Un país de sabios

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En esta ocasión, Rigoberto reflexiona sobre los sabios, aquellos quienes convirtieron el conocimiento en asombro permanente, y en esa evocación se pregunta, entre otras cosas, por el paradero del científico Raúl Cuero y la pertinencia de reunir 41 sabios para escribir un documento que oriente la abnegación científica de Colombia.


 

 

El primer sabio que habitó entre nosotros, cuando aún el mundo era muy reciente, pertenecía a una familia gitana. Se llamaba Melquiades, decía poseer las claves de Nostradamus y llegó a Macondo un mes de marzo como integrante de un circo que viajaba por el mundo exhibiendo, a cinco reales, los últimos inventos.

Era un hombre grande, de barba montañera y manos pequeñas. Primero exhibió un imán gigante y lo mostró como la octava maravilla de los alquimistas de Macedonia.

Al año siguiente Melquiades mostró los poderes de una lupa enorme y un catalejo y no dudó en promocionarlos como descubrimientos de los judíos de Amsterdam. Si bien dejó perplejos a todos los habitantes de la aldea con los poderes de estos objetos exóticos, nadie quedó más sorprendido con sus bondades que José Arcadio Buendía, tanto, que insistió en comprarle estos objetos al gitano para aplicarles reingeniería.

Con ellos emprendió sus propios experimentos y aunque no logró demostrar nada sobrenatural ni hacer de sus experimentos realidades asombrosas, al menos consiguió afinar su carácter sabio, pues “tenía la abnegación de un científico”.

José Arcadio fue el primero entre nosotros en detentar un espíritu científico. Y fue el primero, además, en construirse un gabinete, es decir, un laboratorio, fuera de su casa familiar, “para que nadie perturbara sus experimentos”. Gracias a su obsesión natural por la ciencia y el conocimiento derivado de sus observaciones experimentales, fue el primer habitante de Macondo en descubrir que la tierra era redonda como una naranja.

Cuando su mujer y los vecinos pensaron que José Arcadio se había vuelto loco, arribó Melquiades en su auxilio y pareció convencer a los aldeanos de que ese hombre era inteligencia pura y capaz de llegar a conclusiones científicas por cuenta propia.

Fue entonces cuando el gitano le regaló un laboratorio de alquimia y el mundo para los Buendía dejó de ser triste desde el martes, y fue más fácil comprender, en vida comunitaria, cómo funcionaba la máquina para olvidar los malos recuerdos y cómo transportarse en la estera voladora.

Fue simple entender, sin aspavientos, por qué Melquiades podía quitarse la dentadura postiza; por qué una gallina ponía huevos de oro y un mono amaestrado poseía la terrible virtud de adivinar el pensamiento. José Arcadio tuvo el deseo de construir una máquina de la memoria en la que pudiera almacenarse el recuerdo de todo lo nuevo que llegaba a su pueblo.

En fin: el conocimiento se tradujo en asombro permanente, como cuando una segunda generación de gitanos, tras la muerte de Melquiades, llegó a Macondo con otros inventos.

El mayor de todos fue un bloque de hielo, esa “portentosa novedad de los sabios de Memphis”, al que José Arcadio confundió con el diamante más grande del mundo. El capitalismo empezó a hacer su agosto y eso lo comprobó nuestro primer científico al pagar treinta reales para ver el hielo, otros cinco para tocarlo y otros diez para que sus hijos pudieran hacer lo mismo y experimentar con lo nuevo.

He aquí los gérmenes de nuestra proclividad a ser sabios. El actual gobierno anunció la creación del Ministerio de la Ciencia, aunque antes anunció la conformación de una comisión de 41 sabios capaces de proyectar el destino del país por los caminos de la ciencia, la tecnología y la innovación naranja.

Pero ya que estamos en los tiempos del capitalismo inconforme de las masas y en la época en que las cosas dejaron de valer los reales de Macondo, me pregunto si vale la pena reunir tantos sabios para escribir un documento que oriente la abnegación científica del país.

¿Qué pensaría José Arcadio Buendía de esta comisión? ¿Se arriesgaría a participar en ella en el remoto caso de que fuera convocado? ¿Alguno de los 41 sabios de esta nueva comisión –la primera se creó hace 26 años y solo tenía 10 sabios, entre ellos el biógrafo de Melquiades– habrá leído el libro Una triste aventura de 14 sabios, escrito por José Félix Fuenmayor en 1928?

Antes de que alguien me aclare estas inquietudes, permítanme deslizar otros interrogantes: ¿Sabe usted del paradero del científico Raúl Cuero y por qué este microbiólogo no hace parte de la última comisión de sabios? ¿Qué protocolos experienciales lo apartan de la posibilidad de ser el sabio número 42?

Propongo que este hombre, heredero de los planteamientos teóricos del monje Hermann y ex científico de la Nasa, sea el primer ministro del Ministerio de la Ciencia.

Es hora de exaltar los orígenes y las realidades inventadas por un gitano sapiente, que sucumbió a las fiebres en los médanos de Singapur.

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