Mataculebras

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Como crédulos y buenos cristianos, aún tenemos la esperanza de conseguir dinero apostándole al chance, a la lotería, a la rifa navideña y, por supuesto, al Baloto: esa mecánica surrealista, distópica, que sortea la ilusión de convertirnos en millonarios. Esa forma del azar que pende, como las pesadillas, de combinaciones algorítmicas: una suerte de mala traducción de “La lotería en Babilonia”.


 

 

Si algo nos enseñó el célebre creador de DMG, el hombre de negocios David Murcia Guzmán, es que para conseguir plata hay que ser astuto y tener fe. ¿Recuerdan las interminables filas de colombianos en los puntos de recaudo de unas oficinas fachada? Unas filas que siguieron aumentando a pesar de que los medios insistían en denunciar que el negocio informal de Murcia Guzmán, un chico excéntrico con cola de caballo, cuyo pasado lo ligaba a la pobreza, era lo más parecido a una estafa.

No podemos negar que era un negocio sencillo de entender: usted iba hasta un cajero de DMG, entregaba 5 millones, se persignaba y en un par de meses, se daba la pasadita por el lugar del recaudo y retiraba 10 millones. Era un negocio fácil de hacer y solo era cuestión de tener fe y un tris de paciencia; sin necesidad de buscar fiadores, de llenar formularios, de dar referencias familiares y sin la dificultad de utilizar la calculadora para comprender esa ciencia vieja del sistema financiero que interpreta a su antojo la ecuación capital +  interés = deuda.

Y para tener fe alguien debe dar testimonio. Y en lo que tiene que ver con el dinero, los testimoniantes, educados en la paciencia y la sencillez desde que hicieron la primera comunión, suelen ser legión.

Recuerdo que un arriesgado periodista, en el punto más álgido del negocio revolucionario de Murcia –su vida de lujos en Panamá era prueba del milagro de la riqueza rápida– llegó con su cámara y su micrófono hasta una de estas filas de fieles que depositaban a ciegas el dinero en DMG y preguntó, en plural, si no les daba miedo perder la plata. Uno de ellos, quizá un profesor universitario, endeudado en los bancos-cooperativas, lo enfrentó en singular y le espetó lo que sus cofrades pensaban: “¡Dejen trabajar!”, que es una de las primeras virtudes que ensalzan del colombiano: su buena disposición al trabajo, a la libre empresa, a su capacidad ingeniosa para sobrevivir en el día a día.

Sin haber leído jamás alguna biografía autorizada de Luis Carlos Sarmiento o la familia Gilinski, Murcia Guzmán pensó que podía llegar a ser como ellos. E iba muy bien, sobre todo porque su exitoso negocio piramidal le permitía competir en el mercado de los recaudos. Y es que el asunto tiene que ver con el dinero, “El dios vivo que hemos inventado”, como sentencia el personaje estafador de una novela de Roberto Arlt. Con el dinero y no con el pasado dudoso de quien lo ostenta. Pensemos en Pablo Escobar, en los Rodríguez Orejuela, en Gonzalo Rodríguez Gacha. Pensemos en Murcia Guzmán, cuando al defender su empresa frente a los cuestionamientos de una periodista, enfatizaba en que la suya era una empresa solidaria. Tenía razón: todo sistema piramidal o de redes de mercadeo –Herbalife, Omnilife, Anway– se constituye en una empresa solidaria, con un principio asociativo y corporativo tomado de Nacho lee: mientras tú ganes, ganamos todos.

Este cuento del enriquecimiento fácil se acabó cuando al chico Murcia lo apresaron, lo esposaron, lo exhibieron como un criminal con cola de caballo y se lo llevaron en un vuelo chárter hacia una cárcel de los Estados Unidos. Hordas de testimoniantes lloraron la captura de su líder espiritual, mientras exigían a gritos que el Estado, esa cosa amorfa que existe solo cuando estamos en apuros, los indemnizara, pues habían quedado desprotegidos, desamparados.

Pero esa es otra historia, otra histeria.

Sospecho que ante la ausencia de Murcia Guzmán, el líder colaborativo capturado por lavado de activos, surgió la necesidad de afinar otras formas de hacer dinero o por lo menos de impedir su devaluación.

¿Alguien tiene duda de que el sistema del Gota a Gota, esa práctica perversa de pagar exorbitantes intereses a sujetos motorizados que amenazan con bisturí si no cumples con la cuota diaria, no se aceleró después de la caída de DMG? El mensaje es diáfano: Siempre habrá otras maneras, tal vez menos objetivas, para hacerse a un capital que nos permita matar culebras, esto es, deudas, cuotas atrasadas, hipotecas, facturas con tijera.

 

Como crédulos y buenos cristianos, aún tenemos la esperanza de conseguir dinero apostándole al chance, a la lotería, a la rifa navideña y, por supuesto, al Baloto: esa mecánica surrealista, distópica, que sortea la ilusión de convertirnos en millonarios. Esa forma del azar que pende, como las pesadillas, de combinaciones algorítmicas: una suerte de mala traducción de “La lotería en Babilonia”.

Por más que nos fastidien, soñamos con tener más dinero que Maluma y J Balvin, ese par de parceros libidinosos con suerte reguetonera.

A propósito de pesadillas, recuerdo que una noche de diciembre desperté sobresaltado y sudoroso. Había soñado que mi nuevo vecino, un hombre de cabello largo y dientes incompletos, se había ganado el Baloto. En mi sueño, el tipo tocaba a mi puerta a las siete de la madrugada de un sábado frío, me abrazaba con alegría, mientras me daba la buena nueva de que se había ganado el Baloto.

Lo primero que pensé, y esto es materia del sueño, es que entonces yo estuve muy cerca, a una puerta, de ganarme el Baloto. Y lo segundo que juzgué, así suene perverso confesarlo aquí, es que debía liquidarlo, no en términos financieros sino físicos. Y mi accionar, digamos, era cristiano: ninguno de los dos reclamaría el premio. No habíamos hecho méritos, en nuestra vida pagana, para merecer premios. Yo no podía dar fe de que él fuera un buen vecino. Él no podía esperar de mí comprensión, misericordia.

En el fondo, ese hombre con suerte era lo más parecido a una culebra, a un vicio adánico. Liquidarlo era el antídoto para volver a conciliar el sueño.

 


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