Saboreando el pasado

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Prácticamente en cada cuadra hay un local dedicado al deporte favorito de los cochabambinos: el de ejercitar la mandíbula a toda hora, con o sin motivo. Entramos a un lugar familiar, donde aparte de saborear un magnífico café acompañado de un sonso, me alimenté de esas pequeñas cosas que hacen grande al pasado: recuerdos de una época que la forjaron nuestros viejos, nuestros abuelos.


 

Una tarde de esas en la que el aburrimiento hacía mella en nosotros, decidimos ir a comer a cualquier sitio de nuestra gastronómica ciudad.

Es sorprendente lo mucho que ha crecido la urbe en torno a la comida, llenándose de boliches (no de lujosos restaurantes) temáticos donde nunca falta un menú característico. A la oferta de platillos tradicionales, se han sumado recetas de otros países, antes desconocidas por estos lares, como las arepas venezolanas, las barbacoas americanas, los sushis japoneses, los kebabs turcos, etc.

Si hasta los veganos y aficionados a la “gastronomía molecular”  tienen sus sitiales, un día de estos vamos a despertar con que perros y gatos habían tenido sus merenderos favoritos.

Prácticamente en cada cuadra hay un local dedicado al deporte favorito de los cochabambinos: el de ejercitar la mandíbula a toda hora, con o sin motivo. De hecho, hay avenidas donde se suceden churrasquerías, pizzerías, pollos fritos y hamburgueserías, y entre sus escasos huecos prosperan, curiosamente, algunas farmacias.

 

Cartel restaurante Abuelita Ruth. Foto por José Crespo

 

Sin rumbo definido, en el camino se nos ocurriría caer en alguna confitería, un salón de té o algo parecido.

Insólitamente, a mi octogenaria tía se le antojó helado y eso que el clima no daba para tal cosa, pues horas antes había llovido y el frío con sus humedades aconsejaba un manjar caliente. Yo deseaba a toda costa un café bien cargado, a la manera antigua, medio turco y bien tinto, no estaba para finuras del tipo capuccinos, espressos y no sé qué otras vainas que hoy se destilan, perdón, se estilan.

Caímos en un sitio familiar, a medio camino entre una repostería y una cafetería, decorado sin ínfulas de nada. Se respiraba paz entre sus muebles con aires avejentados y totalmente inconexos, ni una mesa o taza se parecía a la otra. Objetos que parecían rescatados de una venta de garaje o de un mercado de pulgas. Mobiliario que fácilmente en otra parte estaría destinado al depósito de las cosas antiguas e inservibles.

 

Bicicleta y pie de manzana. Foto por José Crespo

 

Aquí tenía una función válida y de lo más entrañable: traernos el pasado al presente para palparlo con la mirada, detenerse en cada detalle y, por qué no, respirarlo como si de verdad lo hubiéramos vivido las nuevas generaciones.

Aparte de saborear un magnífico café acompañado de un sonso (pastel, a ser posible humeante, de yuca con queso) con resabios de toque oriental, me alimenté de esas pequeñas cosas que hacen grande al pasado: recuerdos de una época que la forjaron nuestros viejos, nuestros abuelos. Y que por iniciativa de unos espíritus generosos, esos objetos y trastos cotidianos que los habían acompañado, recobraban vigor ante nuestros ojos.

 

Sonso y café, una deliciosa combinación en todo momento. Foto por José Crespo

 

Por un momento creí escuchar una añeja canción marcada por la aguja que recorría sus pistas.

Antes de la invasión del plástico y de todos sus males.

 

Tocacintas y radio. Foto por José Crespo

 


P.S. Menos mal que el pasado se puede todavía paladear por la vía musical. Si es en versión vinilo, la sensación resulta impagable.

 

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