De ver pasar: La prótesis de la guerra

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De ver pasar es el nombre que le daremos a estas entregas dominicales de Rigoberto Gil, hoy el tema que lleva a este pensador a escribir son las prótesis de pierna, consecuencia de un encuentro con un soldado en una fila.


 

No conozco su nombre,

solo reconozco la ausencia de sus pies.

Debí mirarlo a la cara, ese acto tan humano de reconocernos en el otro, de saberlo próximo en sus gestos y arrugas; a lo mejor descubriría en sus tics alguno que me sea familiar.

Solo se impuso en mi horizonte la contundencia de sus no-pies, el brillo metálico del aluminio o el acero inoxidable de un soporte artificial incrustado en unas botas militares, allá abajo, sobre la gravedad de la tierra, en un círculo del infierno del consumo. Leí que el cuerpo tiene memoria, de suerte que los no-pies seguirán unidos para siempre al nervio del cuerpo fragmentado.

Una memoria dolorosa, que no olvida. Una memoria corporal, incompleta.

En un acto reflejo miré mis pies calzados y me comparé con él, mientras hacíamos fila para pagar en la caja registradora. Ese hombre, pensé, está acostumbrado a hacer filas: durante las madrugadas en los cuarteles, durante las tácticas en los campos de batalla, en la EPS donde buscará aliviar el dolor físico y moral con un analgésico, mientras espera a que el psicólogo lo anime con una ilusión: hay que seguir adelante, hacia otra fila.

Para eso fue diseñada esa prótesis.

Este hombre porta un uniforme de uso privativo de las fuerzas militares.

 

 

Se adapta en su cuerpo un pantalón camuflado. No es un pantalón cualquiera ni el hombre lo lleva puesto como uno un jean perforado. Es una tela especial que ni siquiera mi padre, sastre de profesión, podría ribetear. Es un pantalón hecho con alta tecnología, vanguardista y sus diseñadores le han dado forma teniendo en cuenta componentes ópticos y cerebrales, es decir, cómo vemos y de qué modo traducimos lo que vemos, informan en la web de las Fuerzas Armadas. Obsérvese su pixelado, su textura de escamas. Parece la ampliación, a gran escala, de un código QR,  bidimensional. Los colores se ajustan a los colores con que Alicia y Arturo Cova en La vorágine pintaron su delirio cauchero. Porque de eso se trata: de mimetizarse entre la manigua, de pasar inadvertido frente al enemigo y como en Apocalypse now, atacarlo por sorpresa, darle de baja. No es un Levi’s, tampoco un Americanino, es algo más sofisticado: un “patriota“; así se lo denomina, del mismo modo que a los fanáticos y nacionalistas.

Quien vaya para la guerra puede escoger entre dos modelos: el selvático y el de desierto. Sabemos que en nuestro país el primero tiene mayor demanda.

De manera que este pantalón está hecho para cubrir el cuerpo de los llamados a la guerra. Este hombre ha vuelto de ella, imperfecto, disminuido, después de pisar una mina antipersonal y ha venido hasta acá, al supermercado, luego de enterarse, quizá por radio, que hace poco más de una semana dos niños de la zona rural de San Calixto, Norte de Santander, en circunstancias y espacios distintos, estuvieron a punto de perder sus vidas al pisar dos minas antipersonales sembradas, al parecer, por integrantes del ELN.

Porque para estar en la guerra y ser víctima de ella, no es necesario vestir de camuflado y ser un patriota, dar la vida por su patria. Basta con vivir en las zonas de la guerra, como los niños santandereanos; basta salir a pasear el perro, salirse de una zona demarcada con plástico amarillo y volar en pedazos; o dejar pedazos de nuestro cuerpo en esas zonas rojas que algunos grupos políticos, obtusos, quieren reavivar.

Nuestro hombre amputado está allí, en la fila, para advertir, sobre todo a los de la extrema derecha y de la extrema izquierda, que en la guerra se pierden cosas, incluso las extremidades.

Un general de apellido Giraldo, ecuánime él, aseveró que sus enemigos, los grupos guerrilleros, “se han desmadrado con el uso de las minas, pues ya no son para mutilar, sino para desaparecer un hombre”.

Pero es que este país, general, es un desmadre; aquí podemos desaparacer todos, porque

la guerra es nuestra prótesis.

La guerra, la continua, la variada, la que despedaza el cuerpo social, es nuestra prótesis de acero inoxidable. Hacia allá seguimos caminando.

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