Sobre el ruido en Pereira.

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El pasado día sin carro la ciudad descansó, por decirlo de alguna manera, de su  estrés habitual.

Y aunque buses y taxis podían circular, es innegable que por lo menos en cuanto al ruido se refiere, la ciudad se sintió más liviana.


Fotografía: Jhon Edgar Linares

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Con la entrada en vigencia del nuevo código de Policía, se ha empezado a regular la contaminación auditiva.

Es indiscutible que estar sometidos a emisiones de sonido a altos volúmenes, nos afecta.  Nos resta concentración, perturba el descanso, y genera tensiones que disminuyen la capacidad de trabajo, entre otros efectos negativos.

Son muchos y diversos los agentes contaminantes en estos casos.

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El pasado día sin carro la ciudad descansó, por decirlo de alguna manera, del estrés que significa estar atrapados en los atascos viales, cada día más frecuentes.

Y aunque buses y taxis podían circular, es innegable que por lo menos en cuanto al ruido se refiere, la ciudad se sintió más liviana.

No sé si la prohibición de circulación también cobijaba a los vendedores ambulantes y sus carretas, pero poco se vieron ese día.

 

 

Nos vimos liberados de las estridencias que acompañan, megáfono en mano,  la oferta de todo tipo de verduras o frutas que comúnmente invitan a comprar estos venteros, anunciándolas a todo parlante.  

Que circulen, además, en contravía por las principales calles y carreras, es lo que completa el espectáculo bárbaro que a diario atormenta a vecinos y transeúntes.

 

 

En cuanto a las fiestas que se realizan en el sector rural, por lo menos en  Cerritos, la Policía ha estado muy acuciosa, enviando la patrulla para que se suspendan las presentaciones de cantantes, disc jockeys, mariachis o karaokes.

Las padecíamos, a veces provenientes de varios costados al tiempo, con lo cual un fin de semana en estas zonas era por ratos un martirio.  

A partir de la puesta en marcha de la normatividad, disfrutamos de noches tranquilas, acompasadas por el sabio caer de las gotas que abrazan en su descenso a los árboles de hoja ancha.

 

 

Mi esperanza consiste en que no se baje la guardia y se mantenga el llamado al orden.

Y que suceda como en el caso del cigarrillo: una vez prohibido su consumo en lugares públicos, la población ha adquirido una extrema consciencia sobre la contaminación a la que estuvo sometida.

Con la prohibición del ruido, al igual que con la del tabaco, nos sentimos rescatados y ya no queremos volver a la antigua situación, tiranizados por aquellos que se consideraban superiores a la regulación  y que no reparaban en las consecuencias de sus actos.

 

 

Adicionalmente, sería bueno extender la medida del día sin carro a por lo menos una jornada mensual.

Así me odien por decirlo, a la ciudad le convienen este tipo de actividades, para ir haciendo la diferencia.

Eso sí, con mayor compromiso de quienes prestan el transporte público para que sus vehículos no destaquen por la contaminación que generan.

 

 

Y, ojalá, parqueaderos en las entradas de la ciudad desde las zonas suburbanas y rurales, articulados con el sistema de transporte masivo.

Todas estas acciones sin duda nos irán propiciando el discernimiento suficiente para saber qué es lo mejor a la hora de tener un ambiente en el que sea agradable y provechoso vivir.

 


 

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