Pájaros de Verano: una cuestión de honor

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El inicio de Pájaros de Verano esta colmado de simbolismos, de colores y hermosos bailes


 

Foto extraída de: Elpais.com.co

 

Ficha técnica

Año, país, duración 2018, Colombia, 125 minutos
Dirección Ciro Guerra y Cristina Gallego
Guion Maria Camila Arias, Jacques Toulemonde
Fotografía David Gallego
Música Leonardo Heiblum
Reparto Carmina Martínez,  José Acosta,  Natalia Reyes,  Jhon Narváez,  Greider Meza, José Vicente Cote,  Juan Bautista Martínez.

 

 

Se estrenó por fin en Colombia Pájaros de Verano la cuarta película de Ciro Guerra y la opera prima de Cristina Gallego, quien había trabajado junto a Ciro como productora en La Sombra del Caminante, Los viajes del Viento y El Abrazo de la Serpiente. Pájaros de Verano abrió, el pasado mayo, la Quincena de Realizadores que es una muestra independiente celebrada en paralelo al Festival de Cannes, creada hace 50 años como acto de solidaridad con los cineastas y productores cuando se canceló el festival debido a las protestas de Mayo del 68.  Esta selección se especializa en la búsqueda de nuevos talentos en la producción de ficción, cortos y documentales independientes.

La primera parte de la película se enfoca  en una tradición que siempre ha existido y aunque ha cambiado con el paso de los años, sigue siendo una práctica de algunas comunidades Wayuu, en la que se prepara a las jovencitas para ser mujeres, encerrándolas el equivalente a 12 lunas, 365 soles y una lluvia, que es como los indígenas de esta región miden el tiempo.  Antes los encierros podían durar hasta 6 años y otros se interrumpían cuando un hombre compraba a la niña, ahora es diferente, puesto que hay opción de que no sea dada en matrimonio sino que decida estudiar una carrera.

Aunque el encierro puede parecer una práctica cruel e innecesaria, para ellos significa enseñarle a la niña Wayuu cuáles son los retos que enfrenta al crecer y darle valor como mujer. Esta tradición está muy bien documentada en La eterna noche de las doce lunas, audiovisual de la directora Colombiana Priscila Padilla, que abrió la sección Documental del Festival Internacional de Cine de Cartagena en 2013.

El inicio de Pájaros de Verano esta colmado de simbolismos, de colores y hermosos bailes en los que todos se mueven en una sincronía que hipnotiza, está en su mayor parte hablada en Wayuunaiki y la mayoría de sus actores son naturales, lo que la hace más rica y misteriosa.  Se desarrolla a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, cuando México disminuyó su producción de marihuana y EE. UU. aumentó el consumo, lo que le abrió el mercado a la “bonanza marimbera” en Colombia.

 

Foto extraída de: Unifrance.org

 

El negocio de la producción se tomó La Guajira y la Sierra Nevada de Santa Marta que, gracias a su clima y ubicación en medio de un impenetrable bosque y cerca al mar, fue la zona ideal para cultivarla.

La ‘cannabis’ sale del país en barcos o en aviones que despegan de pistas ocultas entre los árboles cerca de los cultivos.  Buena parte del dinero proveniente del negocio ilícito entró al país a través del Banco de la República, que en esa época compraba dólares sin preguntar su procedencia en lo que se llamó la “ventanilla siniestra” durante la presidencia de Alfonso López Michelsen.  Cerca de 722 millones de dólares entraron a Colombia por esa vía en el año 77, fue después y a raíz de esto que el ex Presidente Julio César Turbay Ayala pronunció tristemente célebre la frase: “Me propongo reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

“Antes de que mis huellas se borren, quiero recordar con mi canción la historia de amor, desolación, riqueza y dolor de una gran familia que se destruyó. Esta es la historia de Raphayet que viene de una línea de guerreros. Él perdió todo cuando era niño y creció entre forasteros, en este lugar donde la familia lo es todo”.

 

Foto extraída de: Twimg.com

 

Con este Jayeechi (narración cantada) inicia y termina la historia de Pájaros de Verano, una reunión de historias narrada como una leyenda antropológica, dividida en cinco episodios o cantos ancestrales y presentada como una tragedia digna del realismo mágico de García Márquez, que luego se transforma con destreza en una poderosa obra que al mejor estilo de los gangsters de los años treinta, nos cuenta la historia de Rapayet Abuchaibe, el protagonista que incursiona en el negocio del narcotráfico buscando dinero para obtener las cabras, vacas y collares que le exigen como dote para casarse con Zaida y que finalmente se deja llevar por la ambición que amenaza sus tradiciones y su familia.

Una de las escenas con más ruido dentro de la película es la que trae la imagen de una casa cúbica y muy blanca que sobresale en medio de un árido desierto de La Guajira, es la arrogancia del dinero fácil con delirios de superioridad.  Esta pérdida de la identidad se define con tres frases que se conectan “si hay familia, hay honor. Si hay honor, hay palabra. Si hay palabra, hay paz”.

Esto me recordó el maravilloso libro de Laura Restrepo, Leopardo al sol publicado en 1993, donde los Barraganes y sus primos los Monsalves protagonizan una guerra guajira que no dio tregua hasta acabar con el último de sus familiares.

Pájaros de Verano es una película visualmente maravillosa y fuerte en su estructura narrativa, con una acertada ambientación de la época y aprovechamiento del hermoso paisaje,  que nos da una inmersión en la cultura Wayuu en muchos sentidos y responde a la intención de sus realizadores de descubrir regiones y culturas desconocidas para el cine de ficción.  Es nuestra realidad y durante la película nos adentramos en su armónica narración y por un momento lo olvidamos y creemos que se trata de una historia lejana, ajena.

Nos traslada a un episodio del pasado pero con problemáticas vigentes en la actualidad y que hacen referencia a nuestra condición humana.  La realidad siempre supera la ficción.

 

Foto extraída de: Eltiempo.digital

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