Vidas inusuales I. La casa de los hermanos Collyer

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Mientras la cifra de muertos crece al ritmo de la inquietud colectiva y la hidroxicoloroquina nubla el estado mental de gobernantes déspotas, Nueva York se aparece en los sueños. No es la ciudad de los rascacielos la que se impone en los hologramas desteñidos; más bien la que reclama una imagen colorida es la ciudad baja, cuyos vapores se disuelven al nivel de las aceras y de los pequeños parques. En uno de ellos, sobre las rocas de Manhattan, en el cruce de la 5 Avenida y la calle 128, al oeste del barrio Harlem, existe el parque enrejado de los hermanos Collyer. Aquí el sueño de la historia nos obliga a detenernos.

En el parque de los hermanos Collyer crecen nueve árboles delgados que dan sombra a tres bancas de las que usan los homeless para descansar y hacer la siesta en el horario permitido. Es el homenaje de la ciudad a Homer y Langley Collyer, un par de hermanos excéntricos que convirtieron su casa-mansión, ubicada justo en esa área del parque, en una especie de museo de las cosas inútiles, cuyo peso, de más de cien toneladas, obligó a derribar la casa, una vez sus residentes fueron encontrados muertos en su propio basural.

Hijos del médico Herman Collyer y Susie Gage Frost, una cantante de ópera, los hermanos Collyer se quedaron solos en su casa de Harlem porque, según la leyenda del vecindario, sus padres los abandonaron a su suerte. Se supo que el padre murió en 1923 y la madre en 1929 y que todo lo heredado empezó a hacer bulto en su casa de cuatro plantas. Desde entonces se sumieron en una relación hostil con la ciudad y empezaron a vivir de puertas para adentro, como “ermitaños acumuladores y maniáticos”, según lo resume Edgar Lawrence Doctorow, el novelista que trasladó el mito de los Collyer a la ficción, en su novela Homer y Langley.

A finales de la década del veinte los hermanos Collyer no volvieron a pagar los servicios públicos y la ciudad los desconectó, aunque en realidad ellos se habían desconectado mucho antes, cuando el vecindario se transformó en el traspatio de su casa. Homer, licenciado en Derecho Marítimo y Langley en Ingeniería Mecánica y Química, ambos de la vecina Universidad de Columbia, decidieron que podían vivir de espaldas a la ciudad, confinados a su manera, aunque la ciudad llegaba hasta ellos convertida en objetos, periódicos, libros, pianos, revistas y cuanta cosa se compra y vende en los templos capitalistas del consumo. Herederos de la era industrial, pensaron que podían autoabastecerse e intentaron crear su propia planta de energía con base en la batería de un Ford T que las autoridades locales hallaron en una de las salas de la mansión, como si se tratara de una escultura futurista. 

En 1931, después de sufrir un derrame cerebral que le produjo una severa hemorragia, Homer Collyer quedó ciego. Se negaron a visitar hospitales con el argumento de que eran hijos de un médico y que además poseían en su biblioteca más de 15000 libros de medicina, suficiente literatura para arriesgarse en la interpretación del vasto universo de la enfermedad. Langley dedicó su vida a cuidarlo a base de recetas estrafalarias que incluía naranjas, cacahuates y pan integral. Seguro de que Homer en algún momento recuperaría la visión, Langley se puso en la tarea de coleccionar los periódicos de la ciudad para que su hermano se enterara luego de todo lo que había pasado mientras vivió en la oscuridad.

Sus vidas épicas, y en especial la de Homer, fueron una versión neoyorquina del Poema de los dones de Borges, donde se alude a la historia griega de un rey que muere de sed y hambre entre “fuentes y jardines”, mientras un lector fatiga “sin rumbo los confines de esta alta y honda biblioteca ciega”.

El 24 de marzo de 1947, luego de recibir la llamada de un vecino que alertó sobre un posible cadáver, la casa-mansión de los hermanos Collyer fue allanada por policías y bomberos. En lugar de uno encontraron dos cuerpos sepultados por los desechos. Fue como si llegaran a un basural: las cuatro plantas de la casa estaban atestadas de toda clase de objetos y basuras. A falta de herederos, le recuerda Doctorow al novelista Juan Gabriel Vásquez, “la ciudad se apoderó de la casa”. Ese inmueble, ubicado al norte de Central Park y muy cerca del campus de Columbia, se convirtió de pronto en un símbolo de los tiempos de entreguerras, como si a partir de allí el sueño americano descansara en la relación que los individuos instauran con los objetos y, en especial, con los objetos que se adquieren compulsivamente.

Cuando Enrique Vila-Matas dejó Nueva York para trasladarse a Providence, el poblado donde nació Lovecraft, según lo evoca en el fragmento 29 de París no acaba nunca, supo, después de soñar con imágenes de dos ciudades, que una noche no era suficiente para presentir –como uno la infancia–, las pulsiones de vida detrás de las fachadas y dentro de los rascacielos de hierro y vidrio. “Nueva York es un deseo que viene de lejos”, dice una voz. Porque la ciudad tiene su propia memoria y su propia forma de intervenir en los sueños y de crear conexiones entre las realidades más insólitas.

Al pensar en la vida excéntrica de los hermanos Collyer, en esa obsesión suya por acumular basura y vivir entre ella, en esa irrealidad que puede anidar en un nicho próximo a la ceguera y la locura, pensé de súbito en otro excéntrico: Joe Gould, el licenciado de Harvard, que arribó en 1917 a Nueva York con una noble misión: escribir la más extensa historia sobre la vida en aquella ciudad, su famosa Historia oral de nuestro tiempo. A pesar de que el uno recorría como vagabundo las calles de Greenwich Village y los otros vivían en una inmensa casa de Harlem como aristócratas en desgracia, es posible juntar los tres sueños, ya no en el patio de la infancia de Vila-Matas, sino en el parquecito de los Hermanos Collyer. Al fin y al cabo, no debería sorprendernos que en un rapto de ebriedad, Joe Gould fuera hasta ese lugar a descansar como un noble homeless, para pergeñar, en medio de su resaca, una página más de su voluminosa Historia oral de nuestro tiempo.

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