Una visita gastronómica a La Angostura

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Se hizo el silencio repentino y atacamos con inusitada alegría aquel banquete de pescado frito (sin ningún temor porque sus filetes son cuidosamente limpiados de espinas), arroz y carbohidratos a raudales.


A escasos quince kilómetros – unos más o menos que mi memoria ya no guarda con exactitud- de la ciudad de Cochabamba, por el camino del sur que conduce a las verdes campiñas del Valle Alto se halla el embalse de La Angostura, un reservorio de agua que fue construido a mediados del siglo XX con la finalidad de paliar las necesidades de riego de toda la región circundante.

laguna Angostura
Represa de La Angostura, el agua que alimenta los cultivos del Valle Alto. Foto por José Crespo Arteaga

Pocas veces la laguna ha alcanzado sus niveles máximos, pues su caudal se rige por el caprichoso régimen de lluvias estacionales que en las últimas décadas ha supuesto un verdadero dolor de cabeza para los regantes habida cuenta de la sequía que azota periódicamente al valle cochabambino.

De hecho, las últimas generaciones solo han conocido la laguna a medias aguas, con islotes que iban apareciendo en medio, que dificultaban tanto la pesca como la navegación de botes de recreo.

Andando el tiempo, La Angostura y sus alrededores fueron convirtiéndose en un auténtico atractivo turístico, donde no solo empezaron a establecerse negocios de paseos en botes, lanchas y motos acuáticas, sino también restaurantes, fondas y otros puestos de comida, donde el producto estrella es siempre el pescado –lógico-, consistente en especies lacustres, adaptables a aguas turbias como la carpa, pejerrey, ispi, sardinillas, etc.

Cabe decir que, el valluno, propiamente el cochabambino, es la especie más adaptable a todos los ecosistemas del planeta en cuanto a la comida se refiere. Hace un par de días nevó intensamente en la cordillera cercana del Tunari, a modo de despedida del invierno, y en cuanto el temporal amainó y el sol reapareció radiante, oleadas de citadinos se fueron de excursión como si fueran alpinistas suizos a gozar del paisaje blanco.

cabañitas de pejerrey
Cabañitas de pejerrey, sedosos rebozados con hierbas aromáticas que son puro deleite. Foto por José Crespo Arteaga

Increíblemente, a orillas del camino de tierra que trepa dificultosamente hasta la cumbre, en medio del tremendo frio, nieve a los costados y el viento que no daba tregua, ya esperaban puestos improvisados de comida -con hornillas portátiles de gas y demás implementos- donde ofrecían salchipapas, sándwiches y otros bocadillos calientes.

No hay nadie tan pujante y emprendedor como el cochabambino que, con toda seguridad, montaría el chiringuito de cosas de comer aún en las proximidades de un volcán ardiente, como si fuera el mismísimo infierno, porque siempre habrá otro cochabambino dispuesto a consumir al paso.

Así que el último fin de semana, nosotros también íbamos de paso, rumbo a La Angostura, por la nueva carretera de doble vía recientemente pintada con líneas amarillas y blancas y el olor del asfalto todavía fresco. El camino estrecho de tortuoso pavimento había desaparecido, y también los numerosos eucaliptos y molles que bordeaban la ruta matizando de verdor a los parajes ocres y espinosos.

En las colinas adyacentes donde otrora se divisaban solamente cactus y otros arbustos de vegetación seca, las casitas y bloques de varios pisos de hormigón y ladrillo se juntaban como cajas de fósforo desafiando la gravedad, por haber sido levantadas en sitios tan áridos e inhóspitos. La marea humana no tiene freno en su sed de arrasar con la naturaleza.

carretera Valle Alto
Donde haya autos amontonados , es señal de que hay algo de buen comer y a buen precio. Foto por José Crespo Arteaga

Nos apeamos en la puerta de un restaurante de mediana pinta, de módicos precios. Andábamos antojados hace mucho de volver a probar las celebérrimas “cabañitas”, un plato típico que bien puede ser preparado a base de carne de pejerrey, surubí, carpa, etc.

También podemos hacerlo en la ciudad, pero no es lo mismo, pues queda muy grabada en el imaginario popular la sensación de que hay que acudir a comer pescado en la misma orilla de lagos y ríos si es posible. Del agua al plato, pasando por el fogón o la sartén como únicos intermediarios.

Pedimos cada uno nuestra porción de cabañitas, de pejerrey, por supuesto, porque sabido es que en frito no tiene rival que se le compare. Mientras esperábamos nos trajeron un platillo con chicharrón de pescado a manera de aperitivo. Un gesto tan sencillo de bienvenida se gana el corazón de cualquiera.

chicharron de pescado
Chicharrón de cabecitas de pescado, una delicia como aperitivo. Foto por José Crespo Arteaga

En un santiamén despachamos aquella riquísima y crocante munición de cabecitas rebozadas acompañadas de mote de maíz. Una efímera delicia, en suma, que nos abrió el apetito por todo lo que iba a venir.

Luego de veinte minutos nos sirvieron en platos ovalados, convenientemente denominados ‘pescaderas’. Se hizo el silencio repentino y atacamos con inusitada alegría aquel banquete de pescado frito (sin ningún temor porque sus filetes son cuidosamente limpiados de espinas), arroz y carbohidratos a raudales.

A veces no está mal devorar cosas fritas, siempre y cuando las acompañemos de generosa ensalada y unos buenos gajos de limón con poderes digestivos.

Poco después fuimos a divisar la laguna al completo desde las alturas de un mirador. Sorprendidos de cómo habían crecido las ofertas gastronómicas y de divertimento: un restaurante flotante, numerosas lanchas de pasajeros, cables de andarivel sobre un estanque, un colorido hotel de varios pisos con vista a las aguas turbias, pero aguas al fin en este país sin costas.

Y la tricolor que ondeaba flameando de orgullo sobre olas inexistentes. Retornamos a la ciudad, dispuestos a volver en otra ocasión, en otro año, cuando nos convocase el olorcito del pescado recién fritado.

 

cabañitas
Y Dios dijo a los hombres: comed y regocijaos. Foto por José Crespo Arteaga

 

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