Stefan Zweig en América del Sur: correspondencia con Jules Romains

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Cartas de Stefan Zweig a Jules Romains


 

Introducción del editor de La Cebra que Habla:

Stefan Zweig es un escritor que trasciende en el tiempo. Si creemos a Hegel que el espíritu está presente en la historia de la humanidad y este guía el progreso,  el espíritu ilustrado de este austriaco fue la luz de un hombre consagrado enteramente a la literatura, y de ahí que su vida y obra sea una moda sin tiempo, porque más  y cada vez más, sus libros se siguen imprimiendo y leyendo en muchas partes del mundo y en idiomas insospechados.

Como dijo alguna vez el escritor argentino Jorge Luis Borges: escribir es un acto de fe. Y en esta apuesta, Zweig arrojó su vida a ello, su obra fue el resultado de su pasión y su muerte fue la culminación de ese proyecto personal y subjetivo. Un final, tan trágico, no solo para él, sino para el mundo ilustrado y literario. Fin que en cierta forma no opaca su obra, porque hay vidas hacia las cuales nos volvemos porque su genio (creativo o no) provoca ansia de conocer el secreto. Su obra es ese secreto a desvelar.

Hemos seleccionado esta correspondencia, de entre otras, debido a que su importancia estriba en que fue con Jules Romains, con quien posiblemente Zweig compartió sus últimas cartas, esas tan sensibles y reveladoras, como las podrá valorar el lector. Dinámica esta tan propia de los escritores que conservan afinidades electivas, casi como si se jugara “ajedrez por correo” con la paciencia de un santo. Así fue que entre estos dos hombres se consolidó un ir y venir, de días y noches, de ciudades y países, de sentimiento y de  espíritus genuinos entregados a conversar por misivas.

Para efecto de la introducción a la correspondencia se ha escogido las palabras preliminares que el mismo Jules Romain quiso plasmar como una forma de señalar el camino para ingresar a ese país íntimo llamado amistad. El texto se ha traducido directamente del francés, de los libros: Stefan Zweig, Correspondance 1932-1942, trad. de l’allemand par Laure Bernardi, Le Livre de Poche, Paris, 2010, 506 p y en otras partes se consultó Les derniers jours de Stefan Zweig, de Laurent Seksik, Flammarion, 186 p.  La idea capital es conocer los últimos pensamientos escritos que Stefan Zweig compartió con su amigo, donde poco a poco se ve como la chispa y la pasión de este  gran escritor vienés se va extinguiendo lentamente, y esto después de vislumbrar el mundo de ayer en sus libros, y no poder ver el fin de una guerra sin cuartel que terminó en victoria para el mundo civilizado.

Así entonces, empezamos con la introducción que ya se ha justificado, y posteriormente se irán publicando las cartas, que en algún momento se consideraron inéditas, al menos para el mundo hispanohablante. Bienvenidos.

 

***

 

La muerte voluntaria de Stefan Zweig y de su joven esposa, la dulce y encantadora Lotte, ha sido una de las mayores pruebas de mi vida, uno de los desgarrones más crueles y de más difícil compostura que se han producido en mi “universo”. Stefan Zweig era una de las cuatro o cinco personas para quienes tenía a la vez estima y afectos mayores. Algunas de nuestras amistades, de nuestras admiraciones, de nuestras creencias y convicciones principales nos eran comunes. Nuestros sueños de juventud habían sido muy afines.

Habíamos depositado en el siglo incipiente el mismo género de confianza, y los mismos desengaños uno a uno nos había ido lastimando, sin arrebatarnos por entero nuestro valor. Un porvenir en el que Stefan Zweig no ha de estar presente me parece de todos modos hendido por una grieta de melancolía; y no poder de cuando en cuando comentar con él su espectáculo será para mí una privación esencial.

En el estudio que le consagré, dije, al tiempo que elogiaba al escritor, cuan juicioso era y qué placer de cordura procuraba su conversación. Lo que no dije, lo que siento no haber dicho mientras se hallaba en vida, es qué amigo bueno, leal y afectuoso sabía ser, es qué noble concepto, grande y antiguo, tenia de la amistad.

 

Jules Romains , nacido como Louis Henri Jean Farigoule (26 de agosto de 1885 – 14 de agosto de 1972), fue un poeta y escritor francés y fundador del movimiento literario Unanimismo. Foto extraída de: devoir-de-Philosophie.

 

Pero la muerte de Stefan Zweig ha sido también para el mundo uno de los acontecimientos espirituales más graves y una de las advertencias más significativas que han ocurrido en estos recientes años. Peor para el mundo si no lo ha comprendido así. Sé que muchos han comprendido. Para estos sobre todo he resuelto publicar las cartas de Stefan Zweig transcritas a continuación y que se refieren al último periodo de su vida. Dan una idea familiar de su persona. Esclarecen las andanzas de su espíritu y de su corazón en el seno de una época espantosa. Contribuyen a explicar su muerte.

Para comprender bien su ilación, así como para que no den lugar a extrañeza sus lagunas, son necesarias algunas explicaciones. Llegamos a New York, mi mujer y yo, procedentes de la Francia invadida, el 15 de julio de 1940. Tuvimos la grata sorpresa de encontrar allí a Stefan Zweig y a su mujer llegados asimismo pocos alias antes de Inglaterra, donde tenían su casa, en Bath, junto a la costa oeste. Era en efecto una sorpresa; porque cinco semanas antes, en vísperas de dejar nuestra casa de Grandcour, en la Turena, habíamos recibido allí una carta de Zweig, fechada a 1º de junio en Bath, en la que nada nos decía de un viaje próximo.

Por lo demás solo estaban de paso en New York. Iban a América del Sur donde Zweig debía efectuar un viaje de conferencias. Partieron poco después. Durante este circuito del segundo semestre de 1940, que le dejaba escasos ocios, Zweig no me escribió sino breves tarjetas y la carta que aquí se reproduce. (La primera y próxima carta a publicar en este portal) .

 

Zweig nació en Viena en el seno de una rica familia judía. Su padre era fabricante textil, y su madre provenía de una familia de banqueros judíos. Ya en su adolescencia, Zweig envió poemas y artículos a algunas revistas y mantuvo correspondencia con importantes figuras literarias. Foto extraída de: Fronterad.

 

Regresaron a los Estados Unidos a primeros de enero del 1941, y se establecieron en seguida en New Haven, al norte de New York, sede de la universidad de Yale. Pensaba Zweig que tendría necesidad, para su trabajo, de la biblioteca de la universidad, una de las más ricas del mundo. Pensaba necesitar también cierta soledad -lo que era quizá un error- y juzgaba que la encontraría más fácilmente en New Haven que en New York, en lo que no se equivocaba.

Stefan Zweig y su mujer, bastante quebrantados por el invierno transcurrido en el frío húmedo de New Haven, volvieron de nuevo a instalarse en New York a comienzo de la primavera, permaneciendo allí basta fines de junio.
Durante todo este periodo de New Haven y de New York nos correspondimos entre nosotros sino por telegrama o por teléfono puesto que nos reuníamos a menudo y juntos pasábamos largas horas.

Hasta se interesó vivamente, con un celo que en estas materias no la era habitual, en la fundación del Pen Club europeo de América (qua debía levantar entre cierta gente de mala fe y de peor voluntad tantas querellas absurdas). Sacrificó su afición a la soledad para tomar parte en numerosas reuniones del comité donde prodigó los más útiles consejos.

 

El suicidio del escritor austriaco fue el fruto de un proceso de desarraigo que se inició con su huida de Austria en 1934 y se perpetuó con una existencia errante que le llevó a Londres, Bath y Nueva York. Foto extraída de: Newstatesman.

 

A fines de junio, Zweig, presa de un inmenso cansancio -que me pareció brusco y misterioso- dejó New York por un pueblecito de la zona norte, Ossining, anunciando que iba a pasar allí los días estivales. Fuímos a verle el 13 de julio, antes de salir nosotros también hacia la escuela francesa de Middlebury, en el Estado de Vermont, donde nos esperaban, y luego hacia el Canadá. Nos impresionó sobremanera el cambio operado en Zweig en tan cortas semanas. Física y moral mente, daba la impresión de un hombre roto. Lotte también se hallaba muy melancólica.

Él nos anunció que había modificado una vez más sus planes y que en lugar de pasar el verano en la linda casa de Ossining donde residía, pensaba marcharse de nuevo a Sudamérica. Pero después sus proyectos eran vagos. No podía decirme con certeza cuánto tiempo permanecería allí. Nuestra separación podía ser larga, a menos de que también mi mujer y yo hiciéramos el viaje a Sudamérica, a lo que nos animaba.

Procuré confortable lo mejor que pude. Cambiamos grandes adioses repitiéndonos que de un modo o de otro nos las compondríamos para volver a encontramos pronto. “Haré que le inviten para dar allí conferencias”, me decía. No sabia al separarme de él que no volvería a verle más.

 

Circa 1940: Stefan Zweig (1881 – 1942), Escritor británico nacido en Austria, poeta, pacifista y traductor de Ben Johnson, trabajando en una pieza con su esposa y secretaria Lotte Altmann. (Photo by Three Lions/Getty Images)

 

Sin embargo, tanto me había impresionado su aspecto que le escribí poco después una carta particularmente larga y afectuosa, que recibió en Río y a la que contestó con la aquí transcrita del 2 de septiembre. Premedité también darle una amistosa sorpresa con motivo de su sexagésimo aniversario, que debía ocurrir el 28 de noviembre de 1941 y cuya idea sabía yo que le preocupaba.

Me puse de acuerdo con el editor americano de Zweig y mis editores franceses de New York a fin de que apareciesen al mismo tiempo en forma de dos folletos primorosos, el texto francés y la traducción inglesa del estudio que sobre él había escrito y para que los recibiesen en Río el día ale su cumpleaños. Lo que se realizó según lo atestiguan su carta del 28 de noviembre y la esquela de Lotte.

Continué nuestra correspondencia con la lentitud impuesta por la dificultad de las comunicaciones.

 

Stefan Zweig (1881-1942) cruzando el Atlántico en su primer viaje a Brasil , 1936. Foto extraída de: Gustav-Mahler.eu

 

También nosotros habíamos dejado New York para llegarnos a través de los Estados del Sur hasta Florida, después a La Habana, más tarde a New Orleans. Al saber que nos disponíamos a pasar una temporada en México, Zweig se decepcionó un poco pensando que esto impediría o retrasaría nuestra reunión en el Brasil.

El lunes 23 de febrero a las siete ale la tarde, una semana después de llegar a México, Alfonso Reyes me telefoneó para decirme que acababa e enterarse por la redacción de un periódico de la muerte ale Stefan Zweig y de su mujer en Petrópolis. No sabía nada más. En mi dolor pensé en seguida que debía tratarse de una muerte voluntaria. Carecimos de detalles basta el día siguiente.

Siete días más tarde, a la misma hora, recibí la última carta de Zweig. Me la había escrito el 19, cuatro días antes de su muerte y solo dos antes de iniciar sus preparativos (según el relato que de ella me ha enviado Claudio de Souza). He leído esa carta más de treinta veces. No adivino si, al escribirla, se encontraba ya decidido a morir. ¿vacilaba aún? ¿O retuvo, por un supremo pudor de amistad, su confesión?

 

Jules Romains sentado al lado de su esposa y leyendo en el escritorio. enero01, 1940. Foto extraída de: Gettyimages.

 

He adjuntado a ciertas cartas ale Stefan Zweig las cortas esquelas de Lotte que las acompañaban, y que se dirigían por lo común a mi mujer Estas esquelas, además de revelar un poco el alma encantadora y melancólica de Lotte añaden algunas indicaciones sobre la atmósfera cotidiana que, para los amigos de Zweig, han de ser preciosas.

*El texto original de estas cartas y esquelas está en francés.

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