Las Colonias de los niños

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La Fundación Crisol es una organización que tiene como misión crear transformaciones con amor.


 

El barrio Las Colonias, ubicado en la vía Pereira hacia Cerritos, es una zona saturada de viviendas, que los habitantes del área metropolitana llaman “allá, al fondo de Galicia”.  Una hora y media de viaje en bus,  desde el centro de la ciudad, lo confirma.

Muy de mañana, el equipo de La Cebra que Habla se dirigió hasta “allá”, buscando al señor César Valencia Lopera, un hombre al que todos, especialmente las mujeres, insisten en llamar “Profe” y que anda haciendo un trabajo fuera de lo común con los niños y los extranjeros.

Hasta hace 12 años atrás este hombre de piel blanca, ojos claros, y barba cana, que parece más un extranjero que un pereirano,  era un empresario conocido en Risaralda que se codeaba con los de su talla,  pero sería un encuentro con lo espiritual lo que le serviría para reconocer dos cosas en la vida: que tenía un vacío existencial en su interior, y que el valor real de todo en el universo reside en las personas.

 

 

Así es que, con esta visión de la vida, César Valencia Lopera, inicia junto a su esposa Ana María Duque Mejía, el 16 de octubre de 2008, la Fundación Crisol, una organización que tiene como misión crear transformaciones con amor en comunidades de vulneración de derechos, con el consentimiento y el aporte de ellas mismas, para conseguir coherencia espiritual, libertad, empoderamiento de su destino, autodeterminación, valores individuales y colectivos, logrando el bienestar de cada uno y de la comunidad en general.

Una misión que tomaron en serio desde el mismo momento que se gestó,  aunque después de esas fecha esperaron unos meses para pensar el camino, y  empezaron a funcionar el 21 de enero del 2009. Así divisaron el lugar llamado “Las Colonias”, donde actualmente tienen un gran espacio que desde lejos parece una escuela local. Espacio que se ha mantenido gracias a la autogestión, pero también a empresas filantrópicas como Audifarma, Busscar de Colombia y otras que insisten en apoyar la fundación y el emprendimiento social que ahora está cambiando la cara del sector. Ese que está en proceso de pasar de invasión al estatus de barrio, y que es reconocido por reunir personas de todo tipo de etnias y problemáticas sociales.

Personas como Marleny Urrego y su hija, quienes solo tenían bachiller cuando César Valencia y su esposa llegaron al lugar, actualmente están terminando su carrera de psicología en la universidad Uniminuto.  Además de otras dos mujeres que sirvieron alguna vez en la fundación, que recibieron apoyo para estudiar derecho y pedagogía infantil, y ahora han salido a otros departamentos como el Chocó y el Cauca a continuar con la visión de transformar personas con el poder del amor y de la educación.

 

 

Y a esto se resalta el motivo principal  de la fundación:  cuarenta y siete niños que pueden disfrutar de varias aulas como bibliotecas (con computadores incluidos), espacios de recreación y salones para comer. Todo, como se afirmó, autogestionado,  hecho con amor, emprendido desde la visión de empoderar a la gente del sector y ayudar a los niños a tener un mejor destino desde el inicio.

La fundación Crisol es una estrella en medio de un sector de Pereira que está abierta, literalmente, para que  todo el mundo la vea y participe de su brillo. Así por medio de la Internet, llegan trabajadores sociales de todo el mundo: mexicanos, españoles, norteamericanos, alemanes, etc, a conocer esa visión, a poner el granito de arena, a “untarse” de amor y pasión y participar de ese universo de propósito que allí se prodiga.

En el momento en que el equipo de La Cebra que Habla visita el lugar, están dos catalanes, y un californiano haciendo actividades con los niños. Personas que, con una sonrisa en el rostro, logran encontrar ahí una especie de propósito, igual que César y su esposa Ana María lo encontraron hace casi ocho años atrás. Están felices y se preparan para enseñarles lo que saben hacer, o lo que traen para compartir con la comunidad.

 

 

Los logros que ha obtenido como fundación han sido participar en encuentros de infancia en Risaralda; vincular a las familias en la educación de los hijos, al trabajar en el proyecto y así acumular bonos que son los que se aceptan como becas para ellos mismos;  conseguir que las personas del sector ingresen a la universidad, es decir, incentivar los sueños individuales; promocionar el avistamiento de aves con la gente del sector, capacitados por una organización norteamericana; y consolidad el proyecto amorrío, que es cuidar los ríos y concientizar la preservación de los recursos naturales no recuperables.

Aunque, una de las metas adicionales que aún necesita cumplir Crisol, según dice el fundador, es aunar no solo a las mujeres y niños, sino también a los hombres. Esos mismos que han venido de diversos sectores del país golpeados por la violencia, y que son los que sientes que tienen la responsabilidad de sacar adelante su familia a punta de esfuerzo. Crisol le apunta a ellos, a los hombres, para que se involucren en el trabajo social, de amor, de servicio a los demás.

Sin embargo, los proyectos con estos últimos es un proceso lento que se pretende conseguir cambiándo la mente, el corazón, el resentimiento, los dolores, las quejas a cada uno, es decir, darle la vuelta al chip en su cabeza, y desde ahí inyectarles la visión de vivir para servir, como es lo correcto en el camino de la vida.

 

 

César saluda a todo el mundo, porque al “profe” lo quiere todo el mundo, valga la redundancia.  Y este hombre lleno de fuerza y sentimiento pretente que sea la misma comunidad de Las Colonias la que se apropie de la fundación, que auto determine su destino local, mirando hacia el futuro. Y por ello invita a cada persona a que aporte su tiempo, capacidad humana y voluntad. Y con el pasar del tiempo lo ha logrado, aunque falta más. Como un equipo, todos son felices, y creen que lo mejor vendrá, no solo para los niños, que son el eje central, sino para los colaboradores y el barrio como tal.

Al finalizar la jornada, los niños están felices; los jóvenes comienzan a salir de su casa en dirección al colegio; las mujeres hacen sonar las ollas del almuerzo y todos los colaboradores de la fundación se sienten satisfechos por su labor, porque entienden que no solo es hacer, sino involucrar la vida entera.

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