Lo sencillo y lo necio

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Con un profundo  conocimiento de la  condición humana, el autor nos conduce a través del drama de los protagonistas sin utilizar trucos y menos remitirse a las fórmulas que en nuestros días garantizan un caudal de  lectores


 

En un mundo donde la sofisticación y el artificio se volvieron valores de primer orden, la sencillez  representa poco menos  que una tara.

Tal vez por eso  la esencia de los seres y las cosas, que tanto preocupó a  filósofos  y poetas fue suplantada por  imágenes  intercambiables y fabricadas  a criterio de publicistas y expertos en mercadeo, al punto de convertir en norma de existencia una  superstición anclada en la certeza de que lo importante no es ser  sino  parecer.

Todos esos asuntos  se le vienen a uno a la cabeza después de leer  La Herencia  de Eszter, la  novela del escritor húngaro Sándor Márai, un artista que después de padecer los horrores  por parte de los nazis primero y de los comunistas después, acabó  quitándose la vida frente a las  playas de California como una prueba  de que no hay rincón sobre la tierra capaz de brindar sosiego a los desesperados.

La protagonista de la novela es  una  mujer perteneciente a la rama decadente de una familia centroeuropea, que una vez vivió una trunca historia de amor  con Lajos, uno de esos vividores caros a toda una tradición literaria.

 

Foto extraída de: Lahierbaroja

 

La relación siempre estuvo basada en la manipulación física y emocional por parte del hombre, que además  sometió a la familia a múltiples estafas, hasta dejarla en los límites de la ruina.

Veinte años después  Eszter recibe el anuncio del regreso de su antiguo amor, que no tiene un propósito distinto al de culminar su obra de devastación económica y espiritual. A pesar de saberlo y de recibir  advertencias de todos lados, o quizás precisamente por eso, ella sabe que no hay apelación y espera su llegada con un ahínco  bastante parecido al amor.

Histrión como es, Lajos cumplirá al pié de la letra  su cometido  y al final del relato dejará a Eszter sin más recompensas que la reafirmación de su derrota y  a las puertas de una indigencia que  a esa altura del camino parece importarle bien poco.

Con un profundo  conocimiento de la  condición humana, el autor nos conduce a través del drama de los protagonistas sin utilizar trucos y menos remitirse a las fórmulas que en nuestros días garantizan un caudal de  lectores, sin que importe mucho la calidad de las propuestas.

 

Sándor Márai (pronunciado [ˈʃa:ndor ˈma:rɔ.i]; Košice, Hungría; 11 de abril de 1900 – San Diego, California, Estados Unidos; 22 de febrero de 1989) fue un novelista, periodista y dramaturgo húngaro. Foto extraída de: New Splex
El suyo es un intento por develar las claves del destino, esa vieja noción surgida a la lumbre de  las cavilaciones   humanas a través de los siglos, que al final del camino nos devuelve, reflejadas en una  sucesión de espejos enfrentados, las mil caras del absurdo y fascinante asunto de estar vivos.

Tampoco hay florituras ni explosiones del lenguaje. Mucho menos innovadoras técnicas de narración: la tragedia humana por sí sola es suficiente razón para  emprender la aventura de contar una historia, como para estropearla con alardes propios de la pirotecnia y la política.

Y es en ese punto donde la obra de Sándor Márai, como la del italiano Dino Buzzatti, obliga a pensar que todo ese asunto de  estructuras,  claves secretas y  técnicas narrativas que tanto excitan a los editores contemporáneos no es otra cosa que el último recurso de  autores que poco tienen para decir y entonces  optan por desviar   la atención del lector hacia su ingeniosa  manera de contar las cosas: la pura fascinación del vacío que, dicen, obsesiona a los trapecistas.

Para avalar el truco  parecen existir los expertos que interpretan, recomponen  y explican   el sentido de  esas estructuras, olvidando de paso que, como bien se desprende de   la novela de Marai,  el  propósito de la literatura y del arte en general nunca ha sido otro que el de iluminar  las tinieblas del corazón  humano, sin necesidad de hacer malabarismos en esa peligrosa frontera  que separa a la sencillez de la necedad.

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