Los niños de la calle

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Sobre la acera de la avenida, calle 14, vertical, desciende una hilera de niños de diferentes edades, se  aglomeran en grupos donde sobran los gestos de atención y ternura. En sus ojos la desconfianza les hace girar la cabeza como pájaros. Descienden la avenida en fila india, guiados por un hombre atento y despreocupado a la vez. Conversa con ellos, ríe con ellos. Sin estar uniformados, todos coloridos avanzan el par de kilómetros que los separan del centro de Pereira.

El abandono no pudo escoger una mejor imagen: la piel sin carne, los harapos.

Sus padres han muerto en la guerra o se entregaron a las drogas, su hermana… su hermano están en la cárcel. Invisibles, se hunden en la ciudad, se los “tragan” los edificios ¿Qué hacer? ¿Vender sus lágrimas y continuar los golpes? Son, lo que se dice, la minoría ¡Minoría somos todos! Astillas del fuego de la vida…

Pagan con su vida los errores de sus progenitores, de sus abuelos, ignorantes y pobres. Sólo les queda la amistad en los cuartos hacinados, donde los camarotes se elevan hasta el techo. Nadie ve, nadie oye. Ni bajo el pecho el corazón. Nunca la muerte fue capaz de disciplina semejante. Cuando hablamos de soledad no sabemos bien qué decimos. Falta ver cuánta rabia traen, cómo los muelen a golpes cada mañana…

¿Quiénes van a los hospitales, los ancianatos? ¿Quién ofrece un bocado de comida?

Cuando un funcionario público busca su cuota, la tajada de su almuerzo, es de allí de donde retira o incrementa el presupuesto de sábanas, de medicamentos; le gusta ruñir el hueso. La religión no se queda atrás, ni el arte, quizá.

Cuando aquella niña, la última de la fila en descenso, duerma alegre y con ansia de mañana, sabremos, tal vez, qué significa la palabra “humanidad”.

Fotografía tomada de: www.tvmaule.cl

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