Luces, cámara y café: cine que transforma la realidad de un pueblo en el Quindío

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Así, condicionado por el medio, decide romper el molde y crear su propio camino: hacer películas de forma recreativa.


 

¿Pero quién es el cineasta?

Natalia Canouna joven delgada, alta, de ojos claros y cabello castaño, fue la persona que me habló por primera vez de alguien que andaba haciendo películas en Montenegro, Quindío.

Al principio el comentario no despertó ninguna curiosidad, pero al insistir que él personalmente la llamó para realizar el casting de su nueva película “Nada que perder”, generó suficiente interés para querer conocer aquel personaje en el pueblo, que con tan solo una llamada podía convocar a cualquier persona para un proyecto cinematográfico.

Conseguí el número telefónico y con cierta timidez solicité entrevistarme con él en un café céntrico del pueblo. Desconocía cómo se llamaba, o si era un señor de esos que tienen en mente muchas ideas para hacer negocios. Así fue que, entre tinto y tinto, conocí a quien es Néstor Fabio Vargas Cárdenas, un joven que me comentó que empezó a filmar corto y largo metrajes, con un presupuesto parecido al precio de una muda de ropa decembrina, o un mercado semanal.

 

Foto por: Diego Val.

 

Su forma de hablar era propia de un visionario, ya que se refería al cine como si fuera un gran conocedor, aunque por el momento no lo fuera tanto por la teoría como por la experiencia.  Recuerdo que conversamos de la muerte de Tinto Brass (1933-2006), y con emoción me dio un paseo por toda su filmografía como si fuera uno de sus directores fetiches. También agregamos a Quentin Tarantino (1963), Wong Kar-wai (1958), David Fincher (1962) y si mal no recuerdo, mencionamos a Steven Spielberg (1946).

Luego de esa primera empatía y como una señal de reconocimiento y confianza me indicó su casa, una pequeña habitación contigua al hotel más pintoresco del municipio, “De Yaro” y a su vez, yo lo invité a conocer mi “pequeño submarino” o cuarto de dos por dos en el que vivía,  en el barrio Colón, mientras estaba allí realizando una investigación en el pueblo y dirigido por una revista de Cali.

De ese encuentro empezaría una relación de varios años de amistad, partiendo de un primer artículo que redacté para una de sus películas y que fue publicado en el periódico “El Tiempo” por mediación de un amigo llamado Esteban Alvarán Marín, quien por ese entonces tenía un portal periodístico llamado “La Lupa”.

En pocas palabras decía en esa publicación que no era posible que el Ministerio de Cultura no apoyara el cine local, sin embargo, Nestor entendía que el arte, con o sin apoyo, florece en las condiciones más impensables.

 

 

Sus primeros pinos con la cámara

Ya iniciándonos en sus trabajos, el primer corto de ficción que realizó este joven emprendedor data del 2007 y se llamó “El Secreto del Dragón”. En su realización se invirtió la risible cifra de 70 mil pesos y fue preparada durante un fin de semana. Una grabación con dificultades técnicas (como es lógico en un cualquier comienzo) y donde descubrió la importancia de elaborar un buen guion y una pre producción.  Al finalizar la grabación, descubrieron que el secreto del dragón fue, que el protagonista, Jhon Pinzón se fracturó la mano, ocultando la gravedad de la lesión hasta después del lanzamiento del trabajo.

Con todo, al presentarla en los parques, escuelas, colegios y hasta en la estación de los bomberos, causó fascinación en los espectadores, además la satisfacción de los actores de verse en la pantalla como protagonistas de algo que prometía ser grande. Y no se equivocaban, ya que este primer “ensayo”, por decirlo de alguna forma, despertó el sentimiento de arraigo y orgullo de ser la primera producción 100% montenegrina. Algo que ninguna persona o grupo o institución se había atrevido a hacer hasta ese momento.

Su segundo trabajo, ahora no corto, sino largometraje, empezaba en el año 2008 con una experiencia más consolidada, aunque de cara a nuevas realidades y dificultades por estar delante de una grabación más exigente.  Se llamó “Nada que Perder” 1h:23m (2008) con un presupuesto de 900 mil pesos recogido entre los comerciantes del pueblo que solo pedían a cambio publicidad y mostrar lo mejor del municipio.

El producto final, es decir, esta nueva película disfrutó los 15 minutos de fama regional, porque obtuvieron un reconocimiento local de la alcaldía, y de algunos ciudadanos de la comunidad montenegrina en Morristown en Estados Unidos, que estaban fascinados con ver de nuevo a su tierra natal, al menos en video.

 

Tráiler: Nada que Perder


 

Su tercer largometraje fue más ambicioso. Ya que con “Histeria” de 1h:32m (2009) y con el mismo presupuesto de 900 mil pesos, ya empezaba a tomar forma el arte de hacer películas desde su concepción como amateur; y aunque algunos problemas de sonido parecían poner gris el asunto, los comentarios positivos entre el pueblo y de conocedores de cine de la Universidad del Quindío, calmaron la histeria de algunos que no alcanzaban a oír más allá de los intentos de diálogos dentro de la película.

Largometraje hecho, como dicen popularmente, con las uñas, de forma independiente, con cámaras caseras, y editado con un viejo computador aún con Windows XP y su programa estrella “Movie Maker”.

 

Tráiler: Histeria


 

El cine continúa en una visión más amplia

Así desde el año 2009 que me retiré del pueblo, hasta ahora 8 años después que lo buscamos bajo el auspicio de la revista digital La Cebra que Habla, lo encontramos de nuevo en Montenegro rodando una escena sacada de un guion al mejor estilo de las novelas de Andrés Felipe Solano, o Gilmer Mesa: dos policías corren a toda velocidad en el barrio Villa Juliana buscando un fugitivo, un adolescente que se escapa de la correccional de menores “Hogares Claret” buscando a su madre como un intento de valorar su libertad.

La escena no paraliza el barrio, pues Montenegro es un pueblo dormido por el progreso que poco a poco despierta a la realidad del talento de su terruño. Los impresionados son el equipo periodístico, pues, los policías no son actores y el prófugo tampoco, y tanto los unos como el otro han sido “prestados”, si cabe el término, por medio de la Gobernación del Quindío, para realizar las escenas de su nueva producción llamada “Dragones de Papel” (2017).  Cortometraje basado en hechos reales, financiado por la misma Gobernación con el fin de concientizar a la población juvenil a bajar los delitos y alejar de las drogas  a los menores para que puedan apreciar la libertad.

Paralelamente, mientras Néstor Vargas saca el tiempo para conversar con nosotros, nos enteramos que graba otra película “Mi niña bonita” (2017), sobre el drama del embarazo adolescente, la disfunción familiar y el sexo virtual o modelaje webcam. Porque este joven de 38 años ha creído en él y en el poder de la cinematografía para retratar la realidad y transformarla positivamente. Su vida, a partir de la conciencia de hacer cine, es una peculiaridad, aunque por supuesto, hay mucho camino por recorrer en este oficio, especialmente en el Quindío, que es conocido por el café, la ganadería y la artesanía.

 

Foto por: Diego Val.

 

Los comienzos de un largo camino

Y es que este joven, de ojos inteligentes, cabello corto, de estatura baja y vestido de forma descomplicada, se graduó en “El glorioso Instituto Montenegro” como llama al colegio más popular del pueblo, para luego estudiar un técnico en Diseño Gráfico, que en realidad no ejerce. Inicialmente sus motivaciones  adolescentes no eran muy distantes a lo que aspiraban otros de su edad:  ser mecánico, guía turístico o ir a probar suerte en Armenia, la capital, en un buen empleo.

Así, condicionado por el medio, decide romper el molde y crear su propio camino: hacer películas de forma recreativa. En sus palabras confiesa que llegó tarde al cine, mientras divagaba casi una década en oficios varios buscando su función social. Y en esta decisión que toma en el año 2007 de hacer algo diferente, todo, de alguna forma, conspira para ello, ya que tiene todos los escenarios: fincas, el cementerio, el parque, la biblioteca, su propia casa, y decenas de amigos que lo siguen gracias a su carisma.

 

Foto por: Diego Val.

 

Cuando lo interrogamos sobre el cine, su respuesta es más creativa aún, porque igual que a Quentin Tarantino cuando le preguntaron cómo había aprendido a hacer películas, Néstor Vargas, empezó haciendo cortos y largo metrajes consumiendo mucho cine.  Y a eso, se suma su insaciable curiosidad por saber cómo se realiza tal o cual escena, empezando a concentrarse en los making Off, y los tips de varios directores que pasan en Youtube.

Y mencionó a Tarantino, porque sin duda es uno de sus directores favoritos desde películas como Pulp Fiction, Kill Bill 1 y Kill Bill 2, y sus últimos trabajos.  Aunque contrario a Tarantino que lo acusaron de robar ideas de sus amigos, y de centrarse en guiones chinos y spaghetti western, Néstor Vargas extrae escenas y guiones para sus películas observando la realidad de Montenegro, su pueblo natal.

Temáticas sociales (o problemáticas locales) como el embarazo adolescente, las drogas, la falta de proyecto de vida; y más abstractas como la traición, el amor, la libertad, el odio, son los ejes sobre los que giran sus producciones “suecadas”, es decir, con gran esfuerzo, bajo presupuesto, actores no profesionales, cámaras caseras y programas de edición casera.

 

 

 

Su genio de creador está en su vocación. Porque creador no es el que se adelanta a su generación, sino el primero que toma conciencia de lo que está ocurriendo a sus contemporáneos, y Montenegro, en el país, está en el top 10 de los municipios con mayores problemas de embarazo, drogadicción y problemas familiares. Sin embargo, este es el pueblo que ha visto nacer, crecer y trabajar a Néstor Vargas y desde aquí es que ejerce su vocación sin ningún aliciente más que crear cine y con ello dar un sentido de vida a muchos jóvenes. Visión llevada a cabo por medio de su productora independiente llamado “Pioneros producciones”.

 

Una productora de sueños juveniles

Productora que pronto se convertirá en la Escuela de Audiovisuales Pioneros y que promete ser un comienzo para instruir a una nueva generación que quiera dedicarse al oficio cinematográfico, ya no empírica, sino profesionalmente.  Jóvenes de todas las instituciones educativas del municipio que quieran aprender por medio de estos proyectos, la teoría, pero mayormente práctica sobre el campo, el rodaje, la escena, la iluminación, el guion, etc.

Si a los jóvenes les gusta el cine, se van a quedar, sino empezarán otra cosa.

Dice Néstor Vargas confiando que este arte está enamorando a los jóvenes del pueblo, ya que  se acuerda que desde la  publicación de la revista de la productora (que lleva el mismo nombre) recibió varias propuestas de participación, y él, como director y gestor cultural siempre se considera presto a recibir al que desee integrarse a esa dinámica de hacer cine quindiano.

 

Foto por: Diego Val.

 

Su vida es el primer ejemplo de motivación para los demás, porque empezó creyendo que se podía, y ahora ha crecido a tal nivel que para el 2018 se preparan proyectos que prometen augurar una nueva ola cinematográfica en el departamento.

Ya al caer la tarde, y conocer un poco de la trayectoria de este emprendedor, sabemos que Néstor Vargas también es director de la fundación “Quindío Mejor” y en sus ratos libres, que son pocos, se dedica a asesorar en diseño gráfico y a desarrollar la parte de técnico en sistemas de forma particular. Hoy en día sigue pensando qué hubiese sido de él, o qué estaría haciendo en este momento, si no se hubiera dedicado al cine.

Mientras tanto, este joven sigue presentando sus trabajos en el teatro Esmeralda de Montenegro, y en festivales de Cali y Bogotá. Su último corto-documental en el que trabajó en producción y postproducción fue “Cartas al presidente” hecha en el municipio de Circasia, un trabajo delicado, bien logrado, que ganó premio en el festival “Ojo al Sancocho” este año como mejor obra infantil.

En sus palabras, eso son ejercicios recreativos. Así, igual que las temporadas fecundas de café, el cine en esta región del país sigue creciendo y dando su fruto para las generaciones actuales, las siguientes y como registro histórico y para la memoria de que el cine está vivo y lo seguirá estando de y desde las regiones.

 

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