La vida brillante

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“Leo no se cansaba de repetir (siempre

acusando un aire chistoso) que nada en

este mundo es más verdadero que un

millón de dólares, salvo un golpe en la

cabeza”.

Rodolfo Rabanal, La vida brillante

Confieso que me gustan los nombres sonoros de los delincuentes. ¿Qué tal el del asaltante de bancos John Dillinger? Es una declaración frívola, lo sé; pero también sé que en el mundo de los delicuentes la frivolidad se impone como un sello personal. Con el agravante de que en no pocos casos lo frívolo, antesala de lo excéntrico, los delata, les revela un rostro, les concede una leyenda y al final les abre un expediente judicial.

En Plata quemada, la novela en la que Piglia narra las hazañas y la caída de una banda de asaltantes, liderada por el huidizo Enrique Mario Malito, el narrador se detiene a considerar el nombre de los delicuentes recluidos en prisión:

Porque se llamaba nomás Malito, ese era su apellido. En Devoto había conocido a un cana que se llamaba Verdugo, eso es peor. Llamarse Verdugo, llamarse Esclavo, había uno que se llamaba Battilana, con esos apellidos, mejor llamarse Malito.

No hablaré del caso de Pablo Escobar –nombre insonoro– cuya mayor frivolidad fue la de querer pasar a la historia como el primer colombiano en agenciar un zoológico privado. Llegó a ser dueño de cuatro hipopótamos. Muerto el capo, quedaron los hipopótamos y sus crías. Ahora abundan en las zonas húmedas de Puerto Triunfo, mientras campesinos perplejos les temen a sus fauces. Tampoco hablaré de Carlos Ledher, cuyo apellido alemán me arroja de nuevo al terreno de la frivolidad. En su Posada alemana, a la entrada de Salento, mandó a instalar una bella escultura de John Lennon, obra de Arenas Betancur. ¿Sabe alguien quién tiene esa escultura? Nada extraño que otro frívolo, aún sin rostro y sin expediente judicial, haya adquirido esa escultura en el mercado pop clandestino y la tenga exhibida, digamos, a la entrada de un establo de caballos purasangre.

El nombre sonoro que por estos días sin IVA me complace pronunciar es el de Alex Naím Saab. Da gusto deletrear ese nombre de origen libanés. No sería lo mismo que este hombre se llamara Rigoberto, en especial cuando en Bogotá fue capturado hace unos años alias Rigo, cabecilla de una banda dedicada al microtráfico en la zona del Bronx. Pertenecía a la banda “La Manguera”. Reconozcamos que esto es ordinario, muy popular, muy de comuna, si lo comparamos con el universo empresarial y financiero que Alex Saab, a sus 49 años y desde una imponente casa barranquillera, había construido como testaferro y hombre de confianza del actual presidente venezolano. Baste decir que fue detenido en Cabo Verde y no propiamente porque fuera en plan de armar un safari en selvas africanas, como debe saber que lo hacía otro libanés, pero este sí archifamoso en Wall Street: don Carlos Slim.

Mientras el mundo anda confinado, bañándose en alcohol y cloro y a la espera de que se reabran los aeropuertos para hacer efectivas las millas acumuladas, Alex Naím Saab iba por el mundo en su flotilla de aviones. No se habla de un avión, como el de Maluma o Neymar. No. Se habla de una flotilla de aviones, con la cual un día estaba en Rusia, tres días más tarde en Irán, una semana después en Italia, y tras un merecido descanso en Cayo Sombrero, custodiado por oficiales de alto rango, volvía a abordar uno de sus aviones para regresar a Turquía.  Lo suyo no era el turismo de viajero frecuente, low cost. Lo suyo era el negocio: transporte de oro y dólares. En fin, lo suyo ha sido el lavado de activos, el blanqueo de capitales en esos micromundos exclusivos y sonoros, casi ficticios, de los Panama papers.

Según lo afirman en una corte de Manhattan, Alex Naím saabía contar dólares y saabía camuflarlos, para beneplácito del régimen de Maduro. Debió parecerles extraño que un hombre joven hubiese podido lavar la cifra astronómica de 135 millones de dólares, mientras los venezolanos más desprotegidos cruzan la frontera para terminar hacinados en carpas de plástico en los parques colombianos. ¿No es acaso la de Alex Naím una vida brillante?

A propósito de la corte de Manhattan que ha pedido en extradición al hombre de confianza de Nicolás Maduro, la breve vida brillante de Alex Saab me recuerda otras vidas. Una de ellas es la de la familia judía de Bernard Lawrence Madoff, un hombre de altos negocios, condenado a 150 años de prisión en junio de 2009 por haber defraudado a sus clientes en el campo de las inversiones. La consecuencia más grave de este hecho fue el suicidio, al final de ese mismo año, de Mark, el hijo mayor de los Madoff.

La prensa neoyorquina narró la versión de la policía: lo encontraron colgado de un tubo del techo. No estaba solo: su hijo de 2 años dormía en una habitación contigua a la que su padre escogió para quitarse la vida. Estoy seguro que aquel drama íntimo le habría interesado a Capote. No sabemos cómo reaccionó su esposa Stephanie cuando al regresar a casa lo vio colgado allí. Y de ella se podría esperar una reacción fuerte, incluso repentina, si tenemos en cuenta que ya había decidido cambiar el apellido de Madoff por el de Morgan para pasar desapercibida y así empezar, tal vez, una nueva vida.

La prensa fue enfática en un asunto: Mark se había quitado la vida porque no pudo soportar, como sí su hermano menor Andrew a base de una rigurosa disciplina deportiva, la quiebra de su empresa de inversiones, pero, ante todo, el hecho de que su padre cumpliría dos años tras las rejas. Antes de quitarse la vida Mark debió hacer un cálculo matemático doloroso: a su padre aún le quedaban 148 años por cumplir de la condena que la justicia de su país le impuso por estafa o fraude. Vaya condena para un hombre de 73 años.

¿Puede haber conmoción en la mente de quienes pertenecemos a esa especie curiosa de las clases bajas y medias cuando nos informan que por inversiones fraudulentas, lavado de dinero y robo de una bolsa de beneficios para empleados, el patriarca Madoff defraudó a otros quizá no menos ricos que él, por más de 60.000 millones de dólares? No hay conmoción, porque el dinero, cuando es excesivo para nuestro mundo de empleados e independientes, se hace irreal. Si bien la cifra que se le endilga a Alex Naím es irrisoria frente a la de Madoff, tiene el peso de lo irreal cuando pensamos en la debacle de Venezuela como nación.

Bernard Madoff, Alex Saab. Para estos estos seres brillantes y exitosos, propios de un capitalismo extremo que vende la ilusión de la riqueza, existe un supraestado que al usarlos en el sector financiero, los condena cuando cree conveniente hacerlo, para preservar, en su más amplia acepción, unos valores. Pero claro, hablamos de dinero y hablar de dinero en el mundo del capitalismo, es hablar de lo más sagrado, de un valor que está por encima de cualquier valor, incluyendo el valor de la vida: la vida que se quitó Mark Madoff, mientras su hijo de 2 años dormía en el cuarto contiguo al lugar de los hechos.

Cuando supe del suicidio del primogénito y una vez superé la perturbación inicial que me produjo pensar en la soledad de un niño que hoy tiene doce años, admito que me imaginé en el apartamento de la víctima. Siempre he querido conocer los apartamentos del bajo Manhattan, próximos a las aguas inquietas del Hudson y tan cerca de esa burbuja de las transacciones financieras, donde se decide la tranquilidad de la vida en Occidente vía electrónica y con dinero plástico. No es cualquier apartamento, es el lugar habitado por una familia excéntrica, vaporosa, que ha hecho del “consumo ostensible” al que se refiere Veblen en Teoría de la clase ociosa, un hábito, una forma de vida que los demás mortales, los que pertenecemos a la clase curiosa, deseamos.

Porque a falta de conmoción nos queda el deseo de tener lo que no es para nosotros: esa vida brillante no exenta de secretos, de pecados y culpas, como la vida de los ricos inmigrantes judíos de Nueva York. Como la vida de un barranquillero libanés que a lo mejor, en su historia secreta, jamás escuchó hablar del Socialismo del siglo XXI,  predicado con obsesión por un militar golpista: Hugo Chávez Frías.

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