Marx, el exorcista

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A mediados de los noventa uno de mis planes predilectos de los viernes en la noche era mirar películas de terror. Por aquel entonces, era un muchacho. Junto a mis primos y hermanos nos congregábamos frente al televisor a disfrutar de la cinta en formato VHS que, por cierto, tocaba alquilar con anterioridad. Por aquella época abundaban los largometrajes de vampiros, zombis, fantasmas y demás seres sobrenaturales que, dados los efectos especiales disponibles, no lucían muy creíbles. A pesar de la baja calidad de aquellos filmes y de que casi nunca lograran asustarme, el ritual se repitió semana tras semana.

Sin embargo, había un filme distinto a los demás: El exorcista de 1973. Recuerdo que el tráiler nos parecía espantoso, pero a la vez queríamos reafirmar nuestra valentía, así que decidimos seguir alquilando los mismos bodrios que encontrábamos disponibles en la sección de terror y suspenso del video club, evadiendo, claro está, la película en cuestión, aquella en cuya portada se advertía la silueta (hoy mítica) del valiente sacerdote con abrigo y sombrero[1] que se dispone a entra a la casa de la niña poseída. 

Un buen día nos llenamos de valor y fuimos por la dichosa película. El que atendía el video club nos miró con algo de preocupación antes de meter el video-casete en una bolsa de plástico. Mis padres la calificaban con el criterio nada técnico, pero preocupante de “muy miedosa”. Recuerdo que aquella noche de viernes miramos el filme en silencio. Las imágenes de la pequeña Regan levitando sobre su cama y la de los dos curas realizando el tétrico y en un primer momento, infructuoso ritual, corroboraban lo que nos habían dicho acerca de la cinta. 

Con el cambio de siglo, mis planes de viernes en la noche se modificaron. Cuando no había fiestas o una reunión del movimiento estudiantil, me ponía a leer lo que encontrara. Por esos días las obras de autores materialistas como Marx, llamaron poderosamente mi atención, no por adoctrinamiento de mis profesores, pues, aunque muchos no los crean, en pocas partes se sataniza más a este pensador alemán que en las universidades estatales colombianas, sino porque siempre sentí atracción por los libros de los que muchos hablaban (incluso citaban), pero al parecer, pocos leían.

Monumento en El Marx-Engels-Forum en 1986. Mitte, Berlín.

Contrario a lo que me habían dicho, las obras de Marx (las que cayeron en mis manos, en ese entonces muy pocas) no eran un manual de instrucciones para organizar disturbios. Se trataba de elaboraciones muy rigurosas en las que se evidenciaba un manejo magistral de la lógica, una cultura universal, especialmente literaria difícil de igualar y un sentido del humor demoledor (que lo diga Proudhon).

Por otro lado, pocos conceptos teóricos me han generado la sensación de estar ante una verdadera epifanía como el de fetichismo de la mercancía. Una vez me topé con este, después de leer las primeras páginas del tomo 1 de El Capital, obra voluminosa en la que aún trabajo, me quedé pasmado mirando la tasa de café que reposaba sobre la mesa de mi escritorio. En un objeto cotidiano, vi el valor de cambio el valor de uso y comprendí la relación casi supersticiosa, que construimos con los objetos cuando les asignamos, erróneamente, una suerte de valor esencial.

Pero el aporte de Marx a mi vida no se limitó a ayudarme a comprender de mejor manera las relaciones económicas y sociales que posibilitaban la existencia de la tasa de café sobre mi mesa. También le perdí el miedo a la película que de niño me atemorizó. No porque con los años me haya vuelto más valiente, pues la adultez al final es el arte de coleccionar miedos que antes no teníamos, sino porque desde una perspectiva materialista, el filme de William Friedkin se me volvió inentendible.

Lo anterior, porque la película exige del espectador una lectura, digamos otra vez, esencialista de la realidad. Dicho de otra manera, nos toca comprar la idea de que la bondad y la maldad flotan por ahí como “energías” en estado puro, ahistóricas, o mejor, eternas. De lo contrario, no se puede explicar que el cuerpo de la pequeña Regan, sea ocupado por una esencia maligna, igual a quien se sube a un coche que otro, quizás el espíritu original y bondadoso de la niña, desocupó.

Me cuesta pensar que tengamos agazapadas dosis de cosas “bonitas” o “feas” en alguna parte del cuerpo, esperando su oportunidad de salir a flote. Lo que somos, virtuosos o ruines, dependerá de nuestros actos y de cómo estos sean calificados por la sociedad de nuestro tiempo. En la medida en la que dejemos atrás varias ideas de corte idealista, muy arraigadas, por cierto, seremos mucho más felices, entenderemos que los demonios realmente pavorosos son los del más acá y que las lecturas esencialistas de la realidad han dado al traste con más vidas que el mismo demonio Pazuzu.  


[1] Por cierto, la portada está inspirada en la pintura Empire of Light (L’Empire des lumières ) de de 1954  del pintor surrealista René Magritte.

Docente universitario. Analista. Colaborador en la sección "La Cebra en tu Barrio".

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