Tiranía de la idiotez

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Este texto hace parte de las intervenciones que siete intelectuales del grupo Crisis y Crítica realizaron en la FIL de Guadalajara 2019 con relación a sus perspectivas sobre las encrucijadas sociales y los retos planetarios actuales. Al finalizar esta entrada están los enlaces a publicaciones que hasta el momento hemos compartido sobre el tema.


 

 

III

TIRANÍA DE LA IDIOTEZ
Christopher Britt (Washington D. C.)

1
El hombre privatizado

No hace falta ser un vidente para vislumbrar las últimas consecuencias de la crisis por la que están pasando las democracias hoy en día. Desde Putin en Rusia a Maduro en Venezuela, y desde Trump en los Estados Unidos a Bolsonaro en Brasil, la tendencia viene siendo la misma: los gobiernos democráticos, ya sean de orientación izquierdista o derechista, se están confundiendo cada día más con las estrategias autoritarias y abusos sistemáticos del totalitarismo. Pero para comprender la estructura general de estas tiranías populistas, no basta con solo observar cómo, mediante la coerción y opresión, los tiranos se sostienen en el poder. También debemos reconocer que la persistencia de estas tiranías se basa en la idiotez.

Idiotez, no tanto en el sentido contemporáneo de la palabra, que usamos para designar a los imbéciles, sino más bien en el sentido que los griegos de la era clásica daban a esta palabra. Para ellos, el idiota era un hombre que había sido excluido de la vida política por haber puesto sus propios intereses por encima del bien común de la polis. El idiota es, en este sentido, un hombre despolitizado. Su vida ha sido relegada al ámbito de la domesticidad, donde puede dedicarse únicamente a la búsqueda de una felicidad frívola y trivial. En este sentido, el idiota no es meramente un hombre despolitizado sino también un hombre que ha sido plenamente privatizado. Es, en última instancia, un ser enajenado de sí mismo, de los demás, y del mundo al que debería pertenecer.

Si bien es verdad que, al establecerse como el único soberano, el tirano reduce a todas las demás personas en su país a este estado de la idiotez; también es innegable que los idiotas recrean a sus tiranos a su propia imagen. La idiotez les exige a los tiranos que ellos también se vuelvan idiotas. Les alienta a que se apropien de los recursos del estado para su propio beneficio. Y en vez de denunciar esta corrupción, los idiotas la celebran; porque la privatización tiránica del estado normaliza la idiotez, confirmándola como la máxima virtud política.

2
La servidumbre voluntaria

Afirmar que los idiotas ejercen esta influencia sobre los tiranos, contradice varios de los argumentos sostenidos a lo largo de los siglos por los grandes teóricos de la tiranía. Desde Maquiavelo a Montesquieu, y desde Weber a Foucault, se ha solido pensar que las tiranías se establecen y se mantienen en el poder a base de la violencia sistemática y la coerción administrativa. Desde esta perspectiva, los idiotas no son sino víctimas pasivas de la tiranía. Así pues, se ha solido denunciar las tácticas del terrorismo estatal – como la tortura, la censura, el desplazamiento forzado, y los campos de concentración– con que los regímenes tiránicos persiguen, castigan, y humillan a quienes se oponen a su soberanía absoluta. A su vez, se ha solido examinar la propaganda política como una forma de coerción sicológica y emocional. Hasta se ha llegado a suponer que las tiranías son capaces de hacer que la gente internalice la lógica perversa de sus mandatos gracias a ciertas ingeniosas prácticas de disciplina y engañosas técnicas de vigilancia. Pero todo esto niega, en nombre de la coherencia y consistencia teórica, una realidad patente. Jamás ha sido necesario engañar a los idiotas, ni manipularlos, ni mucho menos aterrorizarlos; porque ellos ya están dispuestos a renunciar su soberanía y lo hacen de buena voluntad.

¿A qué se debe esta abdicación voluntaria? Y ¿qué es lo que pretenden conseguir mediante ella los idiotas?

El masoquismo, según Fromm, ofrece una posible explicación. Desde su punto de vista, los idiotas entregan su soberanía a los tiranos porque se quieren escapar de la libertad y ser dominados. El problema con este argumento, como bien lo ha analizado Deleuze, es que el masoquismo no exalta al padre o tirano. Al contrario, la fantasía masoquista consiste en la humillación del padre. El masoquista entra voluntariamente en una relación contractual con su madre simbólica para que ella pueda golpear, humillar y ridiculizar la semejanza del padre en él. De esta manera, el masoquista fantasea con eliminar el padre y ser él mismo el origen de su propio renacimiento. Entendido de esta manera, resulta evidente que el masoquismo no nos ayuda a explicar la facilidad con que los idiotas se sujetan a la tiranía.

¿Será que los idiotas se identifican tan plácidamente con sus tiranos porque la tiranía les ofrece la oportunidad de dominar y humillar a los demás? Este es otro argumento bastante común. Piensen, por ejemplo, en el análisis que hace Horkheimer de la personalidad autoritaria o en los “true believers” de Hoffer. Según esta manera de entender las cosas, los idiotas renuncian su propia soberanía porque esto les exime de toda responsabilidad, permitiéndoles ser tan crueles como siempre lo han querido ser. En el sadismo, según lo entiende Delueze, el impulso primordial es degradar todas las leyes, estableciendo de esta manera un poder superior que se coloca por encima de ellas. Ese poder lo representa el padre. Al exaltar la figura del padre, el sadismo fantasea con la destrucción de toda la familia, de modo que el padre, quien representa a la naturaleza como una fuerza anárquica, puede ser restaurado a su lugar mítico por encima del imperio de la ley. Pero tales fantasías sádicas, si bien ayudan a iluminar algunos de los impulsos más profundos de la tiranía y los deseos más crueles y perversos de sus secuaces más entusiastas, no explican por qué las incontables multitudes privatizadas y despolitizadas renuncian su soberanía de tan buena gana.

Sin lugar a dudas, la manera más decisiva de explicar por qué los idiotas regalan su soberanía a los tiranos es la noción de la servidumbre voluntaria, debida a La Boétie. Según él, los idiotas perciben la tiranía, no como una ocasión para la degradación sadomasoquista, sino más bien como una oportunidad para demostrar su amistad, su lealtad, y su amor. Para ellos, el tirano es un amigo. Pero el problema con esto, según La Boétie, es que el tirano vive aislado de los demás y se encuentra más allá del límite de la amistad. Los idiotas entran en un estado de servidumbre voluntaria porque confunden lo que ellos perciben como la integridad de la amistad con lo que el tirano percibe como la intimidad que nace de ser cómplices.

Esta equivocación tiene consecuencias bastante nefastas. De allí que los idiotas exhiban algunos de los signos de mutilación psicológica, emocional, intelectual y moral que generalmente se encuentran entre aquellos disidentes que la tiranía ha querido castigar, sometiéndoles a los rigores del desplazamiento forzado, la censura, la tortura, y la esclavitud. Al igual que estas víctimas de la crueldad tiránica, los idiotas acaban siendo divididos, no solo entre sí, sino también dentro de sí mismos. A la larga, la tiranía acabará pulverizando su psiquis.

Pero en el momento en que los idiotas renuncian su soberanía y reconocen al tirano como el único soberano, ellos no sospechan el provenir tan desdichado que les espera. Más bien intentan “escaparse de la libertad”, como diría Fromm, y dedicarse exclusivamente a su propio bien estar. Lo que más temen y resienten es la conciencia vigilante, la preocupación constante, la ansiedad y el estrés asociados con el autogobierno, la madurez, y el esclarecimiento. Como un rebaño de ovejas infantiles, quieren un pastor que les proteja de los lobos, para que puedan seguir disfrutando de su pretendida inocencia infantil. En este sentido, los idiotas son los no esclarecidos, aquellos que, como los define Kant, existen en un estado perpetuo de “inmadurez auto-impuesta”.

3
El estilo paranoico y la cultura del fragmento

Celosos de su poder y prosperidad, tanto los tiranos como los idiotas comparten, temen y odian a un mismo enemigo: las multitudes que también quieren ejercer la soberanía o, cuando menos, disfrutar de la seguridad y prosperidad. Ellos comprenden que esas multitudes representan una amenaza. De allí su temor. De allí también su odio. Esta mezcla de temor y odio une la tiranía a la idiotez con la fuerza dialéctica de un delirio paranoico. Y esta paranoia es, a su vez, el modelo preciso del poder político moderno: es decir, de un poder que, según el análisis de Canetti, se alimenta de las multitudes y deriva su sustancia de ellas.

Esto implica el uso de dos multitudes distintas, que el tirano enfrenta entre sí. En primer lugar, está la multitud formada por los aparentes enemigos del tirano. Contra ella, el tirano moviliza a la segunda multitud. Esta consiste en las masas idiotizadas que comparten con el tirano su odio y temor. Como observa Hofstadter, este estilo paranoico en la política es la expresión de “mentes irritadas”, cuya propensión a la “exageración acalorada, la suspicacia y la fantasía conspirativa” ayuda a mantener la ilusión de que el delirio paranoico compartido por el tirano y sus idiotas se basa en la realidad.

La propaganda y los medios de comunicación ayudan a sustentar este delirio paranoico. Por supuesto, la propaganda, tal como la conocemos hoy, no se limita en modo alguno a la política. También hay formas comerciales y culturales de propaganda, que ayudan a crear la ilusión de que en el estado privatizado y despolitizado en el que viven, los idiotas son libres de elegir entre un programa de noticias y otro, una marca de pasta de dientes y otra, un candidato a la presidencia u otro. Hoy en día, prácticamente todas las personas tienen acceso a una computadora portátil o un teléfono celular; como resultado, tanto la vigilancia política como la manipulación comercial han crecido hasta el punto en que el deseo tiránico por la dominación total está prácticamente al alcance de la mano. En este sentido, los idiotas de hoy viven en una “sociedad del espectáculo”, como diría Debord.

El espectáculo es una realidad virtual totalizadora que, como argumenta Zuboff, ha devenido en una nueva época del capitalismo global: el “capitalismo de vigilancia”. De lo que se trata es la recopilación de la información personal de los usuarios de plataformas como Google o Facebook que es luego empaquetada para venderla al mejor postor: ya sean empresas de publicidad, gobiernos, o redes criminales. Lo decisivo en esta nueva fase de explotación capitalista es que, más allá de escavar las vidas íntimas de sus usuarios, estas corporaciones buscan moldear, dirigir y controlar el comportamiento de las masas idiotizadas: es decir, buscan trasladar el control total sobre la producción, que caracterizó la era del capitalismo industrial, a todos los aspectos de la vida cotidiana.

Según lo entiende Vaneigem, la opresión inherente a esta sociedad del espectáculo “reina porque los hombres están divididos, no solo entre sí, sino también dentro de sí mismos. Lo que los separa de sí mismos y los debilita es también el vínculo falso que los une con el poder, reforzando este poder y haciéndolos elegirlo como su protector, como su padre”. El espectáculo, y la cultura del fragmento que impone, proporcionan los falsos lazos que unen la idiotez a la tiranía. Esta tiranía de la idiotez equivale a la imposición de una totalidad simbólica que, bajo el pretexto de generar una solidaridad uniforme, se dedica a fragmentar, aislar y enajenar a las personas, tanto a nivel individual como comunitario.

4
La destrucción de la democracia

Fue Tocqueville quien, más que cualquier otro teórico de la tiranía, supo identificar la idiotez como el verdadero sustento de la tiranía y la fuerza más destructiva de la democracia moderna. La idiotez, según Tocqueville, es el resultado de un soborno. A cambio de la prosperidad, las masas aceptan la imposición de un régimen de seguridad que impone restricciones indebidas a sus libertades civiles y políticas. Satisfechas con una vida de consumo y felizmente aliviadas de las cargas del autogobierno, las masas idiotizadas crean sus propios tiranos. La fuerza de esta tiranía no se deriva, principalmente, de la imposición violenta de la voluntad del tirano, sino más bien del bienestar material que la tiranía promete proporcionar. Insidiosamente, la idiotez impone una servidumbre encantadora: una tiranía que agrada, a la medida que degrada.

En última instancia, personas que tienen un potencial inmenso para perfeccionar sus vidas y alcanzar tanto la madurez intelectual como la autonomía política eligen más bien ocuparse de los pequeños placeres de sus vidas profesionales y privadas. De hecho, el desarrollo de esta tiranía de la idiotez ha significado el deterioro del autogobierno republicano y la convergencia gradual pero persistente de la democracia moderna con las tendencias autocráticas, populistas y totalitarias de nuestra época.

5
Más allá de la soberanía

Si queremos librarnos de esta tiranía paranoica de la idiotez, debemos recuperar de la tradición revolucionaria los ejemplos ayer olvidados y hasta hoy vituperados de una democracia participativa y no soberana. Baste con recordar, siguiéndole los pasos a Hannah Arendt, los “wards” o pequeñas repúblicas soñadas por Jefferson, las comunas de Paris, o los soviets de la revolución rusa. Son ejemplos de una democracia local, comunitaria, y participativa donde nadie ejerce la soberanía. No son utopías anarquistas, sino ejemplos efímeros de la democracia espontánea y participativa. Son ejemplos de lo que los griegos de antaño llamaban la polis: es decir, un lugar donde, sin ninguna división entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, se vuelven posibles el auto-gobierno y la convivencia.


 

Siete intelectuales frente a un mundo en disolución:

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