Sucedió un nueve de abril

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Texto: Gustavo Colorado / Fotos: Jess Ar

 


Donde reina el olvido

Es domingo nueve de abril de 2017. Domingo de Ramos en la liturgia católica. Una delgada y persistente llovizna cae sobre Pereira y Dosquebradas.
En  el Parque Jorge Eliécer Gaitán, ubicado frente al  Hospital San Jorge, entre las calles veinticuatro y veintiséis,  dos adolescentes se tocan con  la avidez de los que sospechan que las caricias pueden agotarse en un abrir y cerrar de ojos.


 

 

Vista general desde el Hospital San Jorge del Parque Gaitán, años 50 / Foto compartida por  Samuel A. Osorio‎ en el grupo de Facebook “Fotos Antiguas de Pereira” 

 

Ajeno a esos afanes, el busto del caudillo liberal los mira deshacerse en besos y  dirige la mirada hacia otro  tiempo y lugar, según suelen hacer las estatuas.

Hace sesenta y nueve años, un nueve de abril de 1948, el Gaitán de carne y hueso  cayó acribillado a tiros en las calles de una Bogotá, donde también caía una llovizna delgada y persistente, según cuentan los cronistas de la época.

Dicen que el eco de los disparos  resonó en Colombia entera y por eso de todos los rincones del país salieron  hombres y mujeres iracundos que clamaban venganza y blandían machetes  cortando  todo lo que oliera a  conservador: banderas, ruanas, carteles, cabezas. De  todo, dicen.

Fotografía tomada de Semanario Voz

 

Como ciudad de vieja raigambre liberal, Pereira no  fue ajena a la conmoción.

La escritora Alba Lucía  Ángel recogió algunos de esos momentos de miedo, dolor y sangre en las páginas de su novela Estaba la Pájara pinta sentada en el verde limón.  

“Yo no soy un hombre: soy un pueblo”, dicen que decía Gaitán haciéndose eco de caudillos que en otros lugares de la tierra habían enardecido a las multitudes.


Por eso erigieron  el busto  y le dieron su nombre  a este parque: para que no se olvidara lo sucedido. Y sin embargo, como sucede con todos los asuntos humanos, se olvidó.
Muy pronto se olvidó.

Es  más: a la  pareja de muchachos que se meten mano con  evidente desesperación le importa un  carajo el asunto. Como tampoco les importa a los jóvenes padres que han llevado a  jugar a sus hijos y mucho menos a la pareja de gays que han sacado  el perro a cagar.

Pobre Gaitán , ni los que viven alrededor ni los que cruzan el parque todos los días, ni los que se sientan aquí a tomar trago o a ver pasar el tiempo se acuerdan de lo grande que fue ese hombre. Tan grande, que pudo haber  cambiado la historia de este país  y así no estaríamos hoy tan llevados del putas como estamos.

 

Eso dice Leonardo, un profesor pensionado que se sienta  los domingos a leer el periódico en estas bancas que suele compartir con los que aguardan noticias de sus  parientes  o amigos internados en el Hospital San Jorge.

 

 


Entre la vida y la muerte


Es fácil pensar que, de haber tomado un rumbo distinto, las cosas hubiesen salido mejor. Pero es apenas otra ilusión humana, pienso mientras veo llegar ancianas con maletines de niño, jóvenes con bolsas de pañales, señoras con portacomidas.


Son los que
aguardan alguna noticia y aprenden a leer  el destino de los suyos en el rostro de quienes  estaban dentro del hospital y ahora cruzan la  calle.

En  una sonrisa  pueden leer un nacimiento  o el buen resultado de una cirugía. En otras, las comisuras de los labios apretadas hablan de una agonía lenta o de una muerte inesperada. El busto de Gaitán también sabe de esas cosas.

Actualmente el Parque Gaitán esta rodeado por chazas o puestos donde venden el tinto, la fruta o el confite, alimento de muchos mientras esperan noticias del San Jorge. 

 

Como sabe de la leyenda de Sofonías, el hombre que durante muchos años se encargó de preparar los cadáveres en la morgue del San Jorge y a quien  después de muerto muchos todavía acusan de haber violentado los cuerpos de mujeres jóvenes recién muertas. Necrofilia, es la  palabra  impersonal que utilizan los más refinados para referirse a esa forma del abismo.

Hasta hace treinta años, cuando el negocio de las pompas fúnebres todavía no había sido monopolizado por un puñado de empresas de  alcance nacional, el Parque Gaitán  y el Hospital San  Jorge estaban rodeados de una corona de funerarias  y talleres donde se fabricaban los ataúdes.


Lo de  cepillar, pulir y  clavetear féretros a la vista de todos era  apenas  una entre las muchas estaciones de oficios humanos.

Aquí la panadería, allí el granero, más adelante el taller de mecánica, al otro lado la verdulería,  en esta esquina la farmacia, y entre unos y otros,  los lugares donde confeccionaban  el traje de madera para el último viaje.

Pero una  de las  claves del negocio de la muerte es la asepsia y esas  funerarias a la espera de que los difuntos  salieran del hospital empezaron a  ser vistas como algo de mal gusto.

Una a una se fueron marchando  y ahora solo queda el recuerdo, según cuenta el profesor Leonardo, de los días  en que   esos locales  atestados de parientes  llorones y amigos borrachos eran utilizados como punto de reunión por los líderes guerrilleros  del ELN o el M-19, que planeaban  desde  allí sus operaciones.

 

Al  menos en esa época a nadie se le habría ocurrido buscar a un comandante guerrillero en un velorio, exclama mientras deposita una rosa solitaria en el pedestal que sostiene el busto de Gaitán.

No han pasado cinco minutos y un chico que viaja en patineta recoge la flor y se la  regala a una muchacha en bicicleta que lo aguarda unos metros más allá.

Nadie sabe para quién trabaja.

La última copa

Mientras el profesor Leonardo termina de leer la página de El Diario en la que le dedican una cuartilla  a la memoria de Gaitán,  media docena de perdularios que parecen sacados de una novela de Bukowski  o de una  canción de Tom Waits se consagran a  un rito que  equivale para ellos  a  la misa diaria: mezclan alcohol antiséptico con gaseosa Premio y se  lo beben de a poco entre desvaríos que de vez en cuando son cruzados por un destello de lucidez.

 

“Todos les tenemos miedo a los médicos y a los hospitales, porque   a los consultorios de los primeros uno llega aliviado y sale enfermo y   a los segundos uno llega vivo pero no sabe si vuelve a salir”,  sentencia Wilfredo, la mirada vidriosa, los dedos negros de nicotina, la barbita de  chivo y un aliento que apesta.

El parque  Gaitán viene a ser el templo de estos místicos del alcohol, decididos a apurar hasta el fondo la última  gota de su destrucción.

Todos tuvieron oficios, engendraron hijos, amaron y fueron amados, pero un día algo se quebró en su interior: un dolor heredado, una herida que jamás sanó, una pena remota se abrió paso desde el fondo del cuerpo y del alma y los dejó aquí, sembrados en la mitad de este parque, como un mensaje viviente: la advertencia de que nadie, por firme y fuerte que se crea, está a salvo de  sus propios demonios.

“Uno se descuida y se le arma un nueve de abril”, decían los abuelos para referirse a las ineludibles turbulencias de la vida.

De ese tamaño fue el impacto del 9 de abril de 1948  en la vida de los colombianos. Casi  setenta años después,  no se ha logrado esclarecer quién  fue el  asesino de Gaitán.


Mucho menos se ha conseguido desvelar la identidad  de los que ordenaron el crimen. En su  defecto, quedan parques como este, visitados por jóvenes amantes, borrachos y jubilados,
casi siempre ignorantes de la identidad del caudillo que le dio nombre al sitio.

A excepción, claro, de viejos como Leonardo, que en este domingo lluvioso  ha terminado de leer  el periódico, apura un café servido en un vaso de plástico y  desanda sus pasos con la certeza  de que hoy ha conseguido avanzar  un buen trecho hacia no se sabe dónde.

 

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Perfil

Los “trapito rojo” son los encargados de cuidar los carros y motos que parquean en las calles. Algunos lo hacen desde los parques. Encontramos en el Gaitán a Alfredo Cardona, que además del oficio que realiza día a día, ha cultivado y organizado un jardín en una de las zonas verdes. Lo hace para ayudar a embellecer, el que él considera, debería ser el parque más bonito de Pereira.

Perfil Audiovisual

Les compartimos historia de vida de Gabriel Sánchez, sus emociones cada vez que llega a cumplir con su cita diaria,  y lo que piensa de la gente que a diario comparte con él en el Parque Gaitán.

El parque y sus satélites

Por definición el hospital es un lugar de espera: de la vida y de la muerte. En #NosVemosEnElParque, les contamos en imágenes los rostros, los lugares y los signos de esa espera.

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Crónica Audiovisual

Con el paso del tiempo, los parques parecen ser esos únicos  espacios donde se conservan muchos de los hábitos y oficios que por décadas han identificado a la ciudad y sus habitantes.
Y particularmente ” El Gaitán “, con el ritmo particular que le impone el hospital, con su rutina acelerada en la noche, con esa vida de rebusque en cada uno de sus rincones, es ese parque que aún nos permite encontrar la esencia de los pereiranos, rasgos de identidad en su bohemia, pasión por el comercio y un alto sentido de pertenencia por los lugares públicos que llevan al encuentro.

Pasos en el tiempo:

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