Sensación de fin de mundo.

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Europa se incendia, las altas temperaturas, antaño fenómenos extraordinarios, se han convertido en la constante que arrasa este continente desde comienzos de la primavera, convirtiendo esta estación en un verano alargado. La primavera y el otoño, tal y como se presentaban, han empezado a extinguirse.

Mientras en Colombia el cielo nos cae encima, llevamos ya dos años continuos en los que no para de llover, y esta circunstancia extraordinaria tiene amplias y complejas consecuencias: los cultivos se pudren, las carreteras se derriten, el país se anega.

En lo social, los fenómenos globales parecen seguir los pasos a la naturaleza con sus altas temperaturas y tormentosas lluvias.

Vivimos tiempos de borrascosas relaciones sociales.

El continente europeo está inmerso en una guerra que no se supo cómo comenzó, y mucho menos se sabe cuándo o cómo va a terminar.

Hay escasez de todo, por la pandemia, por la guerra, por el calor sofocante o por las lluvias incesantes. La logística de la era globalizada se complica hasta el punto del desabastecimiento generalizado. Los precios aumentan, la economía se recalienta al tiempo que el poder adquisitivo se ahoga en las aguas de la inflación mundial.

La recesión está a la vuelta de la esquina, y se dice que en algunos países ya está instalada en el comedor principal. Las penurias se multiplican, el mundo retrocede en sus precarios avances en términos de igualdad y ascenso social, la pobreza acecha como un fantasma que recorre, no sólo a Europa, sino al mundo entero.

Los países de América viven un momento turbulento. Estados Unidos está sumido en una profunda crisis política y social, es un país dividido y radicalizado, con la economía comprometida, características todas de las potencias en declive.

Centro América vive un éxodo sin precedentes.

Los países suramericanos no levantan cabeza, hay crisis en Argentina, Brasil, Chile, Venezuela, Ecuador, y Perú.

Colombia vive un momento de gran incertidumbre.

Después de las elecciones del pasado junio, y en virtud del resultado electoral que marca un giro a la izquierda en las políticas públicas, nuestro país padece del síndrome del aplazamiento, del compás de espera que, como dijo algún intelectual, sólo sirve para hacer círculos vacíos.

En la calle, en los restaurantes, en las inmobiliarias, en el comercio, todo parece detenido, el servicio es a desgano y las posibles inversiones están a la espera de mayores certitudes que, parece, no vendrán.

Como ha dicho otro intelectual, Hernando Gómez Buendía, “vamos hacia un despelote de buenas intenciones, diagnósticos erróneos, metas imposibles, ministros competentes y nuevas frustraciones”.

El nerviosismo es generalizado, es mundial.

Tal vez se trata de que asistimos a los límites del modelo capitalista en su fase de globalización. Nos preparamos para ingresar a otra etapa, el problema es que nadie dice con claridad a cuál, ni se han puesto sobre la mesa las claves de este nuevo período.

Mientras tanto, vivimos bajo una espesa nube, y como en esas tormentas de polvo del Sahara que han cubierto recientemente a España con sus sofocantes partículas naranjas, nos orientamos difícilmente y, por ratos, ni siquiera alcanzamos a respirar.

Contamos historias desde otras formas de mirarnos.

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