Un pacto implícito por la ciudad del futuro.

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La calidad del espacio público es central. Un ejemplo reciente puede encontrarse en la intersección del barrio Álamos, en cercanías de la UTP.  La población alrededor pudo obtener una intervención integral, en un ambiente de belleza y bienestar.


Fotografía, Jess Ar

La ciudad es ciudadanía, es decir, las relaciones entre quienes habitan el espacio físico y lo comparten.

Pero es indudable que la calidad de ese espacio influye en la forma como los ciudadanos se identifican con su ciudad: la perciben, se sienten parte de ella, y se vinculan con los Otros.

Por eso la calidad del espacio es central.

Su disposición, amplitud, pertinencia y, su compromiso con el disfrute estético, se relacionan directamente con los comportamientos, usos, actitudes de los habitantes que los usan, y también con la tranquilidad y la apertura a la creatividad.

No es lo mismo vivir en un lugar que tiene precariedad de espacios públicos a habitar en otro que ofrece la posibilidad amplia para su disfrute.

Los criterios del buen espacio público aplican para todo.

Favorecen el valor de los predios circundantes, permiten el contacto entre vecinos, propician procesos creativos comunitarios, son aptos para relajarse de las exigencias de la jornada, o simplemente son un aporte a la belleza de la ciudad en su conjunto.

Los parques, escenarios culturales y deportivos, edificios institucionales o plazas públicas son ejemplo de esos lugares en los que se deben priorizar aspectos del diseño, la amplitud, o la buena relación con el entorno.

Existen otros no tan evidentes, pero no por ello menos importantes, como las vías o las intersecciones vehiculares.

Estuve meditando sobre este asunto cuando tomé recientemente la intersección del barrio Álamos, a la altura del conjunto conocido como Canaán, en cercanías de la Universidad Tecnológica.

Ella obedeció a una necesidad puntual: ordenar los flujos de vehículos que concurrían a ese punto desde distintas direcciones.

En mi opinión, cumplió a cabalidad con ese propósito.

Pero, y es lo que quiero destacar, no se conformaron quienes la diseñaron con su función, digamos, operativa.  Optaron por darle más a la ciudad.

Procuraron que, además de los vehículos, la población alrededor pudiera obtener una intervención integral, generando plazoletas -frecuentadas para diferentes actividades no solo por los universitarios sino por los mismos vecinos del lugar-.

Dispusieron una generosa sección de andenes, se preocuparon por la arborización y, además, usaron para su construcción un conjunto armónico de materiales no invasivos (como el adoquín) que refuerzan la buena relación con el entorno natural y generan un ambiente de belleza y bienestar.

jSi comparamos esta intervención, con la glorieta de la Avenida Belalcázar  con calle 14 (que además hoy ya no soporta el flujo de vehículos y de solución pasó a obstáculo), por ejemplo, podemos tal vez comprender la importancia de la generosidad en la construcción del espacio público: no escatimar en áreas ni mucho menos en calidad del diseño constituyen un factor de ganancia para todos los ciudadanos.

Porque, como dicen corrientemente los arquitectos, vale igual hacer feo que bonito. Dar siempre más allá de lo mínimo, debería ser un pacto implícito por la ciudad del futuro, a pesar de los límites fiscales.  

La pobreza a veces no es solo escasez de recursos: es inmediatez, mediocridad, indiferencia y hasta pereza.

*Texto publicado originalmente en septiembre de 2017

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