Sálvese quien pueda

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Un día, los hombres se sintieron lo suficientemente fuertes para defenderse solos en el mundo.

Así que citaron a Darwin, a Marx, a Nietzsche y mataron a Dios.

No había pasado más de un siglo cuando se descubrieron desamparados.

Y he aquí que empezaron a forjarse religiones portátiles, cada una a la medida de la propia desesperación.

Digo religiones porque todas involucran, en un  momento u otro, el concepto de salvación.

Si no ya el alma, porque de paso suprimieron también el alma, se pretende salvar el planeta, salvar el agua, salvar a los animales, salvar los árboles.

De un momento a otro el mundo se llenó de salvadores, que van y vienen con sus pancartas, sus consignas, sus plantones y sus puestas en escena.

Lo delicado del asunto reside en que ni a los árboles, ni a los animales, ni al agua, ni al planeta les importan un comino sus salvadores.

La razón es simple: no los necesitan. Llevan millones de años valiéndose por sí solos. Cuando una especie particularmente molesta y dañina- digamos, la humana- amenaza el equilibrio del mundo, sacuden el lomo y la borran de la faz de la tierra.

Incluidos los dinosaurios, llegado el momento todos han recibido su merecido.

En realidad, sucede que en los tiempos del capitalismo tardío el Homo Sapiens siente pánico ante la mera posibilidad de su extinción y la de su prole.

Es natural. El instinto de supervivencia es el más poderoso de todos. Pero el tamaño del peligro es tal, que el sexo por sí solo no garantiza nada, aunque nos reproduzcamos como marsupiales: éstos últimos también se encuentran en peligro.

De modo que sólo queda emprender cruzadas de salvación.

Soteriología, llaman los teólogos a ese campo del conocimiento. Es decir, doctrina enfocada a conocer los caminos que conducen a la salvación.

Desde luego, no creo que ni a los colectivos ni a los activistas modernos les interesen semejantes sutilezas: lo suyo es urgente. Se necesitan respuestas aquí y ahora.

No es para menos: los bosques del planeta arden, exterminando de paso miles de especies que habían sobrevivido  hasta ahora a la devastación emprendida por los humanos.

La contaminación del aire sigue facilitando la multiplicación de toda clase de enfermedades respiratorias.

Las aguas de ríos y mares están cada vez más podridas, matando peces por millones.

Aquí nada más, en el Departamento del Chocó, la gente no puede comer pescado, porque está envenenado por el mercurio vertido en la  explotación minera.

Las variaciones del clima suelen tener efectos letales. Huracanes y tornados se abaten sobre poblaciones enteras, dejando desolación y muerte a su paso.¿Cómo no entender que toda esta gente hable con tanta insistencia de salvación?

Si hasta les dio por desvirtuar el profundo sentido de la palabra Apocalipsis. En su acepción más amplia, ese vocablo quiere decir renovación, no destrucción como quieren creer estos modernos emisarios del fin de los tiempos.

“Piense en su hija” me dice uno de ellos, alzando al cielo su dedo índice con gesto admonitorio.

Y claro, pienso en mi hija cada minuto de cada día. Pero el asunto nada tiene que ver con mis emociones, ni con las de nadie.

Sucede que, desde el Renacimiento, que no por casualidad inventó el reloj moderno – “El  tiempo es oro”, recuerden- nos consagramos a una explotación implacable de la tierra y de las personas, movidos por el único propósito de conquistar el mundo.

De nada valieron las advertencias de filósofos, sabios y poetas.  Bajo la consigna de “Sálvese quien pueda”, la ciencia y su expresión más mundana, la técnica, dotaron a los humanos toda suerte de herramientas para acelerar la tarea.

Los grandes imperios se disputaron la tierra, amparados, cómo no, en nobles ideales.

“Llevar la civilización a todos los confines”, es uno de los más socorridos.

Pero hay más: “Defender la democracia y la libertad de los pueblos” es otro que ha funcionado de maravilla.

No importa si todo termina en un  campo de exterminio o en un ataque nuclear.

Ya lo dijo la voz del pueblo: “De buenas intenciones está empedrado el camino a los infiernos”.

Hasta que un día, como el personaje de Kafka, la portentosa y errática criatura que es el hombre, se despertó convertida en un horrible  insecto.

En eso consisten las palabras de los poetas: en advertencias para que corrijamos el camino y no caigamos por el despeñadero. Como aquel Tiresias  que pone a Edipo Rey frente a la última oportunidad de afrontar su destino.

Pero la soberbia y la codicia nos hicieron ciegos, sordos y mudos. Creyéndonos amos de la tierra, continuamos la marcha, arrasándolo todo.

Y aquí estamos, sitiados por salvadores de todas las estirpes. Van por calles y caminos con sus cantos, pancartas y consignas, como peregrinos en el camino hacia una Santiago de Compostela convertida en  destino turístico.

Entre tanto, con la paciencia que dan millones de años, la tierra aguarda.

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