Papel sobrante y Poemas del siglo XXI. Fragmentos del libro

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Antojos |

Cada sábado tenemos la sección Antojos, un espacio para leer fragmentos de libros publicados por Sílaba Editores y reseñados en La cebra que habla.

 

Ternura

¿Seguro que sabes acariciar? ¿Te has dado cuenta de lo que es la caricia incompleta, indeterminada, no orientada sino dispersa e indecisa? ¿Has ensayado algo distinto a lo que has hecho siempre? Recuerda que antes de unirse dos labios con otros dos, las puntas de la nariz eran las que establecían contacto. Al menos lo contó Marco Polo, el viajero aquel que anduvo medio mundo sin una sola guía turística.

–¿Me das un beso?

Ni se dice eso, ni se dan los besos. Hay una nueva manera y es la de no terminar definitivamente. De modo que bien puedes hacer cambios radicales en tus relaciones.

–Voy a darte medio beso no sé dónde ni de qué duración.

Eso es lógico. Lo que no es lógico es aquello de las películas donde un galán toma por el cuello a su enemiga y la atenaza como si fuera a quitarle el medallón. Eso no es un beso. Se puede llamar atraco, “colgada”, abuso, lo que sea. Pero de beso tiene únicamente el poco de saliva que puedan intercambiar.

¿Sabes acariciar? Si tienes dudas sobre el asunto recuerda que en este caso las dudas no se resuelven, como en derecho, en favor del reo.

Van en contra tuya, mal besador y mala besadora.

¡Cálmense!

Bueno, tómenlo como consejo, si les parece. O como lo que sea, pero de todos modos no hagan la gracia de aquellos señores al lado de diez teléfonos, respondiendo naturalmente diez cosas distintas:

–Por supuesto, un pasaje con regreso.

–¡De ningún modo, me lo pintan de amarillo!

–Cómo no, doña Berenice, allá le llega a las dos de la tarde del viernes.

Es decir, no agote su pobre organismo hasta el extremo de llegar a la clínica a meterse en la correspondiente tolda de oxígeno y en la camisa de once varas de la cuenta médica. Modérese, piense que hay solo esta vida. Y que no es necesario pegarse de diez tubos telefónicos, o cosa parecida.

Tampoco le aconsejo que se vuelva un parásito absoluto. Lo que le recomiendo es regular el paso, no excitarse en exceso ni pensar que va a durar dos mil años. Busque la verdad en el medio. Sin que esto signifique que le lleven el sueldo a casita, medida francamente ideal. Entonces quedemos en esto:

Ni motor, ni enredadera.

Viento

Ni se ve, ni se toca, ni se huele, pero está allí, encima de nosotros, a los lados, en todas partes. Colándose por hendijas, ojos, aberturas mínimas. Se queda la gente sintiendo la mano del viento y alguna, la curiosa y que piensa, se habrá dicho:

–¿Dónde está?

Es cuando se recuerda aquello del poeta, dicho a propósito de nuestro entrañable amigo, el soplo del mundo, cuando pregunta quién toca a la puerta:

–No es nadie, es el viento…

–¿Y es que el viento no es nadie?

De veras es algo como para pensar hermosamente largos ratos, sentado en la dureza de los bancos de parque. De dónde viene, cómo se hace, de qué está formado. En fin, cosas. Como esa explicación de una mujer, hace años, que decía a un niño:

–El viento lo hacen los árboles… cuando mueven sus hojas.

Y sigo con el misterio rondándome la piel, acariciándola ese fresco fantasma que es el viento.

Cómo pasa el tiempo

Se pasaba la niña

recogiendo las horas en una cesta

para qué quieres tantas dijo el abuelo

porque esta noche abuelo voy a una fiesta

y recogió tantas horas esa niñita

que llegó muy feliz a su matrimonio

del brazo de otra nena de una nenita

que le dijo en la iglesia te amo abuelita.

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