Preguntas de oficio

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¿Cómo nace un escritor? Suele ser una pregunta que se le hace a los escritores, en especial a aquellos con alguna notoriedad en el mercado de los libros o en el rumor vanidoso de las ferias culturales. Cualquiera sea la réplica, su alcance dependerá del grado de sofisticación de quien ante la encuesta, perfecciona su memoria, se retrotrae, vincula su destino a un hecho histórico, añade un cuadro afectivo y señala un origen: hacerse mayor de edad en el silencio de las libretas de apuntes, esquivando el conflicto familiar (Capote); el regreso al lugar de la infancia, de la mano de la madre (García Márquez); la rutina de un hombre que espera paciente el ciclo de lavado de ropa en el laundry, mientras decide que al haberse convertido muy joven en un padre responsable y fértil, lo suyo tendrá que ser el cuento breve (Carver).  

¿Cómo se sostiene en la cadena económica un escritor? Con dificultades, sin duda. Porque si bien el suyo es un oficio en el que se acumulan horas de trabajo, repartidas entre el tiempo de la escritura, el tiempo de la lectura y el de las relaciones sociales, hay que sumarlo a la larga lista de los oficios informales. Con un agravante paradójico: el oficio de escritor se amarra al ocio, al tiempo libre, al ejercicio intelectual, en fin: a la experiencia de la vida burguesa. En las estadísticas de la economía naranja la mayoría de escritores terminan por convertirse en pobres vergonzantes. Está bien, a veces reciben un premio, regalías por la venta de un libro, el anticipo por la adaptación de una obra suya a otros formatos. Pero son excepciones a la regla, son dineros atrasados, pequeños balotos que no eliminan la incertidumbre del día siguiente. Lo común es otra cosa: la espera inútil por el best seller, la ilusión desvanecida por hacerse a un nombre, la falta de lectores, el vacío o la frivolidad.

¿Alguien echa de menos a un escritor en este absurdo tiempo detenido? Salvo en las centrales de riesgo, su número de cédula no aparece en las prioridades de las medidas sanitarias decretadas por entes gubernamentales. Cuando los gremios y las empresas piden desesperados que flexibilicen las medidas de seguridad para que los trabajadores retornen a sus labores, nadie está pensando en el escritor ni en el valor de su fuerza de trabajo. A nadie, por lo menos, se le ha ocurrido decir que lo conveniente para aplanar el pico de la pandemia es que los escritores no salgan de casa. Existe la amenaza, el miedo, el control, el gel, el termómetro, el tapabocas, pero el escritor no existe ni genera unhashtagsolidario.

¿Es interesante la vida de un escritor? Depende de lo que se entienda por interesante en una sociedad mediática, alimentada por el rumor y la maledicencia. Para serlo, el escritor debe esforzarse, dejarse llevar por su instinto antisocial y explorar unas formas atractivas a los grupos: el insulto, la pelea frontal, el desprestigio, el ataque a sus vecinos, divorciarse de su prima a los ochenta años porque llegó el amor en el cuerpo de una señora diva. En nuestro medio, valga decir, no abundan los escritores interesantes. Abundan los presumidos, los egópatas, los resentidos. Pero eso no necesariamente los torna interesantes. Para llegar a ser interesante en una sociedad pacata y doble, inspirada en la queja, el escritor debe esforzarse demasiado para superar, aunque sea por momentos, las noticias diarias de la corrupción, de la doble vida, de la doble militancia y la medianía de una sociedad melodramática del “Yo me llamo”.

¿Es aburrida la vida de un escritor? Tengo la convicción de que esta pregunta está ligada, hasta la muerte misma del autor, a la pregunta anterior. Pero dejemos que sean los propios escritores quienes  lo digan: “Es verdad que, para un tipo como yo, estos días de encierro son más llevaderos que para el común de los mortales: al fin y al cabo, la vida cotidiana de un escritor es una vida de encierro, dedicada básicamente a escribir, leer y pensar en las musarañas.” (Cercas). Con lo cual se colige que ya en el hábito del escritor, en su habitación propia, convive el patógeno del tedio. “Un escritor tiene un fuerte entrenamiento para la soledad y el silencio. La gente cree que la literatura tiene mucho glamour. Sí. A ratos cortos, muy breves. Momentos de glamour. Pero el 99% del asunto es encerrarse durante horas y horas cada día en un espacio de silencio y soledad para poder escribir. Aislado” (Pedro Juan Gutiérrez). Con lo cual se entiende que solo el 1% de los escritores en cuarentena autoinfligida, conoce la felicidad.

¿Cómo muere un escritor? Quizá sea la pregunta más lapidaria. Observará el lector ideal que el escritor se hace inmortal en su obra. Pero la inmortalidad es selectiva. Priman las termitas, los ácaros coronavíricos, los comejenes, las aguas desbordadas que inundan las bibliotecas públicas, el papel que se deslíe, el ordenador que un día se apaga. Solo la muerte es democrática. Dirá el lector plagiario que todo escritor es el olvido que seremos. Tal vez un lector intermedio juzgue que el escritor muere poco a poco, en cada una de sus obras. En las palabras, en lo que imagina con ellas, está escrita su derrota, su no ser. En la página necrológica, viral por un día, se condensará su historia, su solapa, su retirada.

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