San José de León sigue apostándole a la paz

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Por, Julián Arias. Publicado en La cola de rata

El 24 de noviembre de 2016 se firmó en el Teatro Colón en Bogotá el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera por parte del entonces presidente Juan Manuel Santos y el máximo comandante de las Farc, Rodrigo Londoño.

Apartadó, en la región del Urabá, es una ciudad incrustada en una inmensa bananera. Sobre la avenida principal hay grandes centros comerciales, un montón de pequeños negocios, vendedores ambulantes, edificios en construcción, hoteles, bancos, iglesias. Cada tanto cruzan camionetas cuatro por cuatro nuevas, empantanadas y con los vidrios oscuros.

Por alguna de estas calles, el 23 de enero de 1994, se movieron los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que asesinaron a treinta y cinco personas en el barrio La Chinita. Por alguna de estas calles se movieron a mediados de septiembre de 2016 Iván Márquez y otros de los líderes guerrilleros que viajaron desde La Habana para contar la verdad y pedirles perdón a las víctimas de esa masacre. Por alguna de estas calles se desplazó Joverman Sánchez el 21 de enero de 2019 para contar su versión sobre el macrocaso Urabá ante la Jurisdicción Especial para la Paz. Por otra caminó Amado Torres, un líder social asesinado en un corregimiento cercano el 29 de febrero de 2020, el mismo día que Iván Duque visitaba la ciudad.

―Acá no respetan las normas de tránsito, toca tener cuidado.

Eso nos dice Pilar Plaza mientras avanzamos por el centro buscando la salida hacia el sur. Pilar es una española que hace parte de la diócesis de Apartadó y que lleva más de treinta años recorriendo el Urabá y acompañando a comunidades víctimas del conflicto. Ella nos llevará hasta una de las zonas de reincorporación de los excombatientes de las FARC.

En noviembre de 2016 el Estado colombiano y la guerrilla de las FARC firmaron el acuerdo para la terminación definitiva del conflicto. Como parte del proceso de reincorporación a la vida civil de los exguerrilleros acordaron establecer veintitrés Zonas Veredales Transitorias de Normalización que luego llamaron Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación distribuidos en regiones apartadas del país donde la guerrilla tuvo presencia.

Mutatá queda a ochenta kilómetros al sur de Apartadó. Es un municipio pequeño con las calles abarrotadas de gente y el sol belicoso apenas entrada la mañana. Antes de llegar al pueblo una carretera destapada que atraviesa potreros sin vacas se desvía hacia el oriente, internándose en la Serranía del Abibe.

Dos kilómetros montaña arriba, en dirección al Nudo de Paramillo, se encuentra el Espacio Territorial de San José de León: una calle larga pavimentada rodeada de casas de madera y ladrillo. En frente de las casas se ven materiales de construcción amontonados. A un lado, discoteca, billares y una tienda bien surtida. El cobertizo de la tienda sirve de salón de clases; un hombre adulto, una mujer adulta y dos niños sentados en taburetes de madera escuchan atentamente las explicaciones de la profesora delante de ellos.

Pasando la calle está el salón comunal y también un pequeño parque infantil y unos estanques de peces; un chapoteo anaranjado se advierte en la superficie del agua mientras un hombre sin una pierna apoyado en una muleta lanza puñados de comida. Detrás hay un terreno enmontado que se prolonga hasta una zona boscosa. Entre los árboles se distinguen algunas casas. Al fondo, por la carretera que desciende zigzagueante desde la parte alta de la vereda, aparece un hombre seguido por tres perros que camina hacia el caserío mientras desde las casas otros hombres y mujeres levantan las manos para saludar. Cuerpo menudo, camiseta, bluyín y botas color café.

Joverman Sánchez. Fotografía / Cortesía

Joverman Sánchez, mejor conocido como “Rubén Cano” o simplemente el “Manteco”, es un firmante del proceso de paz y líder de los exguerrilleros de la comunidad de San José de León. Tiene 50 años, de los cuales pasó 32 en la guerra. Nos invita a seguir hasta una cabaña hecha de madera con techo de paja ubicada al lado de unos estanques llenos de peces. Los perros se quedan afuera.

― ¿Entonces ustedes me van a entrevistar? ―nos dice mientras acerca una silla plástica― Espere un momentico, miremos primero cuál es el tema, quiénes son ustedes y de dónde vienen.

Luego de escuchar las presentaciones ―dos reporteros y un camarógrafo―, sin levantarse de la silla saluda a dos exguerrilleros que llegaron para acompañarlo durante la entrevista. Uno de ellos tomará apuntes y el otro estará sentado asintiendo a los comentarios de Rubén.

Luego dice:

―Es que a nosotros nos ha tocado muy duro con algunos periodistas. Hace días me hicieron una entrevista preguntándome por lo de Dabeiba; yo dije que todos los grupos armados, legales e ilegales tienen responsabilidad. Ya los medios empiezan a difundir que yo tenía que ver con las fosas de Dabeiba, dan a entender que yo tenía que ver con las fosas. Yo digo, para qué da uno entrevistas a un periodista así. Hay mucha desinformación. Las autoridades y los medios han dicho que tenemos minería ilegal, laboratorios… Tomen fotos todas las que quieran y hagan las preguntas que quieran, aquí no escondemos nada.

Rubén, quien fue comandante del frente 58, hablará insistentemente durante la entrevista de los enemigos de la paz, de promesas de campaña que ofrecían hacer trizas los acuerdos y de los montajes que, asegura, le han hecho para sacarlo del proceso:

Agosto de 2018: “la gobernadora de Córdoba asegura que alias ´Manteco´ estaría liderando disidencias de las Farc entre sur de Córdoba y Antioquia”.

Marzo de 2020: “Joverman Sánchez, un exjefe de las Farc que se movió durante años en Urabá, es el nuevo aliado de Otoniel, el jefe del Clan del Golfo y el narco más buscado del país”.

“Es claro que es un montaje, un falso positivo judicial. Están atacando el proceso de paz. Hay intereses desde el alto gobierno. Los hechos dicen que son así, maneja el discurso de paz, pero sabemos que no están comprometidos con la paz. Desafortunadamente, hay personas dentro del Ejército y la Policía que se prestan para esto. Acá hay unos intereses de atacar la paz, de no permitir que sigamos dando la pelea política”. Manifestó Rubén durante una entrevista a Semana el 3 de abril de 2020. Este era uno de los medios que lo señalaba de tener vínculos con Otoniel, máximo jefe de las Autodefensas Gaitanistas, otrora enemigas a muerte de las FARC.

Después de firmar los acuerdos, el 2 de enero de 2017, ciento treinta exguerrilleros llegaron a la vereda Gallo, en el sur del departamento de Córdoba. Fotografía / Archivo

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Después de firmar los acuerdos, el 2 de enero de 2017, ciento treinta exguerrilleros llegaron a la vereda Gallo, en el sur del departamento de Córdoba, para iniciar el proceso de preparación para la reincorporación a la vida civil.

―Llegamos y no había nada ―dice Rubén. La espalda erguida, los pies cruzados, la mirada fija―. Cuando nosotros llegamos a Gallo, solamente se había hecho el arrendamiento de la tierra, no había una estaca siquiera para medir cuánto era la zona. No teníamos agua. Pudimos acampar y armar los plásticos porque traíamos las maderas de donde estábamos.

Pero las dificultades no solo tenían que ver con la falta de infraestructura y servicios básicos; también, con la propiedad de la tierra, el espacio se había establecido sobre una zona protegida dentro del parque nacional natural Paramillo imposibilitando la realización de proyectos productivos y la legalización del predio.

―Entonces ya la gente con esa incertidumbre empieza a decir que no va más ―continúa Rubén―. Más de la mitad se fueron. Un grupo muy grande salió por los lados de san José de Apartadó, ahí están haciendo su proceso de reincorporación. Hubo gente que se fue para Puerto Valdivia, hubo gente que se fue para Medellín, hubo gente que se fue para Saiza. Los guerrilleros eran en su mayoría del campo y con seguridad dueños de tierrita, o que el tío o que la mamá o que la novia, entonces tienen donde llegar, la gente buscó otra vez su familia. Nos resistimos otro tanto, de esos otros, fuimos cincuenta y seis los que nos vinimos para San José de León.

Rubén parece tener una particular afición por las fechas y las cifras, puede mencionar con exactitud el año, el mes y hasta el número de horas que caminaron en medio de algún combate, o hacer un análisis rápido de los proyectos de piscicultura que lidera junto a sus compañeros: número de estanques, cantidad de peces, precio de compra y utilidad por exguerrillero. Ahora suelta una cifra que nada tiene que ver con peces: asegura que el noventa por ciento de los exguerrilleros siguen firmes con la paz. Y no se equivoca.

El informe de septiembre de 2020 de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) dice que, de los 13.936 desmovilizados de las FARC, 13.098 siguen en el proceso de reincorporación. De estos, 2.626 viven en los antiguos ETCR, 9.532 viven por fuera de estas zonas, mientras que 911 no se sabe dónde están. En las cifras de la ARN no aparecen los más de 200 exguerrilleros asesinados.

Ahora habla de los asesinatos y los disidentes:

Las casas las hicieron con la madera que encontraron en el terreno; unos la cortaban, otros la cargaban y otros empalmaban los cuartones. Fotografía / Archivo

― Durante el proceso de la firma de paz creo que van más de seiscientos líderes sociales asesinados, a esto sumado los exguerrilleros firmantes del acuerdo, son cifras escalofriantes y no creo que sea cosa del pasado y que ya va a mejorar, antes está empeorando. Por estas razones, por el incumplimiento del gobierno o la demora para materializar los acuerdos hay exguerrilleros que se han vuelto a armar. Yo lamento mucho la decisión de los camaradas que decidieron volver a las armas, porque me parece a mí que con volver a las armas se ha perdido un tiempo o una posibilidad de dar la pelea por otros medios, pero cuando no hay garantías, obligan a la gente a volver a las armas.

El día que llegaron a San José de León, en septiembre de 2017, se encontraron con un terreno enmontado y empantanado atravesado por un camino de herradura. Cuenta Rubén que la tierra la compraron entre todos con los dos millones que le dio el gobierno a cada exguerrillero, que llegaron a dormir en caletas y que a los pocos días se hicieron presente la diócesis de Apartadó, la alcaldía de Mutatá y algunos empresarios dispuestos a ayudar. Que las casas las hicieron con la madera que encontraron en el terreno; unos la cortaban, otros la cargaban y otros empalmaban los cuartones, en seis meses tenían veinte casas. Que se alimentaron con los cerdos, las gallinas y los carneros que habían levantado y con los racimos de plátano y los bultos de yuca que les regalaban los campesinos de la región. Que para abrir la carretera hicieron convite; y luego, para pavimentarla, la alcaldía y la gobernación pusieron el dinero y ellos la mano de obra.

Han pasado más de dos años desde que llegaron a San José. La carretera está casi terminada, solo faltan un par de tramos por pavimentar, pero ya están trabajando en ellos. Hay cuarenta y dos casas para cincuenta y ocho familias, poco a poco han ido reemplazando tablas por ladrillos. Los proyectos productivos están arrancando. Hay cuarenta lagos de peces para cuarenta y cinco mil alevinos. Hay galpones con pollos, huertas y una incipiente idea de ecoturismo. Han hecho buenas relaciones con los antiguos pobladores de la vereda, incluso los han vinculado a algunos de los proyectos.

― Pregúntele a la gente de la vereda por nosotros ― dice mientras retira el micrófono que el camarógrafo le había colgado para la entrevista. Su rostro se relaja un poco.

Pilar Plaza, que estuvo todo el tiempo de la charla sentada al lado de Rubén, contesta:

― Yo he estado en reuniones arriba, con la presidenta y con la junta de la vereda, el testimonio es que han descubierto el beneficio que para ellos ha sido que ustedes vengan. A ellos les ha ido bien, meramente la atención que han tenido, que jamás tuvo la vereda. Además, se les ha facilitado el transporte, se les han facilitado muchas cosas, y ustedes también los tienen en cuenta para todo.

― Y podemos hacer muchas cosas más si nos unimos ―concluye Rubén, relajando completamente el ceño. Ya sin micrófonos decide contarnos un par de historias de su época en el monte.

Empieza por hablar del día que tuvo a Carlos Castaño a tiro de fusil en el cerro de las Nubes, el 28 de diciembre de 1998. Dice que murieron dos soldados del ejército que escoltaban a Castaño, que el tipo salió corriendo y se escapó por un desecho y que finalmente lo recogió un helicóptero en Cadillo, al sur de Córdoba.

Luego habla de la batalla de Tamborales en Riosucio, Chocó, el 14 de agosto de 1998. Ese día, sostiene, murieron más de 40 soldados del ejército.

Rubén tiene razón, todos los grupos armados, legales e ilegales, le han hecho daño al país. Pero esto es lo asombroso del proceso de paz. Hace algunos años estos hombres andaban disparando en montañas y pueblos, ahora levantan casas, piensan en proyectos productivos, caminan la vereda empujando carretas cargadas de cemento. Ellos saben que los señalan, que podrían morir por apostarle a la paz como ya ha pasado con algunos de sus compañeros, pero la esperanza persiste. Aunque con dificultades, siguen esforzándose por cumplir lo acordado.

Rubén se despide y sale de la cabaña. Nosotros decidimos hacer otro recorrido por el caserío. El hombre sin una pierna terminó de hacer su trabajo. Ahora está sentado adentro del salón comunal frente a frente con un universitario que vino desde muy lejos para convertirse en el profesor de la escuela. Ambos se miran detenidamente: los codos sobre la mesa, la muleta recostada en una banca, las piezas del ajedrez listas en el tablero.

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