Noche de oficina

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Fotografía: Rodrigo Grajales

A mis fantasmas

Lorena se había quedado sola en la oficina. Miraba sentada en su escritorio

entre montañas de papeles la luna que parecía tan cercana. Martín, el niño

malabarista que alguna vez la había querido, se lo había contado.  Que la

luna estaba a muchos kilómetros de distancia, a 406.000 en su punto de

apogeo y a 363.000 en su punto de perigeo, porque pasaba que su órbita

era elíptica y no circular. Era uno más de los datos que Martín tenía en su

cabeza y que no servían para nada.

Lorena se había quedado sola en la oficina. Abrió el  cajón  inferior  del

escritorio para sacar una botella de vino tinto a la que recurría en las noches

plagadas de recuerdos. Se sirvió un trago en un vaso desechable y recordó

a  Martín  que  parecía  tan  lejano.  Martín,  el  niño  malabarista  que  alguna

vez la había querido, le contó con una sonrisa que en el año 3.000 antes de

Cristo ya existían decantadores de vino y que apenas hasta el siglo XVII se

empezó a tomar en recipientes de vidrio. Otro asunto sin relevancia.

Lorena se había quedado sola en la oficina y contemplaba adormecida por

el vino los diplomas y placas que la reconocían como la mejor empleada del

gremio. Había perdido la cuenta de los triunfos laborales alcanzados. Miró

la  fotografía  del  primer  día  en  la  empresa  que  parecía  tan  cercano.  Dos

días antes le había dicho a Martín que colgaba boca abajo en un trapecio,

que sus tonterías no se ajustaban al nuevo panorama de sus días. Por eso,

Martín  lloró  patas  arriba  por  lo  que  las  lágrimas  se  le  fueron  a  la  frente.

Mientras tanto, le dijo que las lágrimas eran un 98.3% agua, y el resto era

glucosa, sodio, potasio y algunas proteínas. Más tonterías.

Lorena se había quedado sola en la oficina. Miró el reloj en la pared que

marcaba las once de la noche. Vio su reflejo en la ventana, se reclinó en la

silla de cuero. Del cajón inferior del escritorio, extrajo un chocolate para

contrarrestar  el  gusto  amargo  del  vino.  Había  leído  que  el  chocolate  era

antidepresivo.  Recordó  a  Martín,  el  niño  malabarista  que  ahora  parecía

tan cercano, cuando sonriendo le dijo que según algunas estadísticas, cada

persona consumía tres kilos de chocolate al año.

Lorena se había quedado sola en la oficina. Sabía los misterios del interés

compuesto,  de  la  tasa  interna  de  retorno  y de los  estados  financieros.  Sabía

además,  que  en  épocas  de  recesión,  era  aconsejable  aprovechar  el  bajo

precio de los inmuebles. Como todo eso le pareció información irrelevante,

lloró. Pero esa noche, las lágrimas le corrieron hacia arriba.

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