Plazueleando y otros arrebatos espirituales

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Huyamos de las plazas y paseos muy frecuentados donde el ruido es mal acompañante para el descanso y el aleteo de los bichos alados no permite ni el buen augurio de la siesta.


 

Plazas discretas, paseos alejados y otros sitios verdes escondidos en algún resquicio de la ciudad. Lugares donde no pasa nadie, tal vez cuatro gatos y unos cuantos pajarillos. Me siento en la banca de madera, teñida de verde para hacer juego con el césped. Estiro los pies, después de todo percibo cierta comodidad a pesar del duro respaldo.

 

Foto por José Crespo Arteaga

 

Estoy debajo de un jacarandá sobrio y esquemático, aun no echa flores, ¿será lo mismo que decir ‘echar raíces’? En época de floración diría que he visto llover azuladamente al compás de ráfagas de viento, en oblicuo como los delicados trazos de un óleo impresionista. Manet, Monet, Renoir… ¿Qué más da? El caso es que las baldosas entonces cubiertas de verdadero azul, brillan cuando se cuela un rayo de sol por entre las ramas.

Fijo la mirada al frente de donde estoy sentado. En el tejado de una vieja casona un pequeño grupo de palomas revolotea en torno de algo. Verlas me hace evocar la enigmática novelita de Breton en cuyos párrafos iniciales salta por los aires una torre, cayendo luego una nieve de plumas sobre los fragmentos de tejas salpicadas de sangre.

Nunca había leído un comienzo tan explosivo y, a la vez, sosegante y limpiador para el espíritu. Desearía esa misma limpieza en torno de esta plazuela que visito, pero me temo que es mucho pedir porque las muy prolijas se siguen reproduciendo a la velocidad del rayo. Huyamos de las plazas y paseos muy frecuentados donde el ruido es mal acompañante para el descanso y el aleteo de los bichos alados no permite ni el buen augurio de la siesta.

 

Foto por José Crespo Arteaga

 

En momentos que el sol alcanza su máximo esplendor y se cierne amenazante sobre nuestras cabezas, resulta obligado buscar el amparo de alguna sombra. Luego de tanto callejear se hace necesaria la pausa. Alejémonos  del centro bullicioso, del acoso de los comerciantes ambulantes, de los iluminados que prometen la salvación.

De toda suerte de agitadores que interrumpen nuestra tranquilidad, es preciso huir. Sigamos caminando, al fin y al cabo, ya lo hemos hecho durante un buen rato y unas cuadras más no nos harán mella. Busquemos esa banca, ese lado de la plaza que tanto nos gusta. Sentémonos. Abramos la mochila o el bolso, saquemos unas mandarinas, las mejores frutas de estación. Disfrutémoslas gajo por gajo.

Disfrutemos del tiempo detenido.

 

Foto por José Crespo Arteaga

 

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