Niños, no crezcan: es una trampa

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De pequeños, el juego  nos permitía compartir, sudar, imaginar. Sin pretensiones éramos tan grandes y felices.   Luego se tecnificó  y lo llamaron deporte. Se llenó de condiciones, impostura, reglas y restricciones.


 

 

El juego como posibilidad animal de pasar el tiempo entre la vida y la muerte, y como huella reptiliana de ganar el bocado o la cúpula con adrenalina, destreza y fuerza, se tecnificó,  y lo llamaron deporte.  Se llenó de condiciones, impostura, reglas y restricciones.

En otrora se trataba en exclusiva de compartir, sudar, imaginar. Estaba bien darle paso a la jovialidad.

 

 

 

Solo pasábamos el rato sin percatarnos de que éramos felices, como el perro o el gato que pueden disfrutar de un hilo o de alegres movimientos de luz.

Fuimos capaces de vivir esto cuando éramos chicos. Jugábamos fútbol con una pepa de mango seca en el colegio, y pensábamos que era siempre una final. Hacíamos motocross, un sonido endemoniado con vaso de plástico en la llanta trasera de modestas bicicletas.

 



 

Cuando chiquitos sin pretensiones éramos tan grandes.

Ni que hablar del bota tarro, el cero contra pulsero, la guerra de terrones por allá en los nacientes barrios de Cuba y Dosquebradas entre lotes baldíos, o  las bolas; basta recordar cuando toda picardía de niñez terminaba en “is”: “sueltis”, “Altis duris”, “cantis”, y otras perlas más.


No obstante crecimos, y al mismo tiempo, lo hicieron los medios de comunicación masivos y de apoco nos fueron poniendo en el centro del foco, nos ejercitamos para publicarnos en una búsqueda insaciable de likes y seguidores.

 

 

 


Por eso no es raro que la intimidad del ejercicio se haya vulnerado con la publicación instantánea de cada una de nuestras actividades, en especial si se trata del show ególatra del cuerpo.


El #Gym #Feetnes y #MeAmo son pan de cada día, igual que el número de kilómetros corridos, o de pedal que van a parar a Facebook o Instagram.

 

Ahora estamos conscientes de la búsqueda de una pequeña felicidad, y no la podemos hallar.

Quizá es verdad el discurso profundo de Mafalda. ¡Niños: no crezcan es una trampa!


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