Ser madre: ¡Cuánto me cuesta!

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Y es que tener hijos consiste en mezclar en un solo sentimiento el instinto de conservación, el ego y la incertidumbre de la existencia.


 

No sé si a toda mujer le ha sucedido, que, se espera de ella una única cosa sin lugar a discusión: que llegue a ser madre.

Mi vida estuvo siempre cruzada por esa expectativa, que desde muy pequeña se perfilaba como la obtención de una especie de placer. Recuerdo mirar a los bebés en brazos de sus madres, y experimentar una conmoción interior, algo similar a un llamado que se presentaba en mi muy fuerte y gozoso: ¡quería ser madre!

Luego, cuando fueron pasando los años, esa solicitud esencial se silenció y vinieron los razonamientos. La reflexión relativa a la búsqueda del padre de mis potenciales hijos, por ejemplo, ocupó buena parte de mis inquietudes juveniles.  A veces se perfilaban algunos que intuía podían llegar a ser, y entonces me desplegaba en ese romanticismo adolescente que dibuja hogares plenos de miel y nueces.

 

Foto extraída de: Pixabay.

 

Pensaba cómo sería ese futuro lugar, inasible pero tibio, en el que se cobijarían tantos sentimientos mezclados: la violencia del impulso sexual juvenil, al tiempo del deseo de concebir un ser, producto del pretendido enamoramiento.

Pero la realidad dista mucho de desarrollarse con arreglo a las fantasías infantiles y a los espejismos de la juventud.  Algo de ello es necesario para, como dice mi amigo Gustavo Colorado, apretar los dientes y seguir adelante siendo consecuentes con lo que en su momento creímos “decidir”, en el ejercicio de nuestra pretendida autonomía. Parte de ese eco de ideal romántico se conserva porque, en su ausencia, los días se presentarían fríos y atemorizantes. 

Y es que tener hijos consiste en mezclar en un solo sentimiento el instinto de conservación, el ego y la incertidumbre de la existencia.  Un hijo es dicha y dolor, es ternura y decepción, es sufrimiento y gozo, todo en un mismo acto de afirmación y continuidad de la especie.

 

Foto extraída de: Pixabay.

 

Ningún niño nacido es automáticamente humano, como sentencia lúcidamente mi maestro ausente.  Hay que traerlo a la humanidad a través de la cultura, de la enseñanza de los comportamientos que lo harán un ser social.

Esa tarea en los primeros años es agotadora, hasta amenazar con dejar menguadas las fuerzas con que se nos había dotado para ello.  Es peor cuando se le rodea de mucha reflexión. Porque al meditarlo en exceso, se cae en la pretensión de un imposible: abarcar una innumerable serie de dimensiones y posibilidades que dejan a la madre, que así procede, extenuada en el intento por otorgar “lo mejor” a su criatura.

Los hijos nos beben, nos comen vivas.  Los hijos nos prueban, nos saborean. Recuerdo entonces que mi hijo menor, chupando muy animado mis cabellos, solía decir: “mamá, tu pelo sabe a espagueti”.

 

Foto extraída de: Pixabay.

 

No es solo el esfuerzo físico, que es superlativo para el cuerpo de la mujer. No se trata únicamente de entregar nuestras reservas de energías convertidas en alimento que nos fluye de los pechos.  Yo diría que la valentía  más significativa consiste en pensar. Reflexionar constantemente en el bienestar del hijo.  Ello implica considerar al tiempo todas las dimensiones de la supervivencia: sicológicas, fisiológicas, intelectuales, comportamentales, relacionales, emocionales, vocacionales, etc.

La pregunta abierta por la ventura del hijo ocupa integralmente la realidad de la madre, y no la abandona jamás, será siempre, desde el instante de la concepción, un instrumento al servicio de la naturaleza y su feroz impulso de supervivencia; la esclava física y mental de sus hijos. El yugo que la sujeta es el peor de todos y el más efectivo con el que la naturaleza haya dotado a ser alguno: el amor.

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