan variado como lo que se hace en cada país.

 

Foto: Galaxia

 

El cine europeo tiene varios eventos donde se le conceden premios y reconocimientos a las películas, muchos de ellos son antesala a Hollywood, otros son un escenario de mayor empuje hacia el cine, Los Oso de Alemania, Cannes en Francia, los Bafta de los británicos, los de Venecia y Los Goya de España. En ellos hay una vinculación de públicos y son vitrinas para esas producciones que se quedan muchas veces como latas tiradas al río, apropiando una metáfora de un ensayo sobre cine de Víctor Gaviria.

El Rollo del cine en Latinoamérica ya ha sido muy enrollado, es necesario soltarlo, acogiéndolo con más permanencia en las salas, garantizando que las distribuidoras y empresas las visibilicen y apadrinen mejor, que el público sienta como cercano lo que se hace.

En el 2017 en Colombia para poner un caso hubo 44 películas exhibidas, mientras que México contó con más de 160 películas. Los datos estadísticos son alentadores, pero el público muy escaso. Estados Unidos posee una producción de 600, el doble la India y Nigeria 800, más Japón cerca de 500. Si sumamos todo lo hecho en Latinoamérica, podríamos llegar a unas 500 por año.

 

Foto: Galaxia

 

Una cifra considerable, aunque, hacer cine es producir casi a perdida, porque las películas a veces tienen 5 o 10 mil espectadores y eso no alcanza ni para siquiera acercarse a lo que cuesta un filme, que ubica un monto de mil millones de pesos para hacer algo medio responsable.

Gabriel García Márquez solía decir que a Colombia todo le llegaba tarde, el cine fue la excepción. En 1896 los hermanos Lumiére conmocionaban en Paris con un invento salido de tono, y un año después ya había llegado por aquí. En 1931 uno de los más estudiosos del tema, partió de Rusia hacia México para filmar los elementos prehispánicos y la revolución allí gestada, Eisenstein extendió el ojo y aunque inconclusa dejó ¡Que viva México¡

Creo que esa película, su proceso, es un espejo retrovisor y nos devuelve una imagen mítica y misteriosa de la cultura en América Latina: el director Sérguei no supo qué iba a hacer, no lo terminó, lo inició, lo rodó, todavía cuando no tenía una idea clara de lo que iba a resultar y ser: un producto valioso pero inacabado. Marina, la de Una chica fantástica se debate entre ser aceptada y continuar con su camino, esa es otra metáfora de nuestro cine, esperemos que obtenga su merecido en los Óscar y siga madurando.

 

Foto: Eyes

Ver parte 1

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