Sororidad: el último acto revolucionario

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Por Juliana González |

Ser mujer en marzo parece sencillo.

Los medios ponen la lupa en nuestras luchas para desmontar prejuicios, conseguir reconocimientos a la autonomía física, destacan a aquellas que han alcanzado altas dignidades en la industria, el simbólico juicio a Hervey Weinstein, el mea culpa de Plácido Domingo.

Reflectores encendidos y cortinas descorridas que demuestran que el camino de la equidad sigue siendo largo y en algunos casos cuesta arriba.

 

Imagen: César Mejías

 

De acuerdo con el estudio “Atlas de la sociedad civil”, adelantado por las ONG “Pan para el mundo” y CIVICUS, que revisa la situación de las libertades y garantías para los activistas sociales alrededor del mundo, las mujeres llevan la peor parte. El informe concluye que justamente las mujeres y los movimientos de reivindicación femeninos son los más maltratados y se ven en muchos casos maniatados por políticas regresivas que reducen su campo de acción, en los escenarios públicos, que ya de por sí están dominados por los hombres.

A esto hay que sumarle que el 97% de la población mundial vive en ambientes que presentan algún grado de hostilidad contra los movimientos de la sociedad civil.

Además, en todas estas regiones, las mujeres son las víctimas recurrentes de la más amplia gama de violencia: desde el acoso digital hasta las agresiones físicas y los asesinatos con trasfondo político. Una preocupación compartida por el relator especial para los derechos humanos de Naciones Unidas, Michel Forst.

 

Tomada de france24.com

 

Los líderes sociales llevan a cuestas defensas que encuentran bastantes enemigos poderosos, por ejemplo, los terratenientes y organizaciones criminales frente a la restitución de tierras, empresarios inescrupulosos o el mismo gobierno frente a las luchas ambientales, la iglesia y los sectores más puritanos de las élites políticas y económicas frente a la autonomía femenina sobre salud reproductiva y sexual.

Y en todos los casos, la condición de género aumenta el grado de exposición de las lideresas sociales, a actos de violencia física o sicológica. Algo similar encontró la oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, que solo en Colombia durante 2019, “documentó 108 asesinatos de personas defensoras de derechos humanos, incluyendo 15 mujeres y dos integrantes de la población LGBTI” Y sobre la violencia sexual presentó las cifras del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, según las cuales “en 2018 la tasa de violencia sexual fue de 52,3 víctimas por cada cien mil habitantes, 4,02 puntos más alta con respecto a la de 2017. Esta tasa fue la más alta en los últimos 10 años.”

Y así visto en negro y blanco, en letras y números, este ejercicio de publicar y digerir cifras es insuficiente para explicar la dimensión de la violencia contra las mujeres. Un problema endémico a juzgar por esta última ráfaga de cifras descorazonadoras: 90% de la población mundial tiene prejuicios contra las mujeres, 30% de los habitantes de este planeta consideran que es legítimo que un hombre golpee a su mujer.

 

 

Ser mujer fue tan difícil tanto en los inicios del movimiento de los derechos humanos en el siglo XVII como en marzo de 2020. Pero creo firmemente en la visibilidad que gana un antídoto contra este mal llamado machismo. Se llama “sororidad”, se refiere a la amistad cómplice y solidaria entre mujeres. La misma que sirve para apoyar a la amiga en problemas, acompañarla a denunciar a su violador, tenderle la mano cuando decide por fin abandonar una relación tóxica.

La sororidad nos permite descubrir potenciales en otras mujeres para construir juntas proyectos productivos o creativos. La palabra está ya anclada en el idioma español, oficialmente en 2018 cuando la Real Academia de la Lengua, la incluyó en su diccionario.

 

 

Difiere del patriarcado, en el que se impone la ley de pisar cadáveres para sobresalir.

La sororidad se rebela contra esa estructura y se basa en la arquitectura solidaria. Las mujeres como aliadas rompen con ese principio maquiavélico de “divide y reinarás”. La sororidad permite entender que en la mesa hay más de un lugar para las mujeres, que no es necesario administrar pobreza para repartir precariedad. El mensaje revolucionario que encierra la sororidad es que las relaciones humanas femeninas están construidas a partir de la empatía, del diálogo.

En eso las mujeres hemos sido buenas. Y las cifras brutales, absurdas, pero no por eso inventadas, son la confirmación estadística de que la sororidad es la salida a este problema endémico del machismo.

 

Contamos historias desde otras formas de mirarnos.

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