Un formidable almuerzo otoñal

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La apoteosis llegó con el postre. Todo lo colorido de la estación otoñal se condensó en pocos centímetros cuadrados, gracias a la habilidad y muy buen gusto de mi prima Patricia que dirigía la batuta del evento gastronómico.


 

El sábado pasado estaba yo en casa de mis tíos, y ya me figuraba que tendríamos un almuerzo especial, habida cuenta de que llegaron mis primos desde otras ciudades y uno de ellos desde el extranjero. Mis expectativas aumentaron cuando me enteré de que el agasajo iba por doble partida, pues se esperaba adicionalmente a un invitado importante, nieto de un notable expresidente de Bolivia, escritor, diplomático y periodista cultural de reconocida trayectoria, a quien sólo conocía por televisión y que gracias a la amistad personal de mi tío, pude estrecharle la mano como quien toca a una estrella de cine.

Como aquello pintaba para un gran acontecimiento, feliz me di a la tarea de colaborar en lo que sea, desde acomodar sillas y mesas en el comedor, quitar el polvo a los amplios ventanales del salón, así como levantar la hojarasca que se había reunido en la parte delantera del jardín de la casa, de tal manera que todo estuviera impecable e impoluto. Hasta los limoneros lucían su mejor gala ese mediodía otoñal, la mar de verdes y brillantes.

Entretanto se aguardaba al invitado principal, la cocina hervía de intensa actividad, donde era mejor no meterse si no tenías nada que hacer. Di un somero paseo por el comedor que parecía inmenso, mucho más por el largo de dos mesas juntadas. Era como un cuadro renacentista de Da Vinci, con toque valluno, pero totalmente vacío. Por toda decoración, habían adelantado unas cuantas bandejas de verduras y unos desangelados cubiertos.

 

Pollo al curry con quinua negra y menta. Foto: José Crespo Arteaga

 

Nada que ver con un mantel a la española donde, de entrada, te llenan con vasos y copas de todo tipo. Al ver esa austera presentación de hojas y más hojas verdes, sentí un raro escozor en el estómago: ‘aquí vamos a pasar hambre’, me dije, ‘¡servidos estamos!

Menos mal que fueron falsa alarma mis temores, porque rato después siguieron llegando más bandejas que no solamente contenían lechugas de dos colores y escarolas, sino también palmitos picados, brotes de soya, tomatitos cherry, gajos de palta y granos de maíz tierno. Tal compendio de hortalizas sería el paraíso completo para cualquier vegano u otro bicho de similar especie. Para nosotros era sólo el comienzo. Era tanta nuestra espera que en un tris despachamos toda esa pastura, sazonada, eso sí, con unas buenas rebanadas de pan francés y aceite de oliva.

Trajeron el plato fuerte en una humeante bandeja de cerámica. Cómo pesaban aquellos trastos pero qué buen contraste hacían con la comida, provocando que esta sea más apetecible. Las bandejas y fuentes pasaban de mano en mano, para que cada uno se sirviera a placer, y combinara los elementos según su imaginación. En mi vida, jamás había sido tan aficionado al pollo. Es más, con frecuencia siempre pido pechuga, lo que la mayoría desprecia por desabrida. Pero esos cuadraditos de textura suave y delicada, habían sido magistralmente adobados con curry, cilantro y, sabe Dios, qué otros mágicos condimentos que, al asarse a la plancha, su aroma escapando de la cocina estremecía los sentidos.

 

En un principio pintaba verde la cosa…Foto: José Crespo Arteaga

 

Me llevaría otra sorpresa al degustar la guarnición que constaba de quinua negra, en una suerte de ensalada con manzana verde picada, choclo amarillo y moteada con finísimos cortes de menta que le daban un frescor inimaginable a toda la mezcla (considerando que la quinua es algo seca). Probarla era otra cosa: el paladar agradecía esa rara combinación de textura terrosa de la quinua y el tono líquido y dulzón de la manzana, todo finamente envuelto por ese aroma inconfundible de la menta, pero sin exageración. Una delicia que trepaba por la nariz hasta lo más recóndito del cerebro.

La apoteosis llegó con el postre. Todo lo colorido de la estación otoñal se condensó en pocos centímetros cuadrados, gracias a la habilidad y muy buen gusto de mi prima Patricia que dirigía la batuta del evento gastronómico. En unos minutos, derritió algo de mantequilla mientras añadía moras, frambuesas y zarzamoras hasta el punto caramelo. Sobre unos moldes con una capa de helado de vainilla vertió todo su ‘Amor Caliente’, como acertadamente llamó a su creación. Fragmentos de fresa y mango remataron la presentación. Había algo de crepuscular en aquel manjar, como si nunca más tendríamos la dicha de apreciar lo agridulce llevado a la máxima expresión. Un gozo nada empalagoso, desde todo punto de vista.

Cuando sirvieron el café, yo ya estaba hecho y derecho con el vino. ¡Más no podía pedir!

 

La cocina siempre es un sitio de grandes descubrimientos. Foto: José Crespo Arteaga

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