Los olvidadizos: tan sólo somos parte de la naturaleza

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“Es bueno trabajar duro, vivir mucho y entonces estar agradecido”

Fragmentos de Los sueños de Akira Kurosawa (1990), hombre de 103 años.

En estos tiempos de pandemia donde se antoja estar viviendo en el campo y hay más tiempo para explorar el mundo a través de internet, me encontré durante el último mes una serie de informaciones que me llevaron a escribir este texto y avivar mi intención de retomar mis raíces campesinas.

Foto por formulario PxHere

Primero, en las lecturas recomendadas de los sábados por La cebra que habla, descubrí al antropólogo francés Philippe Descola, discípulo de Claude Lévi-Strauss y experto en pueblos indígenas del Amazonas en Ecuador; luego me invitaron a un grupo de Facebook que se llama Red de trueque y economía solidaria; y en búsqueda de lecturas, en El Cultural, leí que se reestrenó una película de 1975 de Akira Kurosawa: Derzu Uzala “El cazador”, que obtuvo el Gran Premio del Festival de Cine de Moscú y el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, me vi ésta y una más del mismo director: Los sueños de Akira Kurosawa de 1990.

Recién inicié mis estudios universitarios, un profesor invitó a mi grupo a un retiro-convivencia a su casa. Él vivía, si mal no recuerdo, camino a La pastora, un parque natural ubicado en la cuenca del río Otún en Pereira, Colombia. Allí habitaba un espacio rural con otras familias amigas, todos eran profesionales que se habían unido para hacer una especie de reserva comunitaria, cada uno con su casa independiente, a su estilo moderno en el campo, aportando desde sus conocimientos al entorno y beneficiándose de las bondades del suelo para obtener algunos alimentos, sin descuidar su parte cognitiva y el desarrollo del ser.

Era un compartir con los campesinos su conocimiento y los campesinos con su sabiduría, enseñándoles y ayudándoles en el cuidado de sus cultivos.

Hoy casi 20 años después de esa experiencia se presenta la adultez con sus obstáculos y decisiones para tomar, entre ellas, un sistema económico que beneficia solo a quienes tienen para que tengan más, o del otro lado, un sistema asistencialista que con migajas pretende resolver las necesidades básicas de los más necesitados.

Foto por formulario PxHere

Entre esas dos directrices del sistema lo que le queda a la clase media es escoger entre vivir “una vida tranquila”, al día, o ser obrero del sistema, pagar salud y pensión para aspirar en la vejez a un ahorro programado, antes llamado pensión, que uno no sabe cuánto sea y cuánto vaya a durar para solventar gastos y necesidades básicas en una vida urbana que requiere comer bien, dormir bajo techo y tener para pagar los servicios públicos.

Pensando todo esto, llegan los contenidos como los mencionados al comienzo. La entrevista de la BBC al antropólogo Descola, quien dice que no es alarmante este tipo de zoonosis que padecemos  en la actualidad, sino más bien, lo alarmante es la velocidad de reproducción, porque estas enfermedades existen desde que los humanos empezaron a movilizarse. El asunto ahora son las consecuencias que traen en un sistema mundo lleno de desigualdades, y sobre todo, preocupa, la separación que tienen los seres humanos de la naturaleza.

Los humanos nos sentimos diferentes. Ese complejo de superioridad que padecemos los seres vivos racionales frente a lo que da la vida, es lo que la ciencia explica y a su vez niega.

“La palabra naturaleza no tiene traducción en chino ni en japonés. Se trata de un término que no existe en ningún otro idioma no europeo derivado del griego o del latín. Desde el siglo XVII, el mundo occidental ha considerado a la naturaleza como algo externo a sí mismo. Una forma de luchar contra los excesos de esta concepción, es educarse y verse a uno mismo como un elemento de la naturaleza”.

Eso dice el antropólogo naturalista, que al trabajar con grupos indígenas en el sur de América por muchos años, ha reconocido en la cosmogonía de los pueblos ancestrales el equilibrio entre lo natural y lo humano.

Philippe Descola

Pero existe otro tipo de científicos y humanos, aquellos sobre los que reflexiona Akira Kurosawa en su película homónima Sueños de Akira Kurosawa, un film de 1990 ganador de diferentes premios. Ocho cortos en los que el director presenta sueños significativos que ha tenido en su vida a través de diferentes temas que hacen parte de la historia del Japón, su contexto de vida y responden a inquietudes que en diferentes etapas de su desarrollo como ser humano tuvo: el arte, la guerra, la tristeza, el miedo, la vida, la infancia, la longevidad, la muerte, la felicidad.

En el último corto “La aldea de los molinos de agua” un viajero llega a una aldea muy rústica para estos tiempos; allí se encuentra con un viejo artesano de molinos que ha vivido 103 años, y le interroga quién vive en la aldea, cómo viven y el por qué viven de esa manera. En una de las respuestas el aldeano le dice:

Tratamos de vivir como los hombres solían hacerlo. Es el camino natural de la vida. La gente de hoy ha olvidado que tan solo son parte de la naturaleza. Entonces han destruido la naturaleza de la que sus vidas dependen. Siempre piensan que pueden hacer algo mejor. Especialmente los científicos. Pueden ser listos, pero la mayoría no ha entendido el corazón de la naturaleza. Solo inventan cosas que finalmente hacen a la gente infeliz y suelen estar orgullosos de sus inventos. Lo que es peor, la mayoría de la gente lo está también. Los ven como si hicieran milagros. Los idolatran. No lo saben, pero están perdiendo a la naturaleza. No ven que van a perecer. Las cosas más importantes para los humanos son aire limpio y agua limpia y los árboles y hierbas que estos producen. Todo está siendo contaminado, por siempre. Aire sucio, aguas sucias, ensuciando el corazón humano.

Pero ¿cómo ser lo que mucha gente nunca ha sido? Es decir, ¿Cómo pedirle a un habitante de ciudad que vuelva al campo a vivir del suelo? Supongo que eso es cuestión de tiempo, información y hábito, como todo lo que nos ha hecho lo que somos y que también nos ha puesto a algunos en la reflexión de cambiar de hábitos, pensar en tener lo que realmente necesitamos.

Screenshot de la película

Como pasa con Derzu, el protagonista de la otra película de Kurosawa que tengo como referencia. Ésta nos habla de la vida en el campo y la obtención de lo que se necesita a través de la naturaleza.

Derzu Uzala es la adaptación de una novela rusa del mismo nombre, un relato autobiográfico del explorador, naturalista, cartógrafo y escritor ruso Vladímir Arséniev, que entre 1902 y 1907 recorrió la cuenca del río Ussuri, adentrándose en la región más oriental de Rusia. El resultado en el cine es la historia del capitán ruso Arseniev quien llega a Siberia para hacer una exploración de tierras, y en sus viajes desarrolla una relación amistosa entrañable con Derzu, un mongol que habita la taiga de la Rusia asiática y quien con sus conocimientos ancestrales le sirve de guía en sus exploraciones.

La casa de Derzu es la taiga y todo se lo da la naturaleza hasta que el hombre “civilizado” llega y le roba a él y a su entorno.

“Juntos andar, juntos trabajar, gracias no hace falta dar.” Esta es una de las muchas frases entrañables que se encuentran en la película y le da el sentido a este texto, porque es una cuestión de valores, de reconocerse como parte del mismo aire y con la misma finalidad para poder convivir sin hacernos daño, y no solo entre humanos, sino entre seres vivos.

Por eso cuando me invitaron al grupo de trueque de Pereira me entusiasmé; la Red de trueque en Pereira es un espacio donde hay comida, joyas, muebles, ropa, zapatos, libros y muchas cosas que no son de primera necesidad, pero es muy valioso que se piense en seguir utilizando lo que ya alguien no quiere o no “necesita” en vez de que pare en las laderas del afluente de agua más cercano o en la esquina de la calle esperando a ver quién lo recoge o lo despedaza.

También los emprendedores utilizan este espacio para incentivar la venta de sus productos, y algunos otros, aprovechan el grupo para ayudar a mascotas abandonadas o promover proyectos de solidaridad con comunidades vulnerables.

Imagen tomada del grupo de facebook

Aunque el grupo promueve la economía solidaria, no es la dinámica que se desarrolla, si entendemos este concepto como estrategia para luchar contra la desigualdad y el desempleo; lo bonito de esta comunidad es que son personas empáticas con todos los seres vivos y despiertan a la reflexión de cultivar el suelo y reutilizar tantos objetos materiales que la industria produce.

No planteo que nos volvamos campesinos, al menos no de sopetón, seguramente quien nunca ha tocado el suelo, enterrado sus uñas o sacado ampollas con un azadón, no sobreviviría al natural. Pero, podemos hacer actos conscientes, participar de sistemas de cambalacheo para obtener lo que necesitamos o empezar por preguntarnos qué necesitamos realmente y “tratar de vivir como los hombres solían hacerlo”.

A eso me refiero, a recordar que somos parte de la naturaleza y quizás en pequeñas comunidades podemos organizarnos, no para cambiar el mundo,  pero sí para mejorar nuestro entorno inmediato.

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