La Universidad o la necesidad de la mirada crítica

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En aquel entonces, en el colegio, reinaba la creencia de que el objetivo de ir a la universidad radicaba en obtener una buena “chamba” y como resultado, ganar dinero, mucho dinero…


 

“¿Qué han venido a hacer a la universidad?” es la pregunta que el filósofo italiano y profesor de literatura Nuccio Ordine formula a sus estudiantes el primer día de clases.

“Hemos venido a obtener un título”, responde la mayoría.

Intuyo que aquella respuesta escuchada en Calabria sería similar a la que podríamos recibir de buena parte de la población estudiantil en Lima, Buffalo o Pereira.

 

 

El profesor Ordine considera que aquella visión de la universidad es inexacta, incompleta, parcialmente correcta. Desde su punto de vista, no se asiste a la universidad solo para obtener un diploma, sino principalmente para formarnos como ciudadanos con conciencia crítica, capaces de razonar con nuestra propia cabeza.

La charla en la cual el profesor Ordine plantea esta propuesta se titula “La utilidad de lo inútil en nuestra vida” y, como su nombre lo indica, constituye una reflexión acerca del valor de aquellos campos del saber que la sociedad del presente considera muchas veces inservibles, una deliberación sobre la importancia de aquellas áreas del conocimiento como la literatura, la filosofía o la historia –entre otras– que pese a ser poco apreciadas, son las que permiten despertar en los seres humanos el cuestionamiento y la mirada crítica.

Recuerdo que allá por los 90, cuando estaba a punto de terminar el colegio, los mensajes sociales promovían con entusiasmo el estudio de carreras vinculadas a las ciencias empresariales, y desestimaban sin tapujos la elección de profesiones relacionadas con las letras o las humanidades.

En aquel entonces, en el colegio de clase media limeña al cual asistí, reinaba la creencia de que el objetivo de ir a la universidad radicaba en obtener una buena “chamba” –por algún motivo, habíamos empezado a hablar como mexicanos–, y como resultado, ganar dinero, mucho dinero.

 

 

La universidad –ojalá privada, así nuestros padres tuvieran que dejar de comer– era entendida como el medio por excelencia que nos permitiría ingresar con firmeza al mundo laboral y convertirnos en aquello que se consideraba constituía ser un profesional de éxito: un individuo con carro, membresía a un club y, por supuesto, casa de playa.

Por lo visto, las cosas no han cambiado mucho desde entonces. En consecuencia, el profesor Ordine nos invita a recordar que la función principal de la escuela y la universidad es la de forjar ciudadanos con sentido crítico, y no simples consumidores pasivos en una sociedad regida por la lógica del mercado.

De esta manera, la escuela y la universidad deberían erigirse como aquellos espacios de debate y reflexión donde los estudiantes tomen conciencia de que los grandes valores de la vida –los valores de la democracia, la solidaridad humana y la justicia– no concuerdan necesariamente con la acumulación de grandes riquezas.

En palabras de Ordine, se puede amasar un gran capital y ser infeliz; se puede poseer todo el dinero del mundo, y no haber entendido la vida.

 

 

Meses antes de terminar el colegio, mis compañeros y yo fuimos inscritos en un programa de orientación vocacional. Además de asistir periódicamente a ferias y charlas de institutos y universidades, una mañana recibimos la visita del entonces ministro de Economía y Finanzas del Perú.

Este nos habló de las bondades de estudiar ciencias económicas, y específicamente, de realizar nuestros estudios en la universidad que él acabada de fundar: una institución privada con visión empresarial que luego descubriríamos se caracterizaba por procurar un examen de admisión de un nivel de dificultad vergonzosamente bajo, y por establecer mensualidades de pago a precios exorbitantes.

Tiempo después, como muchos otros políticos peruanos, aquel ministro caería en desgracia por delitos de corrupción. De aquella charla, recuerdo que muchos de mis compañeros habían prestado atención, más que a sus argumentos, al Rolex de oro que llevaba en la muñeca.

No estudiamos simplemente para ocupar un cargo en una empresa, insiste el profesor Ordine. Los cursos que llevamos no solo deben tener una utilidad práctica, sino que deben ayudarnos a alcanzar un objetivo mucho más alto: formarnos y convertirnos en ciudadanos libres, en la medida en que tengamos el coraje de someter a duda nuestras propias creencias, y en tanto seamos capaces de cuestionar las supuestas verdades que se imponen como irrefutables.

 

 

Será solo a través del ejercicio del pensamiento crítico que estaremos en condiciones de identificar a los charlatanes de turno y a los embusteros de siempre, a aquellos miserables que buscan engatusarnos y hacernos creer que son líderes, cuando en realidad no son más que cínicos delincuentes.

 

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