Los ángeles de la paz y de la guerra

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No solo por esos niños, sino por los niños que lloran y por los que no están en la cuna; por los niños que tienen zapatos y ropa en su casa.


 

 

 

El día que salimos al mercado a comprar flores con Francis, justo antes, nos paralizamos ante esa noticia nacional. La presentadora del noticiero no se inmutaba al resaltar que los muertos eran cuatro niños inocentes. De esto se hablaría semanas enteras. “Cuatro niños inocentes” fue lo que más asombró en la noticia, porque muertos en Colombia hay casi a diario.

Interpelé a Francis para que me dijera la verdad si acaso el hombre tiene una naturaleza tan oscura, como para hacer algo así en nombre de la razón o la causa. Porque la noche anterior lo veía todo tan distinto. Él, por un momento, fijó sus ojos en los míos. Creo que trataba de decirme que su respuesta no era del todo esperanzadora. Pero yo ya la sabía por mí misma.

 

 

—Es mejor que te enteres ahora –dijo- sin que tengas que ser una vieja: El mundo no anda bien.

Un escalofrío corrió por mi cuerpo, como si una ráfaga de viento me envolviera.

— ¿Aún quieres comprar flores? Preguntó Francis.

—¿Por qué no? –respondí- las pondré en el mismo lugar. Solo que en esta ocasión no las pondré en casa como símbolo de nuestro amor, sino para recordar a esos niños y, mirándolas sabré que mientras hay vida hay esperanza.

Francis, como todo un caballero, me oía atentamente. Intuí que apoyaba mi decisión porque me miraba con ternura.  Luego rompió el silencio.

—Está bien. Será una pequeña ofrenda para esos grandes ángeles. Un día inevitablemente alguien levantará una flor sobre nuestra tumba y en nuestra memoria.

 

 

 

Sentí estas palabras tan humanas y cálidas como nuestra vieja cocina y conservaban un sabor muy propio de él. Aseguramos la casa para ir al mercado, pero tuvimos cuidado de que nuestra gata tuviera el aire necesario para no desesperarse. La bola de pelos dejaba ver una mirada suplicante desde el ventanal.

Quise llevarla, pero Francis me aseguró que estaba más segura en casa.

Desde que a alguien ideó secuestrar gatos y manipular los sentimientos de los dueños para cobrarles, ya se veían muy pocas mascotas en la ciudad.

 

 

Lo más popular como los gatos de techo, tenían toda la libertad del mundo para hacer de las suyas. A las especies comunes y silvestres, nadie osa secuestrarlas porque son normales, los hay en todas partes.

Regresé y dejé a “Sabina” en su cesta de mimbre. Su doble mirada me conmocionó.

Salimos. Nos encaminamos por la calle principal y no sé si fue casualidad, pero una rueda metálica de color amarillo entre los juegos del parque infantil, giraba impulsada por el aire.

—¿Los oyes? Son ellos.  Siempre andan sonriendo, despreocupados por la vida. Lo saben todo, vieron los rostros de sus verdugos y ahora ven los nuestros y cuando nosotros también estemos muertos nos mirarán a los ojos y sonreirán.

—Francis, me asustas. Y le di un codazo suave en su vientre. Es solo viento. Los ángeles no se desprenden del cielo. Solo tengo uno cerca y eres tú.

 

 

Cuando lo conocí, es decir, hace doce meses, dos novios atrás y muchas noticias tristes en Colombia, era un periodista sin mucho éxito, que terminó por salir de un periódico local, porque le abrumaba tener que trabajar en las noches.

No era un comunicador que publicaba, sino que ululaba. Me emocionó conocerlo cuando una tarde nos estrellamos en el Centro Comercial y casi que nos besamos. Su reacción al choque fue, ¿eres una pared o un ángel? Y me quedé muda pensando, si acaso él no sería un bobito lindo que necesitaba anteojos.

 

Se recompuso y alzó del suelo una revista con una figura de un clavo encerrado en un círculo; nos dimos la mano; nos disculpamos y nos invitamos a tomar un café.

 

Allí me contó en qué consistía su trabajo, y en las peripecias que tenía que hacer para conseguir información para las notas en su empresa periodística.

 

Me enamoraron sus historias. Y hablaba con tanta convicción que no dudé ni un instante de que un periodista debe ser un malabarista de la vida.  Así es él y así lo conocí. Todo comenzó en un Centro Comercial, en un pequeño café.

 

 

Me acordé de esto, porque cuando miró la rueda giratoria y dijo aquello, sus palabras me conmovieron. Luego vi que dejo caer algunas lágrimas por sus mejillas como si fuera un niño más.

De ahí en adelante comprar flores no sería un símbolo de amor, sino una necesidad inocente de honrar a esos cuatro ángeles que nos miran. Lo abracé y le pregunté con un tono quebrantado.

 

—Francis ¿dónde está Dios? Francis guardó un silencio intimidante.

 

Seguimos el camino hasta el mercado atestado de personas.

Había un movimiento que mareaba; y me sorprendió que la vida continuara su ciclo aun en medio del dolor. Francis lo supo primero, después yo: la gente llora a solas. Por eso trabajan, para ignorar una realidad más profunda que vivir.

Aun así, fue maravilloso ver este mercado como un mundo en acción multicolor como si desde lejos fuera un circuito electrónico encendido. Un cuerpo ruidoso que hablaba pero que no decía nada. Lo que llaman “un mar de gente” comprando, comiendo, bailando, besándose, acelerando en sus motos y en sus carros.

 

 

 

Fue esta la primera impresión que tuve y por eso me pareció un gran hormiguero. “Sandías”, “Pan, pan”, “Lleve el payasito”. Era un vocerío que se mezclaba. Busqué las flores, y me señalaron un pabellón paralelo a otro pabellón donde vendían carne. Era extraño que para comprar la belleza material representada en las flores, hubiera que pasar por el lugar que mejor representaba la voluntad de poder: la carnicería.

— ¡Cariño! ¿Has visto algo parecido?

—La verdad no –dijo-. Y nos asaltó la duda si acaso el ver carne todos los días, como se ve el sol o la noche, no estaba asociado a la indiferencia sobre los actos terroristas en el país.

Quien se acostumbra a ver lámparas en la ciudad pierde el éxtasis de observar las estrellas en su brillo natural.

Miramos de lejos el lugar donde vendían las flores y Francis, con su carácter enérgico, me tomó de la mano para llegar, pero empezó a llover. Era una lluvia teñida de sol que duró poco tiempo. El tiempo necesario para asentar el polvo y dispersar los pájaros. Correr hubiese sido un sinsentido.

—Ahí está Dios. Dijo Francis mirándome y sin soltarme de su mano.

— ¿Cómo? Pregunté inquieta.

—Ahí está Dios, en la lluvia. Las gotas son lágrimas de los ojos de Dios. Esa es la forma en la cual él se hace presente entre los hombres.

— ¿Estará llorando por los cuatro niños? Le dije en un tono sereno.

 

 

Francis guardó silencio. Estoy segura de que hubiera respondido que no solo por esos niños, sino por los niños que lloran y por los que no están en la cuna; por los niños que tienen zapatos y ropa en su casa, y que nunca llegaron a ser cubiertos con esos vestidos; por los niños que como frutos de un árbol son desgajados verdes.

Él no acostumbra a responder tan profundamente, pero como periodista sus ojos lo han visto todo.

Escampó y en el local de las flores había de todo tipo de belleza: Tulipanes, Crisantemos, Girasoles, Rosas, Margaritas, Cartuchos, Azucenas, Diente de León. A Francis le encantaron los Geranios.  Sus pétalos se metieron entre sus dedos como si fueran niños escondidos detrás de árboles.

Absorbió su olor, y para Francis, sin duda, era el olor suficiente de Dios para continuar con la vida.

 

 

 

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