YO ME BAJO EN ATOCHA. Crónicas de migración

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Gustavo Colorado Grisales, comparte fragmentos de su libro de crónicas YO ME BAJO EN ATOCHA, un libro que relata las vicisitudes que pasan los migrantes en el exterior.


 

 

Recuperar algunas voces y rostros; seguir las huellas y registrar  las dichas y dolores más personales de algunos de los protagonistas de esa versión moderna del éxodo es el objetivo de este libro titulado, no por azar, YO ME BAJO EN ATOCHA, pues en buena medida, la concurrida estación de trenes madrileña es para muchos inmigrantes algo así como la expresión visible de sus anhelos y temores. Allí puede  estar el contacto para un trabajo, pero allí también pueden tropezarse con el agente de la policía que habrá de mandarlos de regreso a casa  con solo firmar  un papel.

Circunstancias como las muchas violencias que, sumadas, dan lugar a lo que se puede llamar Historia de Colombia; fenómenos tan complejos y dolorosos como el desarraigo familiar y cultural; intereses políticos y económicos que entran en juego apenas se tocan temas ten sensibles como el de las remesas y el de las leyes de extranjería o dramas terribles como el de las familias de las víctimas de la explosión de trenes del 11 de marzo de 2004, son seguidos a través de la experiencia particular de hombres y mujeres que están unidos a su tierra natal mucho más de lo que quisieran admitir, en un intento del autor por hacer  del  periodismo literario,  una herramienta para aproximarse a lo más certero e irrecuperable de la aventura humana.

 

EL TREN DE LA IRA

 

 

A las cinco  de la mañana José Ever se bebió de un sorbo el café con leche y masticó de prisa las galletas saladas que constituían su desayuno de lunes a sábado y diez minutos después salió a la calle donde ya se veían entre la bruma las siluetas de los hombres y mujeres que, bien arropados en sus abrigos negros, azules y grises se apresuraban hacia la estación de los trenes que conducían el ganado humano hasta las fábricas, almacenes, depósitos, casas de familia y edificios de oficina regados por todo Madrid, en los que habían logrado engancharse después de mucho recorrer calles y visitar oficinas de empleo en una búsqueda infatigable que se repetía día tras día desde su llegada a esa tierra donde en poco tiempo habían aprendido a decir piso en lugar de apartamento, donde no se decía auto o carro si no coche y donde el simple, reconfortante e irreemplazable acto del sexo se nombraba con una palabra que sugería el acto a la vez mecánico y gozoso de insuflar vida a través de una bolsa llena de aire: follar.

En la entrada de la estación se fijó en los rostros ansiosos y cansados de antemano de los que vivían más lejos y estaban levantados desde las dos de la mañana, pues bien pronto habían aprendido que llegar cinco minutos tarde al trabajo podía significar el despido, el paro y la vuelta a empezar de las caminatas por recovecos y pasajes en procura de un empleo que significara, ya no el bienestar de las familias en los países de origen sino la mera supervivencia en esa ciudad que veces les escocía el alma con el tamaño de su indiferencia.

Cuando se acostumbró a la luz incierta de las bombillas reconoció algunos rostros que, a fuerza de encontrárselos en los viajes de ida y vuelta, de alguna manera había hecho suyos. Allí estaba la mujer entrada en la treintena, con el cabello teñido y las uñas pintadas de rojo furioso, saludando a sus conocidos con acento venezolano, la mirada fija en el resplandor metálico de las líneas férreas y apretando contra su pecho una bolsa de El Corte Inglés. A su lado, un joven no mayor de veinticinco años, de rasgos peruanos o bolivianos, en todo caso alguien cansado de respirar el aire de la sierra que se había echado al camino para probar fortuna, masticaba los restos de un emparedado al tiempo que hurgaba en los bolsillos de su pantalón de dril buscando tal vez unas monedas o el boleto del viaje.

Más atrás, un argentino o uruguayo con el pelo atado en una cola de caballo y un bandoneón terciado a la espalda  trataba en vano de atrapar con los dedos los acordes de una tonada que se resistía a materializarse en el aire helado que revoloteaba en el andén.

A sus espaldas escuchó el sonido de la sirena de una ambulancia que a lo mejor se dirigía a un hospital cercano y al volver la vista, descubrió unos metros más allá al colombiano que vivía con su familia en un piso cercano al suyo y con el que, a pesar de ser originario de Dosquebradas, el suburbio industrial donde residía su madre, no había cruzado una sola palabra.

Le intimidaba su mirada taciturna, la mirada de la clase de hombre que no acaba de sentirse bien en ningún lado y que puede terminar sus días sentado en un andén, rumiando sus nostalgias y ahogando la desazón en largos tragos de alcohol comprado en una farmacia y mezclado con Coca Cola Sin  embargo, por alguna razón, su  paisano se había levantado esa mañana más jovial que de costumbre y no sólo lo saludó con un movimiento de la mano, sino que se acercó y le dijo que ese día no tenía que trabajar tan temprano, pero que igual había madrugado para enseñarle las rutas del tren al tipo que lo acompañaba. Un ecuatoriano bajito y grueso de nombre Ramón, acabado de desembarcar de su país y que de momento ocupaba un cuarto en su piso, por el que pagaba una pequeña suma.

En ese instante, el movimiento nervioso de la masa humana que se apilaba en la plataforma de espera le indicó que se acercaba el tren encargado de conducirlos hasta el lugar donde lo aguardaban doce horas de trabajo, interrumpidas solo por la pausa para tomar un almuerzo basado en la vieja y conocida fórmula de arroz, papas, plátanos y carne que a diez mil kilómetros de casa se le antojaba un regalo providencial, destinado a ayudarle a resistir mientras su madre en Dosquebradas y su mujer y sus hijos en Belén de Umbría aguardaban sus envíos de dinero como el legado de alguien que un día regresará portando en sus manos el cofre de la redención…

 

PERDIDOS EN LA NOCHE

A las seis de la tarde del jueves el doctor Rozo recibió la vista de un hombre asignado por un departamento de la cancillería para brindar información a los familiares de las víctimas. Tendría unos treinta y cinco años y dijo llamarse Roberto Sánchez. El médico le entregaría de manera periódica reportes sobre el estado de los pacientes, de modo que Sánchez haría las veces de intermediario entre el diagnóstico profesional y la angustia de los demandantes.

Un alivio, pensó el doctor Rozo, inquieto y débil como se sentía después del encuentro con la muchacha caleña. La fila de personas que aguardaban noticias sobre sus parientes, amigos o vecinos recorría un pasillo bordeado de plantas raquíticas y daba la vuelta por  un corredor que desembocaba en  un amplio jardín desde el que se escuchaba el sonido de una  fuente. El médico contempló una vez más al funcionario. Vestía saco y corbata y cada uno de sus  movimientos denunciaba ese aire intimidatorio y ceremonial de los burócratas que tanto lo irritaba desde niño.

Antes de entregarle el  primer informe se fijó en las uñas de sus manos pintadas con esmalte transparente y decidió que no había remedio. La primera persona de la fila era una mujer de unos treinta años que llevaba de la mano a un niño de siete que no paraba de llorar. Somos venezolanos de La Guaira y buscamos a Ricardo Marañón, trabajador de la construcción, le dijo al hombre que la examinó con la expresión imperturbable de un cajero de banco y se concentró en un listado de  nombres que alcanzaba  las treinta páginas. Después de repasar las palabras con el dedo índice, el funcionario levantó por fin la mirada y le dijo que  hasta ese momento no aparecía ninguna persona con ese apellido en los listados. Que estos se actualizarían periódicamente  en el transcurso de la noche y que lo mejor  sería que regresara a la mañana siguiente o se diera una pasada por otros hospitales.

En ese momento el niño aumentó el volumen de su llanto  y se aferró a la cintura de la mujer que miró al funcionario con una expresión que iba del odio al desamparo y se marchó sin despedirse. Su lugar fue ocupado por dos niñas de rasgos indígenas que no pasaban de los quince años y no se soltaron de la mano durante el tiempo que Roberto Sánchez tardó en revisar el listado. Ni siquiera se habla de guatemaltecos en las noticias,  fue su único comentario y el doctor Rozo apenas pudo resistir a la tentación de castigar con su propia mano ese automatismo que por momentos se transformaba en insolencia. Lo detuvo el convencimiento de que el pobre tipo se limitaba a cumplir una tarea que lo privaba de su tiempo de descanso y que, después de todo, mal hubiera hecho en  ponerse a llorar con el relato de cada uno de los desesperados que se acercaban a su mesa.

El turno fue para un hombre que se identificó como Iván Galeano Moreno y dijo que buscaba a dos amigos: Diego Salazar y Harold Montoya, con quienes había llegado de Pereira un par de años  atrás.  Tuvieron que  abordar uno de los trenes, porque nunca utilizaron otro medio de transporte, insistió ante Sánchez cuando este le señaló con un movimiento de cabeza que tampoco aparecían personas con esos nombres y se levantó de la silla para acomodarse las mangas de la camisa. El hijo de puta no tiene remedio, musitó para sí el doctor Rozo y se alejó para otra ronda por las habitaciones.

Hasta ese día no tuve conciencia de que tantos compatriotas vivieran en España y en especial en Madrid. Declara el médico sentado frente a una copa de granizado en un Café al paso de la calle Junín en Medellín.

Uno escuchaba a los funcionarios españoles hablar de lo que ellos llaman el problema migratorio, pero todo sonaba como una cuestión de  números. De cualquier manera, algo impersonal. Que si eran más los ecuatorianos o los colombianos, que si estos últimos alcanzaban la cifra de los doscientos o los quinientos mil, que si los gobiernos  extranjeros manipulaban las cifras según hacia donde soplara el viento de las  conveniencias.

En fin, uno paseaba por las calles de Madrid y de otras ciudades como Valencia o Barcelona y de pronto captaba en la conversación de quienes caminaban a su lado el tintineo propio del habla de los habitantes del cono sur, la cadencia de los brasileños, el susurro de viento de los nativos de Los Andes o la estridencia sin par de los colombianos cuando damos rienda suelta a la alegría o la furia.

A lo sumo sentía que España se estaba convirtiendo poco a poco en lo que los retóricos  llaman  un crisol de razas y me complacía por  disfrutar del privilegio de estar allí.  Al fin y al cabo no era un fenómeno  tan reciente: Después de la muerte de Franco y aunque permanecía anclado en el atraso económico, el país se convirtió en el objetivo de cientos y más tarde miles de africanos y de habitantes de Las Antillas,   convencidos hasta la médula de que nadie podía  ser más  pobre que ellos. Pero la noche del 11 de marzo, después de atender a varias decenas de pacientes que  podían tener escoriada una pierna o la espina dorsal rota, pero igual blasfemaban o suplicaban en un español con acento de todas partes, comprendí que los latinoamericanos llevábamos años abandonando nuestro continente como si se tratara de un barco que se hunde. Mexicanos  del D.F,  Misquitos  de Nicaragua, marineros de Panamá, campesinos del Puno, médicos de Caracas, ingenieros de Montevideo o poetas de Rosario  le habían apostado, todos a una y sin ponerse de acuerdo, a  una especie de salto al vacío que los juntó esa mañana, atónitos y hermanados por el dolor y la indignación, frente  ese montón de escombros que parecía una espina incrustada en el corazón de Madrid.

Entre toda esa masa de angustia resaltaban, por supuesto, los colombianos. Pero no sólo era el hecho de que se tratara de mis compatriotas o de esa  condición nuestra  que nos hace proclives a la histeria en los momentos de pena o alegría. Somos personas dramáticas, en el sentido de que nos gusta hacer de nuestras experiencias extremas una puesta en escena y no lo digo con sorna. A lo mejor eso es lo que nos mantiene vivos en medio de nuestro desastre nacional. El hecho es que mientras la gente de otras nacionalidades vagaba sin rumbo fijo, a la espera de una  señal providencial, los nuestros formaban, a lo mejor sin darse cuenta, una red de comunicaciones y de ayuda mutua en la que se suministraban datos y se intercambiaba información que podía servir para encontrar a los muertos  o los sobrevivientes pero también para alimentar el temple de quienes los buscaban. Por esa vía muchos  se enteraron de que sus parientes no habían abordado ninguno de los trenes esa mañana, porque habían preferido viajar en uno de esos servicios de transporte clandestino controlados por tres hermanos nacidos en Calarcá, Quindío, que mantenían con los pelos de punta a las autoridades de tránsito.

De labios de un desconocido que agitaba los brazos y vociferaba con acento costeño, la madre de una niña de  seis años se enteró de la desaparición de ésta a bordo de una camioneta conducida por un hombre con aspecto de inmigrante de Europa Oriental, que la recogió luego de que su cuerpo cayera sobre una especie de carpa publicitaria, a varios metros de la explosión. En un corrillo, una mujer sintió que el alma le volvía al cuerpo y en  otro lugar no muy distante a su marido le aconteció lo mismo, cuando alguien, siempre alguien sin nombre, contó que, por una de esas bazas que se juega el azar, los dos habían perdido  los trenes que, separados por minutos, habrían de conducirlos  a sus respectivos trabajos. Por ese medio y no por  otro,  varios  vecinos nativos de Pereira se enteraron de que su compañero  José Ever Londoño había sido rescatado con vida, aunque inconsciente y con graves lesiones en distintas partes del cuerpo y por eso pudieron  llamar a su madre, que vivía en el municipio  de Dosquebradas, en Colombia para comunicarle que a pesar de todo todavía quedaba lugar para la esperanza.

 

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Entrevista del periódico La Patria a Gustavo Colorado

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