La sombra del Poder

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Sin rostro declarado, el Poder se torna silencioso mientras ejerce dominio sobre las cosas y las manipula. Parece volátil y sin embargo soportamos su peso, su respiración. En su gramática se escriben los decretos y las normas; también los incisos, la letra menuda, el parágrafo que puede interpretarse de acuerdo con los intereses de los grupos.

En su gramática la realidad cobra un sentido que solemos aceptar sin ninguna otra alternativa, porque en lo imperativo no hay espacio para la semántica, mucho menos para la interpretación por fuera de su radio. Ejerce un control y en la serenidad de algunos días creemos que si existe, es porque la sociedad lo necesita para evitar el caos y detener lo inestable.

De pronto, cuando menos lo esperamos, el Poder se torna ruidoso, anima el escándalo, nutre la indignación efímera, en especial cuando desvela lo corrupto de sus formas. Algo de su rostro poco diáfano cobra identidad a la luz del día y esa misma luz se encarga de lucir lo que se escondía detrás del silencio y del rostro indefinido. Pero todo pasa y todo queda.

Perplejos e inermes y sin ninguna otra opción, vemos desde lejos cómo ese Poder extiende sus tentáculos, cómo, sin miramientos, invade la privacidad, desprestigia, fabrica pruebas a su medida, hace de la realidad un holograma de conveniencias e impulsa el fanatismo de sus adláteres. Este es el tipo de Poder gamonal que ahora se niega a guardar silencio, a cambiar de manos. Insiste en permanecer en cuerpo ajeno, sin renunciar al estado vulgar del diminutivo. Lo suyo es interponerse, retrasar, filtrar, chuzar. No hay nada más definido, esta vez, que lo perverso de su rostro sexagenario, con paisaje ganadero y caballar de fondo.

Miremos hacia atrás y hablemos en presente: para blindarse, el Poder selecciona unos voceros, nombra figuras de marioneta en los más altos cargos; expande, a través de ellos, un discurso programático y reitera en los medios frases sonoras que invocan lo patriótico, lo nacional, lo identitario.

De tanto aparecer en los medios, lo programático debilita la verdad e impone un nuevo orden, un tejido de rumores, una estela de sospechas y desconfianzas. El tema ético suele ser un decorado y los asuntos morales terminan por convertirse en preceptos religiosos. Ambos confluyen en capricho. Para entonces se ha propagado una ideología al servicio del buró político. Para entonces la verdad maquillada deriva en gritos, regaños e insultos que se propagan por las redes.

Una vez blindado, el poderoso selecciona a quienes les delega el trabajo sucio, acaso porque, heroicos, sus alfiles están dispuestos a sacrificar su libertad en nombre del líder burócrata. Da cuerpo a una de sus muchas perversidades: se rodea de seres sumisos, sin criterio propio, sin escrúpulos.

El Poder erige sus bases sobre el secreto y el ocultamiento. He ahí su fortaleza y debilidad, su paradoja. Porque lo oculto y lo secreto tienden a emerger y ni siquiera el implicado puede frenar su impulso y sus efectos. Wikileaks lo entendió en el corazón de Europa y por eso extiende la certeza a través de la insondable red a modo de archivos que perdieron, de súbito, su carácter confidencial, el valor de lo inescrutable. Recordemos el escándalo más reciente: la vida excéntrica de Jeffrey Epstein y sus amigos poderosos.

Visible lo oculto, desvelado lo secreto, le queda al Poder otra arma sofisticada: la desinformación, eso que en el ámbito militar se traduce como teoría del rumor: ese complejo sistema de versiones que termina por instalar la ficción en la realidad. Desinformar entraña un nuevo lenguaje puntilloso o por lo menos el uso de un lenguaje de ataques y sobreentendidos.

El Poder está ahí, haciendo sombra, permitiéndose actuar a su antojo. Basta considerar la más reciente presencia de las tropas extranjeras en el territorio colombiano para admitir su impacto. ¿Quién abrió ese boquete? ¿Quién decidió que ese arribo de soldados era urgente?

El Poder se niega a callar, porque sabe que el silencio lo diluye, difumina su rostro; así que emplea twitter para propagar el eco de su lenguaje escaso. Lo más perverso es que se engulle a sí mismo, como un uróboro, aunque luego muda y se traspasa a otros seres reptilianos. Después decide afinar su retórica eufemística para maquillar su semblante y es como si algo en la historia se hubiera detenido para siempre.

Cuando alguien se aferra a él y no quiere soltarlo, el mismo Poder que ha construido lo destruye, lo desprestigia, lo hace a un lado. El poderoso sufre, toma agua de valeriana para moderar su resentimiento, se retuerce en sus haciendas y algo hay de justicia, para la mayoría silenciosa, en ese sufrimiento.

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