La vacuna clientelista

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Primera llamada:

  • Buenos días, doptor. Necesito pedirle un empujoncito: ¿será que usté me puede ayudar con la vacuna del Covid-19 ese? En mi casa somos diez, no más. Hágale doctor y en las elecciones lo llevo en la buena con los voticos.
  • Claro mijo, cuente con eso. Deme los números de cédula y listo. Eso si: si en la próxima campaña no aparecen los votos lo llevo en la mala.

Segunda llamada:

  • Hola, mi querido ministro ¿Cómo van las apuestas?. Yo aquí en Miami haciendo las mías. Lo llamo para recordarle todas las palancas que moví para su nombramiento. Ahora necesito un favor suyo. Es pequeño: un lotecito de vacunas para la covid-19. Es para mi familia ampliada, usted comprenderá: padres, hermanos, suegros, cuñados, nueras, yernos, socios, mayordomos, choferes, mozas. No es mayor cosa. Espero que esté usted a la altura, mi querido ministro. Unas por otras.
  • Se le tiene, apreciado inversionista. De inmediato me pongo en esa.

Tercera (y no última) llamada:

  • Tosqué papi. Me acaba de llegar un lote de vacunas para la Covid-19 (Al fin qué : se dice el covid o la covid? Qué maricada con eso) fabricadas en Marinilla, tan buenas que resultaron mejores que las originales. Como usted ha sido tan buena flecha en el negocio del gota a gota, del Chivas chiviao, de la venta de pepas truchas en la Zona rosa y de la campaña de vacuna a los tenderos, lo acabo de escoger para que distribuya la primera tanda a un precio de ganga ¿Me copia?.
  • De una papi. Ya me pongo en esa vuelta. Tengo unas flechas para hacer la distribución súper rápida. Aquí desde el patio quinto le manejamos eso.

Como ustedes bien saben, aguar fiestas es una de las cosas que mejor me sientan. Y algo me dice que diálogos como los anteriores deben estar multiplicándose en todos los rincones de Colombia desde antes del primer anuncio de la llegada de la vacuna contra la Covid-19.

Con sus idiosincracias y variantes regionales, claro. Después de todo, la constitución política nos reconoce como un país de regiones. La corrupción y el tráfico de influencias los venimos perfeccionando desde hace cinco siglos, de modo que esta emergencia no nos agarró por sorpresa.

Miro a mi madre dar gracias al cielo por la llegada de las vacunas, convencida de que ya se puso a salvo del más reciente disfraz de la muerte. La escucho hablar con sus amigas por teléfono en un tono de tal regocijo que anula de entrada mi intención de decirle que no se haga ilusiones. Al fin y al cabo la esperanza, fundada o no, cierta o falaz, es una de las cosas que nos mantienen vivos.

Sólo que, como nos lo han advertido desde hace tanto tiempo, un pesimista no es más que un optimista bien informado. Y los informes no son alentadores: años de saqueo al sector de la salud por parte de poderosos clanes políticos y mafiosos en las regiones no ayudan a pensar que las cosas puedan ser distintas en esta ocasión.

Para colmo, las noticias que llegan del mundo no dan pie para tanto entusiasmo: a la feroz carrera de las corporaciones farmaceúticas por fabricar primero la vacuna, se suma la caída de ministros y funcionarios de menor rango por traficar con influencias para beneficiar en primer lugar a los suyos y a sus clientelas personales, dejando por fuera a grupos enteros que la necesitan más.

Esas prácticas no son exclusivas del Tercer mundo, como quieren hacernos creer. Sólo que entre nosotros no sólo campea la impunidad, sino que los corruptos alardean de su condición.

“El vivo vive del bobo”. Cada vez que pueden recitan esa frase que en la práctica constituye una suerte de código ético al revés.

Mientras la gente alienta sus ilusiones siguen llegando novedades sobre ese tráfico: de Europa, de norteamérica, de Asia y, por supuesto, desde esta América Latina tan predispuesta a los hábitos cortesanos.

De África no tenemos noticias. Han sido tan saqueados y olvidados esos pueblos, que la vacuna les llegará cuando ya sean presa de una peste peor.

Razones de sobra para ser pesimista. Esas son las secuelas de estar bien informado.

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