Un fantasma azota a Europa, y no es el del comunismo

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Un fantasma azota a Europa, y no es el del comunismo… y no saben cómo dejar de asustarse con él. Demócratas de todo el mundo ¿os vais a unir, u os dejaréis asustar?


 

Coca – cola demoró 110 años para darse cuenta de que una botella familiar podía ser tan rentable como una personal… así de lenta es la historia, sus configuraciones se logran en tiempos lentos, y hay que saber percibirlos en la complejidad de su devenir, y en las variaciones de sus fenómenos.

La crisis de la democracia occidental no sucede de repente con Trump, no es que de pronto en dos años se dio un caldo de cultivo que cambió el eje atlántico de la democracia de los últimos 60 años. Era algo que ya se veía venir, desde la caída del muro de Berlín, que vio una oportunidad desde la caída de las torres gemelas, y que ha empezado a tener rostro propio desde la victoria de Trump en EEUU.

Otros visos se pueden encontrar en la historia, pero como hechos anecdotarios, y muchos de ellos enclavados en discusiones preelectorales o partidistas, como en el caso de Reagan, o del asesinato televisivo del presidente de Egipto Anwar el Sadat en 1981.

Pero todos éstos son precedentes que sólo intentan demostrar la compleja trama histórica que existe detrás de cualquier fenómeno.

 

Foto extraída de Wikipedia, tomada por Monserrat Boix

 

Aquí también hay que llamar la atención sobre estos acontecimientos y la manera como han sido abordados, eventualmente desde una perspectiva de hiperrealidad, de configuración televisiva, mediática y de masas. Pero también ha llegado la hora de poner todas estas interpretaciones entre paréntesis, discutirlas severamente, y analizar si su eje teórico sigue sosteniendo con fuerza la gravedad de los hechos que nos conciernen.

Curiosamente para lo anterior, es necesario regresar la política y la filosofía política, pero quitándole todo el entramado liberal que parecía comprometerlo y enredarlo de cabo a rabo.

Ni estamos en la era de las teleologías políticas, ni en la de reconfiguraciones parciales, ni en la de movimientos aislados. Hay un “algo” radical que está sucediendo, y es preciso analizar cada una de sus partes, aun cuando se trate de los cuerpos del análisis post-mortem.

En tal sentido, es necesario desasociar la idea según la cual los movimientos sociales son semejantes al desarrollo democrático de una sociedad, y otras según las cuales los movimientos de los de abajo son en nombre de una sociedad más incluyente.

 

Demostración del movimiento “Chalecos Amarillos” en Francia. Foto extraída de Wikipedia, tomada por Thomas Bresson

 

Los “Chalecos amarillos” en Francia son un buen ejemplo de lo anterior. Son un movimiento de clase media baja, semi-rural, semi-campesina que se ha agolpado en las calles contra uno de los presidentes más demócratas en la Francia de los últimos 15 años. Un demócrata “independiente” que ha roto una lamentable tradición en la que el panorama de los partidos de izquierda y centro-izquierda se habían perdido del horizonte electoral francés.

Macron llega con una política de la desilusión: en campaña dijo querer subir la edad de pensión, y permitir una competencia económica con menor intervención estatal, al tiempo que adquirió responsabilidades con las clases populares y el cambio climático, y fue este último, precisamente, el que le ha costado las protestas que hoy tienen acorralado a su gobierno.

Una medida ambiental que sube 3 céntimos de Euro al Diesel para desincentivar su uso, y jalonar políticas ambientales. Con el paso de las semanas (cada sábado) los chalecos amarillos han pasado de ser una curiosa burla, a un movimiento que desestabiliza un gobierno que no sabe cómo responder a sus exigencias (ya ni ellos saben qué desean) pero aunque formalmente esta lógica parezca regresar a las ideas del 68, de miles de jóvenes que salían a marchar a las calles contra un estado de bienestar al que, por otro lado, no estaban dispuestos a renunciar, en este caso sólo hay coincidencias formales: se encuentran en que de un lado no se sabe qué quieren, y del otro no se sabe qué responder… (el gobierno ha subido el salario mínimo, ha suspendido el impuesto al diésel, pero nada de eso ha menguado la furia popular).

 

Emmanuel Macron. Foto extraída de Wikipedia, fuente: www.kremlin.ru

 

Aun se niegan a tener líderes formales, pero es fácilmente predecible que la sinergia de sus integrantes es antisistema, y ese discurso es fácilmente potenciable por la derecha extrema, representada por el clan Le Pen.

Fue el discurso que llevó a Trump a la casa blanca, el mismo que llevó al atolladero del Brexit en Inglaterra, y el mismo que está llevando a los ciudadanos suizos, de los países bajos, eslovenos, alemanes y austriacos a considerar a los partidos xenófobos como verdaderas opciones electorales.

El banderín de estos no es, como lo considera la ciencia política, la xenofobia,; el odio al extranjero es sólo una de sus componentes discursivos. La verdadera fuerza está en el discurso antisistema, en el que curiosamente se ha encontrado con argumentos de la izquierda radical, pero en cuyo caso esta última no ha sabido aprovechar electoralmente (con evidentes excepcionalidades como en el caso de Dresde o algunas ciudades de la antigua Alemania oriental. Marx hablaba de una revolución urbana, pero esto se trata de una re-evolución rural. No miran hacia adelante, su horizonte está atrás; peligrosamente atrás.

La mirada de los más avezados demócratas se ha quedado corta para expurgar su fuerza vital, como lo demostraron al infortunadas aseveraciones de Angela Merkel a propósito del movimiento de extrema derecha “Alternativa por Alemania”, a propósito del desarrollo urbano y de la educación universal: “Son cada vez menos”, como si pasara de largo que los principales líderes son justamente los profesores (también se le llama el “movimiento de los profesores”) con los que piensa eliminar el fantasma del extremismo.

Un fantasma azota a Europa, y no es el del comunismo… y no saben cómo dejar de asustarse con él. Demócratas de todo el mundo ¿os vais a unir, u os dejaréis asustar?

 

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